martes

olimpiadas10



¿Qué es el amor? Es decir, en realidad, ¿qué es amar? Amar a algo, a alguien. No querer, sino amar. Siempre me he preguntado porqué tendremos dos verbos para expresar lo que es la estimación hacia un objeto, animado o no. Supongo que como yo todos tendréis la misma sensación que amar connota un grado de estimación mucho más trascendental que querer. ¿O soy la única? Mi madre puede decirme “te quiero”, pero sonaría algo extraño si me dijera que me ama. O quizás no, depende de la cultura de cada uno, claro...
Me acuerdo de un día de mis años estudiantiles, en clase de filosofía, que hablamos precisamente de eso. De amar. Como todos los profesores de filosofía, mi profesora le colgaba el san benito de ser una completa chiflada. Incluso a veces ella misma se lo decía... El caso es que ese día entró en clase con ceño fruncido, cartera bajo el brazo abrazada con demasiada fuerza y con un caminar que más que andar parecía que iba pisando cucarachas. El silencio, ante tal comportamiento, se hizo en la clase casi solemne e inquebrantable. Sólo ella, mi profesora, lo rompió al dejar caer su maletín en la mesa y posar sus manos encima de la misma con furia y arrebato. Conmocionados, todos esperamos a la expectativa que hablara. Pongo la mano en el fuego y no me la quemo que todos pensábamos los mismo:“Dios Santo, ¿qué hemos hecho, ahora?”. Nosotros nada, pero sin embargo algo que había leído aquella mañana en el periódico enfureció de mala manera a nuestra profesora.
-¡AMAR! –exclamó, haciéndonos inevitablemente respingar en nuestros asientos- ¡Que alguien me diga qué diantres es amar!
No sé cómo asimilaron aquella inverosímil e inesperada pregunta mis compañeros, pero lo que es yo me quedé prácticamente patidifusa aferrada a mi enorme libro de filosofía y mirando sin ver a mi profesora aun con la vena sobresaliente en su sien. <¿Amar?>. Sacudí la cabeza y miré a mi alrededor, como todos mis compañeros hicieron, intentando hallar respuestas y algo de comprensión en alguno de sus rostros.
-¿Nadie sabe QUÉ es amar? –volvió a preguntar, aunque más bien lo exigió.
Tímidamente, un chico, que para variar era uno de los más empollones, alzó el brazo y miró con algo de indecisión a mi profesora. Un gesto de ésta le indicó que podía hablar. O más bien, sentenciarse...
-El amor es un sentimiento, inclinación o afecto vivo experimentado hacia una persona o cosa –recitó casi como un lorito... casi. Ante la lúgubre y sombría mirada de mi profesora, el chico tragó saliva- Creo... –añadió vacilante.
No hace falta mencionar todo el chaparrón de sarcasmos que literalmente le escupió mi profesora. Hasta a mí me dolieron por mi pobre compañero. Nos tachó a todos de ser unos frívolos igual que el periódico que había leído aquella mañana si eso era lo que para nosotros significaba amar. Amor.
Al parecer, se había publicado una trágica noticia en esencia pero narrada con toda la ironía del mundo, cosa que molestó hasta la última mitocondria de mi profesora. Alguien había “muerto de amor”. El artículo hacía referencias mofantes y demasiado pomposas acerca del mito de Romeo y Julieta o, incluso, de Los Amantes de Teruel. La muerte de ese “alguien” clínica y científicamente en este siglo era para aquel periódico cómica y digna de ser total y completo objeto de burla. Prácticamente parecía el chiste del día. Tal sarcasmo impregnaba aquella noticia que, incluso, culminaba con un punzante y mal sonante: “Ya se sabe, hay amores que matan...”.
Aquello me hizo pensar. <Morir de amor>. Nosotros éramos de modalidad científica en aquel instituto así que, mal nos pesara, aquella muerte no era posible ni justificable bajo nuestro criterio. ¿Éramos frívolos? No, éramos prácticos, elocuentes, lógicos y racionales. El organismo no puede fallecer por la estimación que se le tenga hacia un objeto apreciativo. El ansia, la añoranza, la agonía, la desesperación... Las consecuencias de amar en desmesura son, en todo caso, los posibles síntomas que sí podrían haber llevado a aquella persona a adquirir un grado de desfachatez emocional y trastorno psicológico que probablemente hubieran debilitado con demasía su organismo, haciéndolo mucho más vulnerable inmunológicamente. Pero no el hecho de amar...
Aquel día, en mi mente, almacenaría aquella duda, prácticamente existencial para mí, como una de las incomprensibles e intratables. El amor. El amar. ¿Qué sería aquello que incluso podría lograr matarte? No lo sabía ni lo sabría hasta mucho más adelante. Durante años, adormecí mis inquietudes hacia aquel tema que escapaba descaradamente a mis razonamientos y conocimientos. Simplemente nada ni nadie me las volverían a despertar, hasta cierto día como hoy.
¿Qué es amar? ¿Qué es amor? No puedo decir que la quiero porque me parece insuficiente. ¿Tengo que decir que la amo? ¿Es esto amar? ¿Amor? El ansia, la añoranza, la agonía y la desesperación ya han hecho mella en mí durante todos aquellos años alejada de ella, conviviendo con el fantasma de su ausencia. Y, sin embargo, no he muerto. Mi amor por ella no ha logrado matarme, como logró con aquella pobre persona del periódico. El amor duele, apuñala por la espalda, parte almas y despedaza corazones... pero no mata.
Fijaros en los animales. Al fin y al cabo, lo que nos diferencia de ellos es un potencial mental superior y poco más, dejando a un lado las diferencias fisiológicas. Ellos no mueren de amor. Por amor. Una madre, al perder su cría, sólo se entristece durante varios días hasta que vuelve a retomar el ritmo de su vida. Así pues, ¿el amor es cosa de nuestra mente? ¿De la mente humana? No, eso no es verdad, me riño por todo lo dicho. Una madre, por su cría, sí es capaz de enfrentarse a la muerte, al más temible y voraz rival, al peor de sus enemigos. Y muy probablemente lo haga por el amor que le tiene a su cría, a la sangre de su sangre.
No sé si son humano, no sé si son animales... Pero quiero entender mis sentimientos, no sólo los quiero sentir o, incluso, disfrutar. Quiero saber qué me impulsa a garantizar que daría mi vida entera por ella sin ni siquiera pestañear. Mi mente, mi razonamiento, no lo entiende aunque no se atreva a ponerlo un sólo instante en duda. Este afán de protegerla, de asegurarme de que está bien, de que nada le ocurre en mi ausencia. Este casi doloroso afecto que le tengo que me impulsa a abrazarla con todo el cariño del mundo y a querer besarla con toda la ternura que me nace, incluso, con miedo a romperla, a dañarla. Toda esta avalancha de sensaciones y sentimientos extraños, quiero entender. Sabe Dios que lo voy a intentar, aunque nunca lo logre muy probablemente. Pero no pierdo la fe, porque no sólo la quiero amar con el corazón y/o el alma, sino también con mi fría y científica mente.
La sutil tibieza de su sedoso cabello se desliza con exquisita suavidad por entre mis sensibilizados dedos mientras me mira desconcertada ante mi nada esperada pregunta. Sonrío por su expresión de asombro y profundizo nuestra mirada, buceando alegre entre sus pupilas de aguas verde azuladas. La visión se me escapa al ver que muerde su labio inferior, al fin devolviéndome la sonrisa. Observo sus labios moverse y estoy segura que me están respondiendo, pero sin embargo no oigo ni un sólo sonido, ni uno sólo de los dulces matices de su cálida voz. No me hace falta. Sé perfectamente cual ha sido la respuesta cuando vuelvo a entrelazar suavemente nuestras miradas y veo lágrimas en su risueños ojos.
