viernes

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El sol poniente enviaba rojos destellos desde el lugar
donde cielo y océano se fundían en uno solo cuando la
piloto redujo la velocidad de la enorme moto, abandonó la
estrecha y serpenteante autopista y se dirigió al mirador.
Estacionó la moto junto al arcén, lejos de los escasos
automóviles cuyos ocupantes se habían detenido para
contemplar cómo la noche eclipsaba al día. Apoyando sus
largas piernas a cada lado de la pesada máquina para
sostenerla, apagó el motor, se quitó el casco y se pasó la
mano con gesto ausente por el cabello oscuro y ondulado,
mientras contemplaba el agua a lo lejos. La rocosa línea
de costa que se divisaba mucho más abajo, batida por
penachos de airada espuma, yacía envuelta en penumbra
a medida que el moribundo sol se iba ocultando, dejando
una estela de sombras. El incesante ritmo de las olas que
rompían contra la base del acantilado era
inesperadamente tranquilizador, a su estilo salvaje e
indómito. «Es extraño cómo algo tan violento puede ser
tan reconfortante.»
Le encantaba recorrer ese tramo costero de la autopista,
a pesar de que solía estar lleno de turistas a la caza de
bellos paisajes, que ralentizaban la marcha de su Harley.
La carretera exigía sus cinco sentidos; podía dejarse llevar
kilómetros y kilómetros por el incesante ronroneo del motor
y la hipnótica cinta de asfalto que se deslizaba bajo sus
faros. Mientras su mente estaba aparentemente absorbida
por la conducción, sus pensamientos inconscientes
pasaban a un primer plano y, muy a menudo, surgía la
solución a algún problema del que ni siquiera sabía que la
había estado atormentando. Una vez le describió este
fenómeno a una amiga y ésta le dijo que se trataba de una
forma de meditación. Tal vez fuese así. No se planteaba el
proceso; muy pocas veces se cuestionaba el
funcionamiento de su mente, pues solía dejar que el
instinto la guiase.
Esa noche había sido diferente. No había conseguido
concentrarse en el reto de recorrer aquel tramo de más de
treinta kilómetros, lleno de curvas cerradas y tortuosas, ni
tampoco había descubierto el origen del constante
desasosiego que la había acosado durante semanas. Era
una persona de acción, y la presente introspección la hacía
sentirse frustrada e insatisfecha. Emitió un leve suspiro y
sacó los cigarrillos del bolsillo interior de su cazadora de
cuero. Extrajo uno del paquete y lo sujetó entre los labios
mientras buscaba el mechero negro y oro en el bolsillo de
sus ajustados pantalones negros de cuero. La diminuta
llama iluminó sus rasgos por un instante mientras la
acercaba al extremo del cigarrillo. El parpadeante brillo
anaranjado destacó un perfil anguloso de mandíbula
cuadrada y nariz recta y algo respingona. Cuando el
mechero se cerró de golpe la imagen desapareció, y su
figura se convirtió en una silueta larga y delgada recortada
contra un cielo cada vez más oscuro.
Kyle Kirk hundió ligeramente los hombros para
protegerse del frío viento marino y concentró su mirada en
la quebradiza línea de costa donde tierra y mar luchaban
perennemente por la supremacía, en una guerra sin fin. El
rugido de las olas era tan constante que llegaba a
convertirse en una especie de silencio en el que ella no
podía oír más que sus propios pensamientos, dominados
por la duda.
«¿Qué demonios estoy haciendo aquí esta noche?
¿Adónde me dirijo?»
Hacía ya muchas semanas de su última salida de
viernes por la noche a la ciudad, buscando compañía en
algún club nocturno. Necesitaba refugiarse en las mujeres,
en su irresistible aspecto y modo de hablar, en su misterio
y su fascinación. La mayoría de las veces volvía a casa
sola, en las tranquilas y oscuras horas que precedían el
amanecer, con el alma inexplicablemente serena gracias a
los recuerdos que la acompañaban durante el largo viaje
hasta su hogar. Algunas veces, cuando necesitaba algo
más que recuerdos, sacaba el segundo casco que
siempre llevaba a un costado de la Harley y se llevaba una
mujer a casa, para llenar el vacío de su cuerpo y de su
espíritu durante unas cuantas horas, hasta el amanecer o
bien hasta casi el mediodía.
