En el coche las lágrimas y el
dolor que sentía impedían a Laura arrancar el coche, y sólo podía llorar.
Aquello era el fin, Marta no sólo no se aceptaba sino que tampoco la aceptaba a
ella, jamás pensó que fuera capaz de hacer una cosa así sólo para evitar que la
gente se diera cuenta de la verdad de ellas dos, y la había dejado a ella como
una acosadora. La frustración se apoderó de ella y deseó salir de allí, arrancó
finalmente el motor y salió del aparcamiento tan rápido que no pudo ver la
figura que salía de la casa y corría detrás del coche en un desesperado intento
por hacerla parar.
- ¡Laura!...
¡Lauuura!... ¡Te amooo!.
Cayó de rodillas en el asfalto y
sólo pudo llorar mientras veía a Marta alejarse de allí y de su propia vida.
Por Nira
Capítulo XX: Despertar
Hacía algún tiempo que Laura le
había dejado un juego de llaves aunque nunca pensó que necesitaría usarlo tan
pronto. Miró por toda la casa sin resultado al tiempo que la llamaba, cuando se
daba por vencida escuchó el ruido del agua y se acordó de la piscina. Abrió la
gran puerta corredera a través de cuyo cristal pudo comprobar que Laura nadaba
con fuerza de un lado a otro.
Se sentó en una de las tumbonas a
observarla, tenía que estar sufriendo por todo lo que había pasado, tal y como
se lo demostraron, las lágrimas y los sollozos que escuchó a través del
teléfono cuando hablaron hacia algo menos de una hora. Le había dicho que
necesitaba estar sola algo imposible de cumplir después de oírla llorar de
aquella manera.
Laura permanecía de pie en la
piscina y con la cabeza apoyada sobre los brazos que cruzaba en uno de los
bordes laterales. No podía verle la cara pero era obvio que lloraba, se levantó
y se colocó en cuclillas frente a ella comprobando que ya sabía que estaba
allí.
- Hola
cariño.
- Hola
Mari - logró decir.
- Deberías
salir de la piscina, tenemos que hablar, ¿vale?
La voz de María era suave pero
firme y Laura entendió que más que una sugerencia era una orden, cuando subió
las escalerillas ya la mujer mayor la esperaba con la toalla en la que se
envolvió recibiendo un cálido abrazo que la acompañó hacia una de las tumbonas.
Laura se sentó y María hizo lo mismo a su lado.
- ¿Cómo
estás, mi cielo?
- No
lo sé, una parte de mi quiere hablar con ella e intentar arreglarlo, luchar
para no perderla...
- ¿Y
qué dice la otra parte?
- Que
es mejor así, que en realidad nunca la he tenido.
- Pues
yo creo que ahora es más tuya que nunca.
Laura la miró sin entender nada
pero la sonrisa amable de María le demostró que no hablaba en vano.
- ¿Cómo
puedes decir eso?
- Porque
lo sé - le acariciaba la cara aún mojada que la miraba extrañada - Escucha,
cuando colgué el teléfono tras hablar contigo mi idea era venir aquí corriendo
y obligarte a olvidarla de una vez, ella no te merece y lo que te hizo fue una
guarrada.
- ¿Y
qué ha pasado?
- Vino
a verme.
Laura se levantó y soltando la
toalla la miró fijamente.
- Fue...
a verte - hablaba de manera entrecortada intentando contener la rabia que de
repente sentía - A ti... fue a verte... a ti.
- Sí
- María la miraba esperando que saltase de un momento a otro.
- ¿Y
para qué fue a verte si puede saberse?, para decirte que me pegó delante de
todo el mundo, para justificarse... ¿por qué no vino a pedirme perdón a mi?...
¡¡¡Eso era lo mínimo que podía hacer!!!
- ¿Quieres
sentarte y calmarte?
- ¿Calmarme?...
¡¡He estado demasiado calmada!!... ese ha sido mi error.
- ¡¡Laura...siéntate!!
Era la primera vez que María le
gritaba y sólo pudo obedecerla, al fin y al cabo quería oír toda la historia
pero necesitaba calmar un poco la rabia que sentía por dentro.
- ¿Ya?,
¿estás mejor?
María la miró fijamente y al
comprobar que estaba más calmada la rodeó con su brazo y le habló suavemente.
- Escúchame,
vino a contarme lo que ya tú me habías contado, exactamente lo mismo, al
principio no quise ni escucharla pero era suficiente verle la cara para
comprobar lo avergonzada y asustada que estaba.
- ¿Asustada?
- Sí,
asustada porque su cobardía había conseguido que finalmente te pierda.
- ¿Y
qué te dijo?
- Me
explicó que ha hablado con todos.
- ¿Quiénes
son todos?
- Todos
son todos, sus amigos y su familia.
- Ja...
eso sí que no me lo creo.