Mis manos se deslizan espalda arriba disfrutando de la calidez que su cuerpo emana bajo la fina camisa de dormir que lleva, mientras advierto cómo su respiración lucha por no quebrarse en un llanto emocionado y ansioso por explotar en la felicidad que estoy segura Gabrielle agolpa en sus entrañas. Justo igual que yo.
Mis dedos acarician, casi sin tocarlo, su cuello hasta que llegan a su nuca y aproximan lentamente su rostro al mío para fundir nuestros labios en un tibio beso, entremezclando un torbellino de emociones y sentimientos que a las dos consigue extasiar y, sin duda alguna, conmocionar. No hay deseo, no hay pasión, no hay nada carnal en ese beso. Tan sólo la ternura y el amor que ambas nos profesamos dulce y desinteresadamente, sellando así el pacto de nuestro futuro matrimonio. Nuestra futura y definitiva unión.
Esto, sin duda, debe y tiene que ser amar, amor. Amar, amor con todas las letras, en mayúsculas, subrayado y en negrita. Gabrielle, mi niña, ella debe y tiene que ser amor, mí amor. Gabrielle, mi tierna y dulce alma gemela, es el amor de ésta y, ahora estoy segura, todas mis vidas.
Si me encontrara hoy día con mi profesora de filosofía por la calle le diría que amar, amor, es esto que tengo aquí dentro, acurrucadito en mi corazón y abrazado a mi alma, y que sólo puede recibir un nombre: Gabrielle.
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-No pongas esa cara –oí quejarse Mary – Que siempre haces lo mismo, petardo...!
-Pero es que... –resignada, y sabedora que no le quedaba ni una sola más de sus excusas para librarse de aquello, Xena intentó una vez más escaquearse- ¿Hace falta todo esto? –reprimí una risilla detrás de la puerta por donde escuchaba a escondidas al advertir la súplica enmascarada en aquella pregunta- Si aun falta toda una semana, jo...!
-¿Cómo que AUN? –se escandalizó Afrodita- ¡Niña, dirás, TAN SÓLO, que no es lo mismo! A quien se le ocurre dejar para lo último el vestido, eh? Que sólo te acuerdas de santa Bárbara cuando truena...
<¿Ein?>. Meneando la cabeza y preguntándome de donde habría sacado aquello Afrodita, me separé de la puerta de la habitación de Xena y me encaminé sonriente al jardín, dónde sabía estaban Helen y Eva jugando con Snowie.
Snowie era un Bull Dog Inglés de lo más manso y tranquilo... ¿o quizás pasota? Siempre iba a su rollo. Estoy segura que si le cayera una bomba al lado, ni se inmutaba. Creo que en la vida había visto tantas arrugas y tanta piel colgante para un cuerpecito tan pequeñito como el de Snowie. Al acariciarlo perdías tus manos de vista entre tanta piel, literalmente se las engullía su pelaje. En seguida me encariñé con él, justo cuando al verme por primera vez ladeó un poco la cabecita y levantó una oreja mirándome como diciendo “¿Y ésta de donde ha salido?”. Era una ricura cuando se tumbaba en el jardín boca arriba y empezaba a tomar el sol a sus anchas y largas, ignorante de cualquier cosa que no fuera Morfeo y el calorcito y bienestar que lo rodeaban. Su pasatiempo favorito, sin duda. De vez en cuando abría un ojo y, si por pura casualidad, le pasaba volando un bichito o una mariposa por delante, se levantaba sobresaltado y empezaba a perseguirlos. Qué gracia cuando espachurraba sus patas delanteras al suelo y levantaba el pompis meneando la cola sin ritmo ni compás alguno, a la expectativa de que el insecto que perseguía se moviera al quedarse quieto en alguna hoja o flor.
En cuanto llegué al jardín me encontré con Helen imitando la postura de Snowie tumbado al sol y a Eva retorciéndose a carcajadas unos metros más allá. Sonreí, inevitablemente, y me dirigí hacia ellas creyendo que tanta felicidad debía ser imposible. <¿Estoy muerta, o qué?>.
-Hey, ¿qué hacéis, petardillas?
-¡Hola tata! –exclamó Helen, medio en trance y sin abrir los ojos ni dejar de jadear sacando la lengua.
-Ésta, que se cree clon de Snowie –me informó entre risotadas Eva, intentando incorporarse en vano.
Me senté en la hierba primero, pero en seguida decidí tumbarme al comprobar lo tentador que resultaba aquel sol para tomar. Extendí mis brazos y cerré los ojos, inspirando la delicia de aroma a hierba fresca y flores. Una combinación tremendamente envolvente y abarcadora, sin duda. Estoy segura que hasta me hubiera quedado dormida si no fuera por un nada esperado lametón demasiado húmedo en mi mejilla izquierda. Y luego en mi cuello. Y, de nuevo, en mi mejilla, peligrosamente cerca de los labios. <¿Pero qué demonios...?>. Me incorporé a duras penas intentando zafarme de tantos lametazos inoportunos y demasiado viscosos.
-¡Puajs! –me sequé desesperadamente la cara viendo como Helen y Eva se partían de la risa y Snowie me miraba con cara de felicidad desde abajo, meneando sin ton ni son su colita- ¡Qué asco, Snowie!
Al final acabé riéndome yo también, pero la verdad es que tardé bastante en mirar a Snowie sin repulsión. Dirigiéndome a la cocina para lavarme la cara, pensé que no estaría mal presentarle a Snowie a mi Philip. <La que armarían, Dios>.
-Gabrielle, ¿podemos hablar? –me pidió Eva cogiendo del enorme bol de fruta una muy apetecible manzana roja carmesí.
-Sí, claro-me apoyé en la encimera secándome con un trapo la cara tras lavármela- ¿Qué ocurre?
Sacudió la cabecita risueña y respondiendo antes de darle un buen mordisco a la manzana. <Mmm>. Se me hizo la boca agua al escuchar aquel sonido en particular. Siempre me había gustado horrores escuchar a alguien comer manzana, el crujido del pedazo mordido desprendiéndose de la redondez de la manzana... <Si es que más rara imposible de ser> me recriminé, reprimiendo el impulso de menear la cabeza y dejarme por imposible.
-Nada, ¿pero porqué no vamos mejor a mi habitación?
-Vamos.
La habitación de Eva era totalmente verde, un verde silvestre realmente impactante a primera vista. Hacía apenas un año que su madre le había dejado pintar las paredes con motivos selváticos y aquello parecía realmente una jungla. Era... ¿cómo decirlo? Era una habitación tremendamente acogedora, pero sobretodo relajante. ¿Sería por el verde? No sé, pero en cuanto entré sentí pasmada como una calma se apoderaba de mí. <Curioso>.
Una cama enorme en el centro estaba cubierta por un somier blanquísimo y blandísimo que la hacía terriblemente tentadora para echarse a hacer una cabezadita a cualquier hora. A la derecha había una mesa que recorría prácticamente media habitación con un ordenador con ciertas partes de un transparente verdoso. A la izquierda había una estantería repleta de libros y enciclopedias, y un armario caoba espantosamente grande. Me pregunté cuanta ropa tendría la pequeña Evita para tener semejante monstruo de armario.
-Ven, siéntate conmigo –palmeó la cama, mientras ella se sentaba en lo alto colocándose la almohada en su regazo y abrazándola con lo que me pareció un gesto muy típico en ella.
La obedecí silenciosamente y la miré expectante para que empezara a hablar.
-Es que tengo algunas dudas, jeje! –estaba nerviosa, se le notaba, por eso intenté tranquilizarla dándole suaves golpecitos en su rodilla y sonriéndole levemente- Verás, es que.. uhmm... en el cole saben quien es mi madre. Muchas veces hay madres que me paran y me preguntan qué tal está y cosas así. A veces me lo preguntan los niños por sus madres, incluso.
-¿Y tu qué respondes?