Aquella noche no había pensado ir a ningún sitio, pero
tan pronto como llegó a casa desde el taller decidió
prepararse para salir de nuevo. Se duchó sin pensar en un
destino concreto y se puso una camisa blanca recién
planchada y unos pantalones de cuero negro que envolvían
sus musculosos muslos como una segunda piel, suave y
cálida. Embutió una delgada cartera de piel, adaptada a
sus formas por años de uso, en uno de los bolsillos
traseros, con su carné de conducir y dinero suficiente para
todo el fin de semana. Un paquete de cigarrillos sin abrir
acabó en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero
favorita, y guardó el mechero en los pantalones. Se puso la
cazadora y subió la cremallera hasta la mitad mientras
atravesaba la cocina. Al encender los focos discretamente
encastrados bajo el alero de la casa fue cuando
comprendió que se dirigía a la ciudad. Aun así, había
conducido durante más de treinta kilómetros antes de
permitirse a sí misma pensar en el motivo por el que lo
hacía.
Durante los días anteriores había estado inquieta y de
mal genio, y al pensarlo bien admitió que no había sido ella
misma durante semanas. No era la soledad de su vida lo
que la desasosegaba: se había ido acostumbrando a ella
poco a poco, en los cinco años transcurridos desde que
finalizó su última relación seria. Tenía unas cuantas buenas
amigas, lo cual era bastante más de lo que podía presumir
la mayoría de la gente, y un trabajo que le encantaba. Su
vida sexual era tan plena como ella necesitaba que fuese.
Tal vez no muy constante, pero podría tener más
relaciones con sólo tomarse la molestia, cosa que no
hacía. Y, sin embargo, recientemente había descubierto en
sí misma una incómoda sensación de insatisfacción,
psíquica y física a partes iguales, que amenazaba con
interrumpir la cómoda rutina de su vida. Y lo que la hacía
tan frustrante era que no conseguía siquiera definir qué era
lo que deseaba o necesitaba, de qué carecía.
Kyle inhaló una última bocanada de humo y tiró la colilla
cerca de la punta de una de sus botas. Excavó
cuidadosamente un pequeño agujero en la gravilla del
mirador y empujó el pequeño despojo hacia él, para
después cubrirlo meticulosamente con un montoncito de
piedras y allanar de nuevo el terreno con su pesada bota
negra. Satisfecha de no dejar ni la más mínima huella,
subió la pierna izquierda hasta el curvado depósito de su
moto y apoyó el mentón en la rodilla.
Mientras tanto, la oscuridad fue cubriendo con un velo el
espacio entre ella y los vehículos que pasaban sin cesar
por la autopista. Deslizó la mano en el bolsillo de la
cazadora y sacó un pequeño papel doblado. La luna
todavía no iluminaba lo suficiente para poder leer, pero no
se molestó siquiera en desdoblarlo. Sabía de memoria lo
que decía.
Leathers. Donde las mujeres detentan el poder Van Nye,
719 S.
La cadena de acontecimientos que la había llevado
hasta aquel lugar esa noche, tan anodina en apariencia,
había comenzado con una revista que compró en el último
momento en una librería de mujeres a la que había acudido
en busca de la última novela de su autora favorita.
Decepcionada al descubrir que el libro todavía no había
llegado, cogió unas cuantas revistas al azar, para no volver
con las manos vacías. Una vez en casa, tendida frente a la
chimenea con un coñac, echó un vistazo a sus compras.
La cubierta de la segunda revista atrajo inmediatamente
su atención.