-Nada, sólo sonrío y me voy, como me dijo que hiciera mamá. Pero es que, bueno...
Paseó su mirada inquieta por toda la habitación, sin saber muy bien como acabar aquella frase.
-¿Si...?
Suspiró y luego me encaró con mirada preocupada y algo indecisa.
-Esto no se lo he dicho a mamá, pero es que últimamente me han preguntado mucho por ella y por el tito Tom, y ya no sé qué hacer.
-¿Cómo? ¿Te preguntan por ella y por Tom? –arrugué la nariz y me eché un poco hacia atrás- ¿Y qué te preguntan exactamente?
-Pues, jo Gabrielle...! –sacudió la cabeza y se aferró más a su almohada, intentando protegerse inconscientemente de todo aquello quizás- Que ya tengo nueve años y no soy tonta. Me preguntan indirectas, pero en definitiva me preguntan que si son pareja.
-¿¡Pareja!? –exclamé sorprendidísima- Pero, espera, un momento, ¿no saben que son hermanos?
-Sí, eso es lo peor –tragó saliva, mientras me observaba fruncir el ceño.
-Ya veo... –me acerqué a ella, frotándole sin darme cuenta un brazo para tranquilizarla y sacarle hierro al asunto.
<Dios, que asco de sociedad... ¿¡Cómo pueden insinuarle esas cosas a una criatura de 9 años!? ¡Vaya mentes más retorcidas, Jesús!>.
-Mamá no se lo va a tomar bien si se lo digo, se pone muy nerviosa cuando le cuento que de nuevo la gente me ha estado preguntando por ella. No lo soporta. Me dijo que no toleraba en absoluto que me mezclaran con su popularidad. Una de las razones por las que nos trasladamos aquí fue, precisamente, porque pasaríamos más desapercibidas según ella.
En aquel instante decidí que la responsabilidad de lo que me acababa de contar Eva recaían en mí y que, sin duda, haría todo lo posible para que no volviera a vivir una situación tan violenta.
-Eva, ¿quién te va a recoger en el colegio?
-Nadie, es que está muy cerca de aquí, a dos manzanas.
-Vamos a hacer una cosa, ¿quieres que te venga a recoger durante los días que esté aquí a ver qué pasa? Quizás con un adulto al lado no se atrevan a ser tan chismosos y a guardar un poco las formas. Si funciona ya le propondré yo misma a Xena que envíe a alguien de confianza a recogerte cada día...
Se puso de rodillas de repente, como si una chincheta se hubiera clavado en su trasero.
-¡Oh! ¿¡Harías eso por mí, Gab!? –se le iluminó el rostro tanto, tantísimo, que hasta me creí deslumbrada por un momento- Jolín, me quitarías un peso enorme de encima –sonrió asintiendo con vehemencia su cabecita- No quiero explicárselo a mamá, no quiero preocuparla...
-Lo sé, lo sé, petardilla –me senté junto a ella y le pasé un brazo por los hombros, acercándomela para estrecharla- Ya sé que te preocupas mucho por ella.
-Me alegro tanto que hayas vuelto, Gabrielle –se abrazó a mi cintura casi como un acto reflejo, arrancándome una sonrisa, inevitablemente- Has hecho muy feliz a mi madre y eso te lo voy a agradecer eternamente.
-Anda, anda, no te pongas sentimentaloide que me vas a hacer llorar –la sacudí un poco en broma, aunque en el fondo sabía que mis palabras no distaban mucho de la realidad.
-¡No bromeo! –se separó un poco de mí para mirarme seriamente- Mamá estaba fatal antes, aunque lo disimulara yo lo notaba. Era evidente, pero ahora... ¡Dios, sólo hay que ver el cambio que ha hecho!
La miré claramente sorprendida. Eva era una niña muy lista, tremendamente avispada. Me pregunté, en aquel preciso instante, como había vivido todo aquel calvario ella. Cómo Xena habría sacado adelante su vida y la de Eva, haciendo que su hija fuera no tan sólo una niña sin ningún trauma infantil sino lo que me parecía una niña completa y absolutamente feliz.
-Eva, en el campamento me dijiste que... bueno... que sabías porqué tu madre se fue de mi lado. ¿Qué sabes de eso? –me aventuré a preguntar, algo dudosa de lo que preguntaba.
-Todo –respondió maquinalmente.
-¿Todo?-me sorprendí... una vez más.
-Sip. Mamá y yo no tenemos secretos y a medida que yo iba creciendo iba haciendo más preguntas. Siempre me respondió con la verdad, aunque a veces no me la dijera del todo. Pero con el paso del tiempo poco a poco me iba explicándolo todo.
-Eva, me asombra tu... tu... tu sentido de la comprensión a tan tempranísima edad –le confesé totalmente maravillada- Eres una niña muy inteligente, lo sabías...? –revoloteé su pelo haciéndola reír nerviosa.
-Je! Uhm... ejem!... gracias –murmuró tímidamente, apartándose de mí y decidiendo que su olvidada almohada resultaba mucho más interesante que mi proximidad.
-No me digas que te incomodan los cumplidos... –dije, sonriéndole por lo adorable que me parecía aquella similitud en concreto entre Eva y su madre.
-¿Eh? ¿Qué? No, no... –se defendió sin mucho éxito ni credibilidad.
-Jajaja!! Eres igual que tu madre –le dije completamente enternecida.
Me incorporé y ya en la puerta me giré para ver si Eva me seguía. No me esperaba encontrarme en absoluto con la intensidad de su mirada acompañada de una sonrisa que se antojó pícara y traviesa.
-¿Cuál de las dos?
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-¿Qué tal estás, hija?
Miré por la ventana como Snowie se dirigía con paso lento hacia su casita, probablemente deseoso de establecer ciertos contactos con Morfeo. Helen había arrancado a llorar uno de esos llantos chirriantes y ensordecedores que parecía que nunca iban a terminar, mientras Mary intentaba hacerla comer y Eva hacía mil y una tonterías para animar a su “primita”. Afrodita estaba recostada en su silla, con los ojos cerrados y frotándose suavemente la tripa, probablemente a punto de quedarse dormida. Jack, Tom y Xena hablaban animadamente mientras comían de vez en cuando alguna uva o fruta que aun debieran quedar en el gran bol que sacamos como postre para aquella cena.
Una mano se me fue a reposar en el frescor del vidrio de la ventana y una sonrisa cómplice se apoderó de mis labios en cuanto Xena me dirigió una fugaz mirada risueña. Con un dedo acaricié el vidrio inconscientemente dibujando la curva de sus labios.
-Estoy muy bien, mamá –respondí con total sinceridad, volviendo a prestar toda mi atención al teléfono.
-¿Así que todo ha salido bien?
-Sí, ya te contaré. Es una historia un tanto larga...-dije en un mohín, envolviendo un segundo dedo en el cable telefónico.
-Bueno, lo importante es que tiene un final feliz, por lo que me estás contando.
-Sí, lo tiene –respondí sonriéndole de nuevo y echando mi imaginación a volar sobre cierto día de la semana siguiente –Oye, ¿qué tal Diana? Hace mucho que no sé nada de esa petardo...
-Ha llamado esta tarde, estaba en Chicago.
-¿Chicago? –enarqué una ceja casi sin enterarme- ¿Y qué demonios hace all...? –de pronto lo supe- Oh... déjame adivinar. ¿John ha perdido su mando a distancia y quiere que le cambien el canal? –pregunté con sarcasmo.
-Vamos, hija, no seas así. Sabes que por él haría cualquier cosa.
-Eso salta a la vista...-murmuré, haciendo rodar los ojos.
-No se lo tengas en cuenta, al fin y al cabo, tu eres igual que ella –sentenció mi madre, sorprendiéndome.
-¿Perdona?
-¿No estás tu en Greensboro?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Que estás ahí por lo mismo que ella...