Una mujer de espalda desnuda, con un elaborado tatuaje
celta entre los omóplatos, estaba arrodillada y con la frente
hundida contra el muslo de otra mujer, de pie por encima
de ella, con las piernas abiertas de par en par y los brazos
en jarras. Lo único que llevaba la mujer que estaba de pie,
además de sus ajustados pantalones de cuero, era un
chaleco de piel negra que apenas cubría sus pechos,
pequeños y firmes. La leve hinchazón de un falo refugiado
en la curva de su muslo, a sólo unos milímetros de la
mejilla de la suplicante, hizo que Kyle se detuviese de
golpe. Se quedó mirando la imagen mientras notaba cómo
le ardía la sangre y la excitación creaba un nudo en su
estómago. Se imaginó el tacto del suave cuero, ablandado
por el calor de la piel, deslizándose por su rostro; se vio a
sí misma besando la sutil protuberancia apresada contra el
robusto muslo y oyó el distante gemido de aprobación y de
ansia. Sorprendida por el inesperado latido de deseo que
surgió entre sus muslos y por la primera oleada de lujuria,
húmeda e intensa, abrió la revista con manos temblorosas
buscando el primer artículo. Pronto descubrió que los
relatos breves, ensayos y poemas contenían el erotismo
más explícito que había leído nunca. Todos ellos, de una
forma u otra, exploraban temas relacionados con el poder
sexual. Se sintió cautivada de inmediato. La fascinación
d e l amor entre mujeres no le era ajena, pero aquellos
atisbos a los límites más oscuros del deseo la habían
excitado, despertando una curiosidad casi insaciable,
como si hubiese conseguido ver el destello de un tesoro
perdido muchos años atrás, sólo para ver cómo
desaparecía al instante. Leyó la revista de principio a fin, y
pocos días después volvió a la librería para comprar los
dos números anteriores.
Y entonces encontró el relato que la absorbió por
completo, El filo de la confianza. Lo leyó tantas veces que
ya se lo sabía de memoria.
-No dejes de mirarme.
Tragó saliva sin decir nada y miró directamente a su
amante, sentada en el amplio sillón de cuero, a tres metros
de ella. Tenía que bajar ligeramente la vista, no sólo
debido a su altura, sino porque estaba de pie sobre una
plataforma elevada. Estaba también completamente
desnuda.
Su amante, sin embargo, parecía completamente a sus
anchas, vestida con una camisa de seda color turquesa
brillante, casi del mismo color que sus ojos. El hecho de
que estuviera completamente desabotonada y de que
fuese la única prenda de ropa que llevaba puesta no
parecía incomodarla. Se arrellanó ligeramente entre los
blandos cojines, con los brazos extendidos a lo largo de
los curvados brazos del sillón y las piernas abiertas sólo lo
justo para revelar un vislumbre de pelusa dorada.
Su amante esperó hasta que ella la miró a los ojos,
hasta tenerla en su poder, antes de hablar de nuevo.
-Sujétala.
Sin saber a qué atenerse, ella intentó seguir respirando,
concentrarse en el consuelo que para ella representaba
contemplar el rostro de su pareja, mientras otra mujer a la
que ni siquiera podía ver se movía ágilmente a su
alrededor, en la penumbra. En un instante se encontró
abierta de par en par, brazos y piernas extendidos y
separados todo lo posible mediante suaves sujeciones de
cuero unidas a unas cortas cadenas, que subían hasta un
punto más allá de su campo visual. A su espalda había un
poste acolchado. Lo único que podía ver era a su amante.
Cuando se movió ligeramente, las cadenas se tensaron.
Estaba expuesta, indefensa. Su compañera la
contemplaba con mirada ardiente. Tembló de forma casi
imperceptible, con una mezcla de miedo y un comienzo de
excitación.
-Tiene un cuerpo precioso, ¿verdad? -señaló su amante
con voz inexpresiva-. Tócala, compruébalo por ti misma.
Mientras la desconocida pasaba una mano por su torso
y vientre pudo ver cómo su amante se apartaba la camisa
y deslizaba suavemente los dedos por sus pechos. Al ver
que los pezones de su pareja se endurecían, los músculos
de su propio estómago se retorcieron, al principio debido
a la sorpresa, después con los rápidos espasmos de la
excitación.