Me callé. <Cómo la odio cuando tiene razón...> pensé ceñuda e intentando responderle a mi madre y defenderme de algún modo. Aunque intentándolo en vano, pues sabía que lidiaba en una batalla que ella ya había ganado.
-No me gusta John... –casi gruñí, al final.
-Eso no es asunto nuestro, Emma...-me recordó algo pesarosa mi madre.
-Ya, pero mamá no me digas que tu no piensas lo mismo...! Es un imbécil y no me hace ni pizca de gracia cómo trata a Diana. Como le haga algo... –empuñé una mano y mordí con fuerza para no decir ninguna tontería.
-¿Qué? –me interrumpió- Emma, cariño, tiene que ser ella quien abra los ojos, no podemos ponernos a despotricar de la persona que, en estos momentos, ama con toda su alma. Eso no sería bueno para nadie.
Me senté en el sofá contrariada. Mi madre tenía razón. <Otra vez...>.
Diana se había casado con John apenas se habían conocido. Y lo que más rabia me daba es que fui yo quien los presenté... Era un abogado distinguido y valorado, pero no por méritos ni propios ni limpios. Se pasaba la justicia por el forro cuando no le era conveniente ni le favorecía, y la alababa cuando sí lo hacía. No le importaba si su cliente era o no inocente, simplemente era un juicio más a ganar, un peldaño más a subir, más puntos para su historial y carrera profesional. No tenía ni el más mínimo atisbo de remordimiento de conciencia, podía meter preso a alguien que sabía era totalmente inocente si con ello ganaba el juicio. Era codicioso y pisaba a quien tuviera que pisar para lograr lo que se proponía. Su técnica favorita era sacar todos los trapos sucios de su rival, vinieran o no al caso, para aturdirlo y poder atacar más fácilmente a la yugular. Era ruin, era demasiado ambicioso y terriblemente arrogante. Tan sólo había que recordar como de abarrotadas de títulos y reconocimientos estaban las paredes de su despacho. Y estoy segura que muchos de ellos se los hacía el mismo para hacer más bulto... <¡Que asco de tío, Dios! No sé qué demonios vio Diana en él>.
-¿Emma? –me sacó de mis cavilaciones, Eulalia.
-Sí, sí. Estoy aquí.
-Bueno, ¿y qué?-arrugué la nariz, algo extrañada.
-Y que, ¿qué?
-Que porqué nos llamabas...-me recordó.
-¡Ah, sí! Jo, no sé ni donde tengo la cabeza ya –reí con mi madre antes de proseguir, mirando de nuevo por la ventana- Pues para deciros que mañana seguramente regreso. Tengo una noticia que daros, jeje!
Con un movimiento de mi dedo índice, le pedí a Xena que viniera en cuanto me miró. La observé levantarse de la silla con gesto que ya le conocía y disculparse con los invitados. Durante su trayecto de venida no dejé de sonreír mientras ella salvaba obstáculos hechos juguetes esparcidos por todo el jardín.
-¿Una noticia? –se extrañó, entonces, mi madre- ¡Ay, hija, no me asustes...!
Reí por lo bajo ante la peripecia que Xena tuvo que ingeniarse para no tropezar con un enorme peluche de elefante al entrar en casa. Le tendí una mano y en seguida me la cogió. La quería cerca, ya estaba cansada de verla de lejos, ahora quería sentirla. Así que le pasé la mano por mi cintura y pronto me hallé abrazada por la espalda. Meciéndonos, le respondí murmurante a mi madre.
-Bueno, eso no te lo aseguro –dije con cierta picardía- Lo que sí te garantizo es que, en absoluto, se trata de nada malo –acaricié sus manos en mi vientre cuando me besó la coronilla, riéndose por lo bajo.
-Bueno, entonces me dejas más tranquila. ¿A qué hora llegarás, más o menos? –quiso saber, impaciente ella.
-Uhmm... por la tarde, creo –hice un rápido recuento horario- Ya te llamaré desde el aeropuerto en cuanto pise tierra, de acuerdo?
-Sí, sí –afirmó con rapidez- Quiero tenerlo todo preparado.
-¿Preparado para qué? Mamá, no hace falta que..
-Shht, a callar –me mandó, interrumpiéndome sin miramientos- Tu llámame en cuanto lleguéis.
Sonreí, comprobando una vez más que las madres ciertamente tienen un sexto sentido con los hijos. Me preguntaba hasta donde llegó su imaginación. O más bien, su intuición. De momento ya había acertado en pensar que no viajaría sola...
-Lo haré –le aseguré una vez más- Hasta mañana, mamá.
-Hasta mañana, cielo.
Colgué y, de inmediato, me recosté hacia atrás cerrando los ojos y abandonándome en el abrazo de Xena. Mis dedos corretearon juguetones por sus antebrazos hasta que decidieron entrelazarse con los suyos lentamente. No recuerdo en qué momento Xena empezó a acariciar con su nariz mi cuello y a esparcir besos por todo él hasta llegar a mi oreja y morder suavemente el lóbulo que allí había. Pequeñas descargas, que verdaderamente me parecieron eléctricas, empezaron a hacerme cosquillas por toda superficie de piel que rozara la suya. Di un paso hacia delante, intentando controlar un deseo que ya hervía descarado por cada una de mis venas y arterias. Pero pronto volví a ser presa de sus brazos, esta vez atrapada de frente y estrujada contra su torso con lo que ya reconocí urgencia mal disimulada.
-Xen... –intenté avisarla de la proximidad de ciertos “individuos” en su jardín, pero no me dejó decir una palabra más capturados como fueron mis labios por los suyos –Uhmmhhff...
Empotrada contra la pared, Xena me besó con tal pasión que me pilló algo desprevenida. Intenté seguirle el ritmo, pero estaba claro que Xena ya estaba mucho más acelerada que yo. <¿Pero qué...?>. Su arrebato, sinceramente, me sorprendió en cuanto decidió apartarse de mí y cogerme de la mano para llevarme a su dormitorio casi corriendo y tropezando, incluso, con las paredes. De un violento empujón caí sobre la cama de espaldas y casi de inmediato Xena se lanzó encima mío, pero sin tocarme un sólo centímetro de piel, ni un roce, ni una caricia. Sólo su mirada penetrante, turbia... incluso sombría, intentando profundizar en mis dilatadas pupilas por la sorpresa y el susto que todo aquello me inspiraba. Por primera vez, después de tantos años, sentí miedo, congoja y temor de lo que pudiera hacerme, incluso sabiendo cuanto amor me profesaba. Alargué algo dudosa una mano y me agarré a su camiseta, sin atreverme a mirarla directamente a los ojos.
-¿Xena...? –murmuré, cuestionando su comportamiento.
A duras penas, volví a mirarla, descubriendo lo descompuesto de sus facciones y lo desencajado de su rostro. Acaricié su mejilla, tremendamente entristecida por cuan desolada advertí su mirada. La mascara había caído. <Oh, Xena...>. Ella se limitó a dejarse caer sobre mí y silenciar cualquier posible respuesta. Abrazadas lo que me pareció una pequeña eternidad, acaricié preocupada su espalda al sentir su pecho agitado por calmar una respiración que ya sabía se había quebrado en llanto.
-Vamos, cariño, dime qué te pasa –musité en su oído, acariciando con la mía su mejilla- Xena, confía en mí -le rogué una vez más- Confía en mí, cariño...
No dijo nada. Simplemente permaneció allí, entre mis brazos, llorando cada vez con más ahínco y aferrándose a mi cuerpo con tal desamparo que hasta sentí piedad. Imposible dialogar con ella en cuanto se encerraba en su caparazón, en su infranqueable hermetismo. Tan sólo consolarla era todo lo que podía... o lo que me dejaba hacer. Froté su convulsionada espalda, de nuevo, y le susurré pegada a su oído palabras de consuelo, intentando en vano reconfortarla. Su desdicha me llegaba a las entrañas, tanto que hasta yo empecé a llorar con ella impotente y resignada al no poder ayudarla. Frustrada ante el hecho de que no me dejaba ni intentarlo con su odioso mutismo inapelable.