No miró a la extraña que la tocaba: sólo le importaba su
amante. Ella sabía bien cómo era el tacto de aquel cuerpo
largo y tenso, de aquella piel suave y caliente, y su clítoris
se endureció al ver a su amada acariciándose
sensualmente los pechos para bajar después lentamente
hacia el ombligo, alzando ligeramente las caderas al sentir
el contacto. La mujer encadenada se inclinó hacia delante,
ofreciéndose inconscientemente, imaginando mientras
tanto que eran sus manos las que se adueñaban del
cuerpo de su amante.
Entonces ésta sonrió, con ojos soñadores pero en tono
autoritario.
-Ahora los pezones.
-¡Oh! -gimió ella suavemente, mientras aquellos dedos
los sujetaban para retorcerlos después, primero uno, luego
el otro. Sus caderas se agitaron ante las sensaciones que
surgían inmisericordes de entre sus piernas. La humedad
empezó a resbalarle entre los muslos.
-¿Cariño? -preguntó insegura, con la voz quebrada,
mientras su cuerpo reaccionaba a las manipulaciones de
la extraña. «No puedo evitarlo. Está haciendo que me moje
toda.»
-Apriétaselos más -ordenó su amante con voz ronca,
abarcándose los pechos con ambas manos hasta unirlos,
mientras sus dedos pellizcaban los enrojecidos botones.
La cautiva gimió, notando un creciente fuego en lo más
hondo del vientre, un fuego que subía por toda su espina
dorsal.
-Arrodíllate frente a ella -exigió su amante, dejando caer
una mano entre sus piernas para a continuación pasar los
dedos arriba y abajo, por la sensible piel de las ingles.
-Trabaja sus piernas, pero no te acerques al clítoris.
Con un gemido constante ahora que aquellas manos
amasaban los músculos de sus nalgas y muslos, la mujer
encadenada arqueó la espalda, incapaz de contener el
placer que sentía. Su clítoris latía dolorosamente,
demandando atención urgente. Estremecida, hipnotizada
por la visión de su amante, que se pasaba los dedos
perezosamente por entre los hinchados pliegues de su
piel, intentó liberarse de las cadenas que la mantenían
prisionera, sin pensar lo que hacía. Oyó cómo su amante
emitía un grito ahogado, vio sus temblorosos dedos
frotándose contra la base del expuesto clítoris y notó cómo
s u propio cuerpo se crispaba en lo más hondo.
«Acaríciate, amor mío. Hazlo; sabes que deseas hacerlo:
hazlo, hazlo...»
Gimió, desesperada por notar las caricias de su amante,
mientras sus caderas se agitaban en el aire. El tentador
murmullo del orgasmo inminente recorrió su vientre cuando
un dedo comenzó a explorar suavemente por entre sus
piernas, enviando oleadas de fuego desde el clítoris a toda
la pelvis. Si empujaba sólo un poco hacia delante, aquel
dedo la rozaría con la fuerza suficiente para hacerla llegar.
No oyó los quejidos que salían de su boca mientras
intentaba zafarse del cuero y el acero.
-¡Por favor! -rogó, mientras su clítoris latía sin cesar ante
aquella promesa de alivio que tenía tan próxima a sí.
Se retorció en sus ataduras, impotente, al tiempo que
sus ojos entornados contemplaban a su amante con las
piernas extendidas y las rodillas apoyadas en los amplios
reposabrazos de piel para exponer a las claras su deseo.
-¡Por favor!
-Acaríciala -ordenó roncamente su amante, haciendo ella
lo propio-. Ten mucho cuidado. Si lo haces durante
demasiado tiempo llegará al orgasmo. ¡Y no quiero que
llegue!
Sintiéndose completamente impotente luchó por
centrarse en su amada, pero estaba perdiendo el control a
toda velocidad. Ya no le importaba lo más mínimo quién la
estuviese tocando, siempre que el contacto no se
detuviera. Si no llegaba enseguida iba a explotar.