Tardó muchísimo en calmar su respiración y acallar su llanto. Lentamente se fue apartando de mí y se acurrucó entre las sábanas de su cama, dándome la espalda y abrazándose a su almohada. Ya de pie, me la quedé mirando, observé el feto en el que se había convertido. Parecía tan débil, tan vulnerable... tan desamparada... tan triste... Fue entonces cuando comprendí que Xena no podía hablar de todo lo que llevaba dentro porque simplemente no se lo quería ni decir a sí misma. Lidiaba una batalla interior que la estaba, literalmente, destrozando. Lo que decía haber superado no era más que un farol enmascarando una realidad muy lejana a la deseada. Xena quería superar todo aquello, pero no había duda que no podía. Y mucho menos sola...
Llegando de nuevo junto a ella, me hinqué en su lado de la cama para quedar a la altura de su rostro. Acaricié su cabello ligeramente empañado en sudor, observando como poco a poco iba cayendo inevitablemente en un sueño reparador, adentrándose silenciosamente en la calma que, sosegada y conciliadora, llegaba después de la tempestad.
-Xena, déjame ayudarte –susurré entre lágrimas, besando su frente- Déjame, por el amor de Dios, déjame...
Cerré los ojos inspirando con fuerza todo el aire que me faltaba. Me incorporé, la miré por última vez sorbiendo entre hipos y me fui silenciosamente de la habitación para dejar descansar a una Xena abatida y derrotada.
-No te vayas –pidió murmurante casi cuando estaba a punto de llegar a la puerta.
Rápidamente volví a su lado y me tumbe junto a ella. La abracé, me pegué a su espalda y la estreché entre mis brazos.
-No me voy, Xena –le susurré a su nuca- Estoy aquí, corazón.
Acurrucándose en mi abrazo, pronto su respirar se volvió pesado y lento, evidenciando un sueño que ya la había alcanzado.
¿Qué era todo aquello? ¿Qué demonios ocurría? No entendía nada, no lo hacía y eso estaba logrando desesperarme. Xena no hablaba, pero con mudos gritos me pedía que la ayudara. Eso estaba claro. ¿Pero cómo?
Lentamente, me fui separando de ella y me fui al salón a pensar. <Dios mío, ¿cómo? ¿Cómo puedo ayudarla...?>. Miré el jardín, aun estaban todos en la sobremesa. <¿Cómo...?>.
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La mañana llegó demasiado temprano para mi gusto, como siempre. Me desperecé en el sofá donde había dormido y en seguida me lamente de ello, pues sentí un sinfín de punzadas por todo mi cuerpo, especialmente en mi cabeza, recordándome qué lejos distaba un sofá de la comodidad de una buena cama.
-Buenos días, tata –me saludó Helen, saliendo de la cocina con una enorme taza de leche en las manos y una inmensa camisa que, más que llevar, arrastraba.
-Buenos días, pequeñaja –le sonreí sentándome en el sofá y rascándome la cabeza maquinalmente- ¿Qué llevas ahí?
-Cacaolat –me informó sentándose a mi lado y estirando sus piernas en el sofá, ya que aun le faltaba un buen trecho para que las pudiera dejar colgando.
-Puajs! –hice una mueca de horror- Es mejor el Nesqueec.
-Ya, pero a Eva le gusta el Cacaolat, ¿qué se le va a hacer...? –sonriendo, se encogió de hombros y encendió la televisión con un mando a distancia que se sacó, como si de un revolver se tratara, de debajo la camisa.
Estuve discutiendo con ella un buen rato de los dibujos animados que fuimos viendo a lo largo de la mañana. Ciertamente, sus gustos no eran en absoluto los míos. Pero en fin, para gustos, colores, no? El vuelo salía a las doce de la mañana y las maletas ya las habíamos hecho el día anterior. Así que sólo había que darse una buena ducha, espabilarse un poco e ir directamente al aeropuerto. Y eso era lo que, precisamente, estaba dispuesta a hacer en cuanto me levanté del sofá y dejé a una más que embobada Helen con su Son Goku del alma. No tardé mucho en ducharme. Por la razón que fuera, procuré que así fuera. ¿Tenía prisa? Creo que sí, aunque muy bien no sabía porqué. Me vestí rápidamente con unos ligeros pantalones cortos color caqui y una simple camiseta blanca. ¿Porqué arreglarse más para tirarse tropecientas mil horas allí arriba, en tierra de nadie, encerrada en un avión?
De vuelta a la sala de estar me encontré con toda la tripulación Phantom y Owell entre magdalenas, croissants, Kelog’s y tostadas rebosantes de mantequilla y mermelada, delante de la televisión. Saludé a todos y me dispuse a desayunar con ellos, advirtiendo la ausencia de Xena. Me senté al lado de una soñolienta Eva intentando encontrar perdidamente el tazón de leche que sostenía a duras penas entre sus manos, mirando con ojos entrecerrados la televisión muy probablemente sin verla. Sonreí mientras yo misma la ayudaba a acercarle el tazón a los labios. <Ésta tiene unos despertares peores que los míos, Jesús...!>.
Miré a mi alrededor. La verdad es que, menos Mary y Helen, no se quedaban cortos de sueño los demás. Jack, literalmente, se había caído al suelo para seguir durmiendo hecho una curiosa bolita. <¡Pero si ya son las nueve!> recapacité alcanzando de la mesita del centro una tostada y mirando de reojo mi reloj. <Aunque claro, a saber cuando se fueron a dormir todos estos...> reí interiormente untando de mantequilla mi tostada. Recuerdo que cuando me decidí por dormir en el sofá, tras haberme despejado con un buen lavado de cara, los murmullos de conversaciones dispersas y de vez en cuando alguna que otra risotada no dejaron de inundar mis oídos hasta que caí rendida en los brazos de Morfeo.
-Oye, nena, estaba yo pensando.. –me habló, entonces, con la boca llena Afrodita- ¿Habéis reservado billete ya?
-No –respondí meneando la cabeza, chupándome un dedo que se me había manchado de mermelada de melocotón.
-Pues ya os llevo yo, hace tiempo que no practico, sabes –tragó y me miró algo preocupada- Me he acostumbrado a vuestra dinámica y, aunque parezca imposible, te digo yo que hará como... no sé, ¿tres años? –miró a Mary cabeceando- Sí, algo así, tres años que no uso mi magia. ¿¡Te lo puedes creer!?
Todos reímos por lo contrariada que parecía la diosa y, en el fondo, me alivió no tener que coger un vuelo aquella mañana. La verdad, no estaba para vuelos...
-¿Dónde está Xena, por cierto? –pregunté intentando resultar casual y en absoluto todo lo interesada que en realidad estaba en saberlo.
-Aun no se ha despertado –respondió Tom, mirándome con picardía mientras se masajeaba un pie descalzo- Ha sido una noche movidita, eh?
Con los ojos en blanco, me limité a acabar la tostada que me había estado preparando y, en cuanto lo hice, a irme derecha a la habitación de Xena sin mediar mayor palabra. Tras golpear suavemente la puerta lo que me pareció demasiadas veces, decidí abrirla yo misma. La habitación olía como a rosas y una fresca ráfaga de viento sopló en mi cara al entrar en la ella. Xena permanecía echada en la cama, mirando el techo casi hipnotizada mientras cruzaba bajo su nuca las manos a modo de almohada. No pareció darse cuenta de mi presencia, ni de los incesantes golpes que le estuve dando a su puerta escasos instantes atrás. ¿Dónde estaría? Estaba segura que su cuerpo se hallaba tumbado en la cama... ¿pero y su mente?
En silencio, dejé pasar cierto tiempo para poder observarla. Un ligero pijama de franela blanca cubría suavemente su torso y parte de sus piernas. Las miré con fijación y me descubrí yo misma ensimismada en lo largas y torneadas que se me atojaban ante mis ojos. Fui subiendo mi mirada y la posé unos segundos en sus esbeltos y desnudos brazos, hasta terminar deleitándome con los ya familiares rasgos de su escultural rostro. Cerré los ojos e inhalé concienzudamente. Aquel no era ni lugar ni momento para pensar en ciertas cosas bastante sugerentes con respecto a Xena y su cuerpo. Abrí mis ojos. Seguía exactamente en la misma posición, a kilómetros de distancia de aquella habitación...
-¿Xena...? –murmuré al fin, cuidadosa de no entrometerme en su intimidad, tan ensimismada como parecía estarlo.
Cerró los ojos muy lentamente para luego abrirlos con igual sosiego. Ladeó con suma parsimonia la cabeza y se me quedó mirando largo rato antes de decir nada. Ni un sólo atisbo de emoción cruzó su rostro. Nada, totalmente inexpresivo e impasible...
-Dime, Gabrielle –casi susurró.
-Bueno, venía a decirte que... uhmm... que al final Afrodita me va a llevar –no la incluí en mis planes, no quería forzarla a venir con todo lo que pasó la noche anterior- Quería... bueno... quería saber si... cómo estabas antes de... –un suspiro lento y una caída de hombros.
Aquello no estaba resultando, en absoluto, tan fácil como creí en un principio. No quería despedirme de Xena, quería que viniera conmigo... Con todas mi fuerzas lo deseaba, Dios! Después de ocho años sin verla, acostumbrándome a su ausencia, ahora el mero hecho de pensar en volver a aquello, aun sabiendo el calibre de sus sentimientos hacia mi, ya me dolía.
Pesarosa, la observé removerse entre sábanas e incorporarse. Había tantas preguntas en el aire, tantas respuestas escondidas... De repente, me descubrí incapaz de saber como tratar a Xena. Una parte de mí sabía que debía darle tiempo, que no debía invadir el espacio que tan celosamente había enmurallado Xena para su absoluta exclusividad durante tantos años. Pero por otra parte sentía como me gritaba mudamente cuan falta le hacía mi ayuda, aunque también sabía perfectamente que nunca me la pediría.
-Ya te vas, eh? –murmuró al llegar frente a mí y sonreírme casi imperceptiblemente. Bajé la mirada al suelo y asentí quedamente- Bueno, supongo que... –dubitativa, me cogió una mano y me la acarició suavemente mientras pensaba en qué decir- Supongo que no me dejas que te acompañe, por lo que he entendido- dijo algo apesadumbrada.
Alcé la mirada desconcertada.
-¡Claro que te dejo! –le aclaré inmediatamente, abriendo con demasía mis ojos. <¡No sabes tu cuanto!>- Pero es que... bueno, pensé que quizás... –volví a desviar la mirada, algo incómoda por no encontrar las palabras exactas para hacerle ver que tan sólo no quería forzarla a hacer nada que no...
<¿Qué no qué?> pensé algo confusa. ¿Qué estaba pasando? ¿Era ese mi modo de proteger y ayudar a Xena? ¿Sabiendo que me necesitaba al lado, que probablemente era en la única de las personas que confiaba en tan delicados temas, y no haciendo nada al respecto más que marcharme? <No, así no se ayuda a nadie –meneé interiormente la cabeza, en muda reprimenda- Así no vamos a ninguna parte>.
-¿Sabes? –la interrumpí justo cuando iba ella a hablar, más segura que nunca de lo que quería y de lo que necesitaba Xena- Tu te vienes conmigo, así que empieza a arreglarte que te quiero bien mona para poder decirle a mi madre con qué preciosidad de mujer me voy a casar –dije dándole un golpecito en la cadera.
Parpadeó algo sorprendida al principio para luego ensanchar una sonrisa cómplice y agradecida. Con una mano le acaricié la mejilla y le guiñé un ojo antes de girarme e irme.
Despacio. Eso era, despacio y con calma. No iba a acribillarla a preguntas ni a intentar que hablara a la fuerza. Reduciría el paso de mi ansiedad e intriga y caminaría al compás de su lenta disposición a abrir la caja de Pandora que había en su interior y que con tanto ahínco atesoraba. Esperaría todo lo que fuera necesario. Si hacía falta le daría más motivos para confiar en mí y le haría ver con más claridad mi imperioso deseo de ayudarla. Le demostraría que no sólo la amaba en lo bueno, sino que, si cabe, aun la amaba más en lo malo.
<Vaya, en lo malo y en lo bueno.... Definitivamente estoy preparada para casarme con ella> pensé medio divertida, cerrando con cautela la puerta y encaminándome de nuevo a la sala de estar para despedirme de todo el mundo. <Pero que muy preparada, ya lo creo...>.
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Un lento suspiro exhaló, silenciosa, de entre sus labios y una mirada algo temerosa me dieron, asustados, los claros zafiros de sus ojos. Ante la casa de mis padres, cogidas de la mano, nos hallábamos Xena y yo algo nerviosas por el reencuentro que, sabíamos, sería de todo menos esperado para mis padres.
-¿Preparada? –pregunté aun sin dejar de mirar el picaporte de la puerta central de la casa.
-Eso espero.. –musitó.
Apreté su mano para tranquilizarla, aunque me había pasado el viaje entero asegurándole que mis padres estaban tanto o más deseosos de verla como ella misma y que no le guardaban ningún rencor por haberse ido tan precipitadamente hacía ocho años porque simplemente nunca se enojaron con ella por hacerlo. La discreción y comprensión de mis padres en ocasiones había sido objeto de mi admiración. Ahora sabía que Xena me acompañaba en dicha admiración... Lo supe en cuanto, abrazada a la llorosa de mi madre, fue incapaz de no soltar lágrimas de alegría y, estoy segura, de sorpresa por el cálido recibimiento. Sam, como ya se esperaba, fue más discreto pero no por ello sintió menos la llegada de Xena, pues abrumado por su inesperada presencia se excusó en seguida para ir al servicio. Sonreí al verlo alejarse secándose disimuladamente los ojos con la manga de su camisa.
Pasamos el día entero en casa de mis padres, poniéndonos al día de los últimos años sin vernos. Como suele ocurrir en este tipo de reuniones familiares, en un momento dado surgieron las anécdotas de infancia. Y más concretamente de la mía. Me limité a prestarle toda mi atención a Philip, quien ya estaba notoriamente envejecido, mientras de fondo oía las escandalosas risotadas de mi madre y las disimuladas de Xena hablando de la pequeña Gabrielle. La verdad es que no me hizo mucha gracia que Xena se enterara de mi trauma infantil con las moscas y mosquitos. Siempre me habían dado miedo en cuanto me enteré que eran ellos los que me sorbían la sangre de noche con sus largas trompas afiladas como ponche en mitad de su particular festín. Me parecían vampiros en miniatura y, sinceramente, los prefería bien lejos de mí y mi sangre... El par de horas que mi madre se dedicó a desmantelar mis “trapos sucios” infantiles fueron verdaderamente un suplicio para mí, pero tengo que admitir que en ciertas ocasiones yo misma me descubrí riéndome de todo cuanto de mí recordaba mi madre.
La visita, sin lugar a dudas, fue agradable. Mis padres, haciendo gala de sus mejores formas, encandilaron a nuestra “invitada” con un despliegue de comida y pastas por parte de mi madre y un sinfín de tímidas sonrisas por parte de mi reservado padre. Xena verdaderamente parecía encantada y más que dispuesta en atenderlos en todo cuanto pudiera. Hasta consiguió que mamá le dejara ayudarla a sacar la mesa, aun con el millar de negativas que recibió de buen principio.