-No más -suplicó-. No puedo soportarlo... oh, sí... tócame
ahí... más fuerte...
No quiero que llegues sin mi permiso -jadeó su amante;
sus dedos recorrían arriba y abajo el clítoris, con tal
rapidez que apenas podían distinguirse.
«Demasiado tarde... Voy a llegar. Tengo que llegar.» La
cautiva se limitó a gruñir, frotándose desesperadamente
contra los dedos que la atormentaban.
-Frótala más rápido, pellízcala. Le encanta -consiguió
decir su amante, respirando dificultosamente entre los
dientes apretados, retorcida sobre el sillón con las piernas
rígidas y abiertas de par en par.
-Cariño... oh... está haciendo que me corra jadeó, con el
vientre rígido, a punto de explotar-. Oh, ¿puedo...?
-¡Lámela!
Gimió cuando la suave y cálida lengua la recorrió por
completo, finalizando con una larga y firme caricia por todo
su clítoris. Con la última brizna de fuerza que le quedaba
buscó el rostro de su amante, con ojos casi totalmente
ciegos de deseo.
-Por favor... oh, por favor... ¿puedo ya?
-¡Sí, nena, sssí! -gritó su amante, frotándose el clítoris
con desenfreno-. ¡Oh, nena, me estoy corriendo!
Su mente se quedó en blanco mientras la desconocida
aferraba sus caderas con ambas manos y la succionaba
por entero. Las manos de la cautiva se cerraron hasta
convertirse en puños por encima de las muñequeras que la
sujetaban, y su cuerpo se aplastó contra el rostro de la
extraña. Con la cabeza echada hacia atrás y los tendones
del cuello destacados como cables tirantes, gritó mientras
los desgarradores espasmos la traspasaban.
Por un instante los únicos sonidos que resonaron en la
estancia fueron los de su simultánea liberación. Después
no se oyó más que el rumor de un suave sollozo.
-Bájala -jadeó débilmente su amante.
Cuando la cautiva se derrumbó sobre sus rodillas,
sacudida por algo más que el placer, su amante estaba allí
para acogerla en sus brazos.
Kyle exhaló honda y entrecortadamente y pensó si
encender otro cigarrillo. Rió por lo bajo, embutiendo las
manos en los bolsillos de su cazadora de motorista. «No
es siquiera mi propio orgasmo y ya necesito un cigarrillo.
Mala época para intentar dejarlo.»
La historia la había impactado. Todavía lo hacía. No era
sólo por el sexo, que había levantado ampollas en su
mente y todavía la excitaba con el mero recuerdo. Era la
inesperada fusión de amor y dominio, confianza y sumisión
que había puesto patas arriba y revolucionado su
perspectiva sobre la unión sentimental, que nunca antes
había cuestionado. La había confundido y excitado. No
sabía siquiera qué era lo que la había atraído más, si el
control o la renuncia a él. A veces alcanzaba el orgasmo
imaginándose que era la mujer cautiva. Otras veces
llegaba a él mientras se veía a sí misma en aquel sillón de
cuero, ordenando a una desconocida que diese placer a
su amante mientras ella se masturbaba.
«Dios; si sigo así no tendré ni fuerzas para conducir la
moto. Ya estoy de camino, de modo que no tengo por qué
seguir dándole vueltas al asunto.»
Cuidadosamente, con unas manos tan temblorosas
como cuando pasó la primera página de aquella primera
revista, Kyle desdobló el pequeño rectángulo de papel y se
quedó mirándolo. El cielo era una obsidiana tachonada de
estrellas, en la que destacaba el brillo de la luna. Alzó el
papel hacia la plateada luz, pero no pudo distinguir las
letras. Volvió a doblarlo con el mismo cuidado y lo guardó
de nuevo en su cazadora. Mientras encendía el poderoso
motor y giraba el manillar hacia la carretera, repitió una vez
más la dirección de memoria.

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