-Son un encanto, Gabrielle –confesó acomodándose entre mis sábanas Xena, sonriéndome con diversión- Y la pequeña Gabrielle es adorable –chinchó, estallando a carcajadas cuando le tiré un cojín desde el marco de la puerta de mi habitación.
-Te vas a enterar cuando pille a Tom y me cuente las aventuritas de la pequeña Xena –amenacé sin disimulos, tumbándome y acurrucándome igualmente en la cama.
Aun riéndose, Xena no dudo un instante en acercarse a mí y abrazarme, inusualmente, por la cintura apoyando su cabeza en mi hombro. Suspiré cerrando los ojos, sintiendo la suavidad de las piernas de Xena en cuanto las enroscó con las mías. <Qué bien se está, Dios...>.
Estábamos en mi antiguo apartamento que mi madre, durante los años que permanecía yo fuera del país enfrascada en mis estudios de simios, había ido conservando con un par de visitas semanales para limpiarlo y mantenerlo habitable. Daba gusto volver a estar en él, la verdad. Lo había extrañado en muchísimas ocasiones, aunque quizás con más anhelo en las calurosas y húmedas noches de la selva, tumbada en una incómoda hamaca y con un sinfín de asquerosos mosquitos rondándome con truncado vuelo e insoportable zumbido.
-¿Xena?
-¿Uhm..? –murmuró medio dormida ya.
-¿El lunes es fiesta? –pregunté mientras apartaba un mechón oscuro y lo situaba detrás de una oreja, entreteniéndome durante un rato en su redondez.
-No, ¿porqué?
-Así que Eva tiene colegio, verdad? –abrió los ojos algo ceñuda y me miró extrañada.
-Sí, ¿porqué?
Me encogí de hombros, jugueteando con la mano que ella reposaba en mi vientre. Era tan suave... tan delicada... Sonreí mientras me la llevaba a los labios.
-No sé, me hubiera gustado acompañarla e irla a recoger –respondí esparciendo besos por su palma.
-¿Y eso? –volvió a preguntar, quizás aun más extrañada que antes.
-¿Qué pasa? –le sonreí- ¿No puedo querer ver el cole de tu hija?
Enarcó, como ya había supuesto, una ceja antes de hablar.
-Poder puedes, pero... –se quedó con la boca abierta, de repente sin palabras y meneando la cabeza.
-¿Pero..?
Tras un divertidísimo mohín que me hizo morder el labio inferior para no empezar a reír, le sonreí una vez más ante la cara de pasmo e incomprensión que se le puso.
-Nada, nada... –murmuró.
-No pongas esa cara, es que me gustaría saber por donde se mueve y eso –intenté aclarar.
-Ya –dijo con énfasis, recostándose en su lado de la cama.
-¿No me crees?
-Te creo, Gabrielle –fue ella, entonces, quien sonrió con lo que me pareció burla, acomodándose entre las sábanas y dándome la espalda para dormir.
-No, no lo haces –musité algo molesta.
-Sí.
-No.
-Que sí.
-Que no.
-Te he dicho que sí, Gabrielle –se giró para mirarme y tratar de resultar así más convincente.
-Y yo que no –pero yo era tozuda, y no me gustaba un pelo que desconfiara de mí... Y más cuando últimamente quería conseguir precisamente lo contrario.
-¿¡Quieres hacer el favor!? –fingió exasperarse entre risas y volviendo a encararme.
Mantuve en alto mis morritos y mi ceño fruncido durante un rato, pero se me hicieron imposibles de mantener ante la risueña y adorable carita de Xena suplicando en silencio mi perdón.. o algo así.
-Sólo recordaba viejos tiempos... –le susurré, acercándome a ella y abrazándola para dormir- Bueno, oye, pues el martes me gustaría acompañarla, porque no creo que el lunes lleguemos a tiempo –la oí suspirar por encima de mi cabeza y, dubitativa, acaricié su vientre en círculos errantes antes de murmurar- ¿Puedo?
-Claro que puedes, no hace falta que me pidas permiso para eso, tontina... –alcé la mirada y me encontré con unos ojos rebosantes de lo que me pareció encanto.
Xena amaba a su hija y estoy segura que ver que yo también lo hacía la alegraba con demasía. No tuve que preguntar, el relato entre líneas de sus ojos me lo narraron en aquel instante y un suave beso cargado de ternura me lo hizo sentir. Mi mano fue viajando en ascenso por su torso hasta deleitarse con la sedosa piel de su cuello, mientras la suya ya acariciaba en lenta caricia la base de mi mandíbula. A esas alturas ya había comprobado que tras un primer beso era inevitable que le siguieran un millar más, cada uno más profundo y pasional que el anterior. Y no era de extrañar, hacía ocho años que privábamos a nuestros cuerpos del goce de sentir el de la otra. Y eso, entre besos y caricias, era una clara provocación para las hormonas.
Tenía tantas cosas que demostrarle... No, mentira. Tantas cosas que “quería” demostrarle, puesto que estoy segura que le era innecesario el saberlo, el que yo se lo demostrara, ya que sin duda las conocía de primera mano. Xena conocía mis intenciones, sabía de mis sentimientos, de cuan hondos y profundos habían y seguían siendo. Pero yo quería recordárselos, uno por uno. Eso, para mí, sí era una necesidad, un deber, una obligación, una orden que yo misma me impuse y que sin rechistar acataría. Ahora no había que disimular de nada ni ante nadie, teniendo el permiso y consentimiento de mis pad... Paré en seco.
-¡Mis padres! –exclamé, separándome de golpe de Xena, dando un ligero respingo que hizo sobresaltarla- ¡No les hemos dado la noticia!
-¡Oups...!-se llevó una mano a la boca, intentando disimular una risita- ¿Crees que en cuatro días van a encontrar algo que ponerse para la boda? –preguntó divertida, aunque a mí no me hizo ni pizca de gracia, sabiendo cuan histérica se ponía mi madre, y no digamos Diana, para vestidos de bodas. Tragué saliva recordándolo y acariciándome inconscientemente el cuello, prediciendo lo retorcido que estaría dentro de poco.
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-¿Ya?
-¡Noooo...! –repetí por enésima vez.
-Pero si sólo es un traje, Xena. ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo ahí dentro?
-Oye, que no es tan fácil, vale!? –me defendí, abrochándome el tropecienteavo botón de mi falda.
-Venga, sal ya que quiero verte.
A regañadientes, corrí la cortina y casi le pego un buen mamporro a Afrodita cuando me chilló lo bien que me quedaba ese espantoso vestido. Bueno, en realidad no era espantoso el vestido, lo era el llevarlo, que es diferente... Inspiré hondo y me senté para tranquilizarme. Iba a ser un día muy largo y había que reponer fuerzas para sobrevivirlo.
-¡Por Zeus, Xena! –volvió a escrutarme con mirada reluciente, meneando la cabeza y sonriendo de forma algo extraña, la verdad- Nunca te había visto tan... tan...
-¿Femenina?
-¡Eso! Tan femenina... –murmuró, sin dejar de sacudir la cabeza.
<Dios, que pare ya...!> supliqué a la desesperada, interiormente.
-Me lo temía... –musité con un rodamiento de ojos.
Era, en realidad, un vestido sencillo. Pero, según Afrodita y Mary, tremendamente elegante y original. ¿Qué porqué original? Porque supongo que no muchas novias visten con falda larga y top, enseñando el ombligo... Así, generalizando, era mi traje. La falda era sedosa y de un claro color beige pastel, cayendo suavemente hasta mis tobillos. El top, del mismo color, me envolvía el pecho en una curiosa cenefa simulando olas marinas, con un escote un tanto exagerado para mi gusto. Quizás lo que más me gustaba eran los tirantes, finísimos y hechos de lo que parecían diamantes. Aunque por supuesto no eran tales, sino brillantes cuarzos. ¿Pero qué más daba? El efecto era...uhmm... ¿cómo decirlo? ¿Agradable?
En cuanto al pelo, me lo habían recogido en una especie de moño, que más que un moño parecía que tenía el mismísimo Dragon Kan en mi cabeza, una verdadera montaña rusa. Perdí la cuenta de cuantos giros y vueltas daban un sinfín de mechones en lo alto de mi coronilla. Aunque quedaba bien... me gustaba, en especial, mi flequillo ya bastante crecido y dispuesto con la ralla al lado, de modo que en ocasiones se me iba y me ocultaba por completo el ojo izquierdo.
-Estás preciosa, niña... –me halagó Tom desde la puerta del camerino.
-Eso dicen.. –le sonreí -¿Qué tal va...?
-¡Ah, ah, aah..! –negó con la cabeza y su dedo índice- Prohibido preguntar por ella, que da mala suerte.
-Lo que da mala suerte es verla, no pregunt...
-Bueno, es igual –me interrumpió una vez más- No pienso arriesgarme, cotilla.
-Aish...-suspiré, volviendo a mirarme en el espejo.
Faltaban tan sólo unos quince minutos para la ceremonia, ya estaba todo listo. Habíamos decidido casarnos en el campamento donde Gabrielle trabajaba con sus Orangutanes. No me importó, era su deseo y sin dificultad se lo concedí. ¿Qué más daba el lugar? El caso era casarme con ella. <Ay, Dios... qué sentimentales estamos ya, Xena> miré divertida el reloj de sobre la mesa. <Demasiado temprano para eso. No quiero ni pensar como estaremos al acabar el día>.
¿Cómo estaría Gabrielle? Cerré los ojos y me la imaginé hecha un manojo de nervios, exactamente igual que yo. Sonreí ante la visión. Qué ganas de verla... Tres días sin hacerlo eran, había comprobado, toda una mierd.. uy! Digo, todo un calvario. ¿Por qué no podía verla durante los tres días previos al casamiento? Los ritos Vincent eran un tanto extraños, pero en fin, no estaba dispuesta ni por la labor de cuestionar o contradecir las tradiciones de aquella familia como tampoco a desobedecer la voluntad de Eulalia. Pero tenía que reconocer que hacía que la espera se alargara muchísimo más y que el nerviosismo calara más hondo en las entrañas. ¿Había comido en algún momento durante esos tres días? Si lo hice, ni me acuerdo...
-¿Nerviosa? –preguntó Tom, reposando una mano en mi hombro y mirándome desde el espejo.
Alcé una mano y simplemente se la dejé ver.
-¡Jesús! –exclamó al ver el particular parkinson de mi pobre mano y estallar a carcajadas –¡Estás como un flan, Xena!
-Vaya, y yo sin darme cuenta... –farfullé algo inquieta.
-No te preocupes –se acercó a mi oído confidentemente- No eres la única –me susurró sonriendo con picardía.
A duras penas le devolví la sonrisa, de repente sintiendo mi estómago exageradamente indispuesto. <¡Malditas mariposas del carajo...!>.
-¿Xena?
Alcé la mirada para encontrar a Afrodita mirándome risueña desde la puerta.
-¿Sí?
-Llegó la hora...
Cerré los ojos con fuerza y cogí una enorme bocanada de aire antes de levantarme. Cogí la mano de Tom por puro instinto, temerosa de que las piernas me fallaran al querer andar. Oí su risita al estrecharle con desmesurada fuerza la mano.
-Tranquila, hermanita –murmuró frotándome con su otra mano el brazo.
Cabeceé afirmativamente, aunque nada convencida. <Sí, ya, tranquila...>. Afrodita abrió la puerta y nos dio paso amablemente. Un mar de gente fue lo único que pude ver tras ser vilmente cegada por un deslumbrante rayo de sol. Sonreí nerviosa y no sabiendo muy bien qué hacer cuando escuché corear mi nombre y un inmenso bullicio de aplausos y silbidos. <Venga, tu puedes, sonríe... ¡Sonríe!> me ordené implacable.
Con paso deliberadamente lento, Tom me dirigió al centro del campamento, donde una hermosa tarima había sido construida tan sólo para aquella ocasión tan especial. Era redonda y blanca a más no poder, con tejado en forma de cono y varias columnas sujetándolo. Me recordaba a uno de esos pequeños tablados donde los músicos ingleses tocaban en los años 40. Un sinfín de flores la adornaban y, justo en el medio, un cura esperaba sonriente mi llegada. Lo miré y tan sólo con lo risueña de su mirada, una oleada de sosiego acunó mi agitada alma. ¿Qué tendrán los curas en esa mirada? Sentí que el mismísimo Dios me contemplaba a través de los ojos de aquel buen hombre. Una vez más, inspiré con profundidad. <Oh, Dios... ayúdame, dame fuerzas>.
Todos mis familiares estaban allí. No faltaba uno sólo. Durante el trayecto hasta la tarima, uno por uno los fui saludando silenciosamente con la mirada. Qué guapos estaban todos, y cuanta fuerza me daban con sus cálidas sonrisas y risueñas miradas. Mary y Jack fueron los más atrevidos y al pasar junto a ellos gritaron un fuerte “guapa” que verdaderamente me llegó a sonrojar. <¡Malditos traidores...!>pensé meneando la cabeza, aunque encantada al escuchar como toda la muchedumbre le seguía en el halago. Eva, ay Dios mío, mi niña que guapísima que iba. Se me llenaron los ojos de lágrimas cuando al llegar junto a ella me cogió con su manita la mía y me hizo bajar hacia ella para darme un sonoro besito. Tragué saliva, incapaz de decir una sola palabra anudada como se me quedó la garganta. La abracé con fuerza.
-Estás guapísima, colega... –me susurró al oído.
Me reí con ella cuando al separarme, enjuagó las lágrimas que ya no contenían mis ojos. Un suave apretón de mano por parte de Tom me advirtió que la marcha había que seguir. Besé con amor por última vez a mi hija y me incorporé de nuevo. Allí estaban :Eulalia, Sam y Diana Vincent, justo al lado del altar. Una amplia sonrisa me sobrevino a los labios al verlos igual de emocionados que yo. Eulalia se secó torpemente una lágrima y suspiró llevándose una mano al pecho, en ningún momento dejándome de mirar. Sam permanecía firmemente agarrado a la silla que había delante de él, rígido e intentando no exteriorizar toda la emoción que, estoy segura, a él también lo estaba conmocionando. Diana, por su parte, mordía su labio inferior sonriéndome con una complicidad que, verdaderamente, me llegó a traspasar.
Al fin llegamos al altar y Tom, lentamente, me dejó de la mano y se apartó silenciosamente a un lado. Le sonreí al cura cuando me saludó diciéndome no sé muy bien qué. La verdad es que yo estaba que no estaba, como ida... ¿Realmente estaba allí? Estoy segura que mi cuerpo sí, ¿pero donde estaba el resto de mi ser? Si en aquel momento me pinchan, no me sacan sangre. Sobretodo cuando una suave música empezó a sonar, anunciando la llegada de Gabrielle. <¡¡Ay, madre mía!!> Se me puso el vello de punta al reconocer aquella suave melodía, era una de mis canciones preferidas del fantástico músico y compositor Gabriel Yared. <Gabriel tenía que decirse...>. ”Estella’s Theme” retumbó cada vez con más fuerza en mis oídos a medida que iba girándome. Los nervios ya estaban en la cumbre de mi desespero, creo que era imposible temblar más de lo que ya temblaba todo mi cuerpo.
Fue entonces cuando allí, a lo lejos, la vi... Y todos los males del mundo se hicieron nada y todos los nervios en mi estómago se esfumaron en un suspiro. Simplemente todo dejó de existir, menos ella, yo y aquella cálida melodía envolviéndonos en un melódico y suave abrazo.
<Gabrielle...>

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