- Anoche
mismo se lo dijo a tus amigos cuando te fuiste.
- ¿Y
cómo se lo tomaron?
- Por
lo visto estaban un poco confundidos, ella te había pegado delante de todos, y
les cogió por sorpresa que pudiera sentir algo sí por ti pero acabarán
aceptándolo.
- Es
lo que siempre le dije.
- Lo
sé, y yo - le sonrió y apretó el abrazo al ver la tristeza en la cara de Laura
- Todo habría sido más sencillo si me hubiera hecho caso.
- Como
siempre - Laura la miró y le dio un gran beso en la mejilla - Gracias por estar
conmigo, te quiero mucho.
- Yo
también te quiero cariño, eres mi hija adoptiva, no lo olvides.
- No
lo olvido, créeme... ¿y su familia?
- ¿Su
familia?, creo que ahora mismo está hablando con ellos, no quería llegar anoche
y contárselo.
- ¿Pero
qué les está contando?
- Que
eres su novia.
- Debería
decirles sólo que es gay.
- ¿No
vas a volver con ella?
- Así
no, desde luego... ¿pero qué cree que con contarlo todo se arregla?... ¿y qué
hay de mí, de lo que yo siento?... ¡¿es qué ni siquiera me va a preguntar?!
- Ahora
mismo no creo que tenga fuerzas para hablar contigo.
- ¡Pues
anoche bien que tuvo fuerzas para pegarme!
- No
digo que no tengas razón pero deberías al menos escucharla.
- Lo
haría si viniese hablar conmigo... pero veo que no se atreve, te manda a ti de
mensajera.
- ¡Oye
niña, que a mí nadie me manda a nada! ¡Ni siquiera Pepe!
Al recordar la calma y la nobleza
que siempre mostraba Pepe y como le volvía loco María, en todos los sentidos,
Laura no pudo más que reír y María se unió a ella.
- El
pobre de Pepe ya tiene reservado un trocito de cielo - sonrió.
- ¡Y
qué lo digas!
- ¿Crees
que debo hablar con ella? - la miró volviendo a la seriedad de antes - Es que
no sé si quiero.
- No
sé si debes hablar tú con ella pero al menos debes escucharla... me ha dado
algo para ti.
Laura la miró extrañada y vio
como María sacaba del bolso que había dejado en la otra tumbona un sobre.
- Me
dio esto para ti.
- A
ver si lo entiendo... ¿me ha escrito una carta?
- Eso
parece.
- ¡¿Y
así es como piensa solucionarlo?!, vamos que leo esto y salgo corriendo a
buscarla - sonrió irónicamente.
- Laura,
tú sólo léela.
- Vale,
pero ya deberá escribir bien.
- Pero
léela a solas, es algo muy privado... - María se levantó y cogió su bolso - Y
hazlo con el corazón tal y como Marta lo ha escrito.
Le dio un fuerte beso en la
cabeza despidiéndose de ella y dejando a una desconcertada Laura sentada en la
tumbona con el sobre en sus manos. Así permaneció un largo rato sin saber qué
hacer, finalmente subió a su habitación sin saber muy bien porqué y se acostó
sobre la cama pensando en las palabras que María le había dicho, debía leer la
carta con el corazón pero su corazón estaba en estos momentos destrozado y por
causa de la persona que había escrito aquella carta. Ahora no podía hacerlo,
necesitaba calmarse.
*****
- ¡¡¿Se
puede saber de qué estás hablando?!! ¡¡No, tú no te quedas aquí ni un minuto
más!! ¡¡Se acabó!! ¡Ahora mismo voy a llamar a tu padre y que te coja cita con
el psiquiatra que conoce, y punto!
La voz de su madre sonaba rotunda
pero ya no le afectaba igual, finalmente lo había dicho y se había dado cuenta
que no necesitaba el permiso de nadie, no era eso lo que buscaba, ni tampoco
una felicitación, sólo buscaba la esperanza de no perder el amor que siempre
había recibido de sus padres. En alguna parte había leído que el amor de una
madre era incondicional pero no era verdad, había una cláusula en aquel
contrato, una letra pequeña que nadie se molestaba en leer. Existe una
condición y dos y tres pero nadie habla de ello en ningún artículo, es
políticamente incorrecto.
- No
pretendo que lo entiendas ahora, mamá.
- ¡¿Y
qué pretendes?!, ¡¿matarme?!, te lo hemos dado todo y más, ¿por qué nos haces
esto?, ¿en qué he fallado?
- No
hago nada, mamá, y eso es lo que quiero que entiendas, simplemente soy así.
- ¿Eres
así?, ¿y desde cuándo?
- Desde
siempre.
La voz de su hermano sorprendió a
ambas, durante toda la conversación había permanecido de pie sin moverse ni un
ápice y apoyado en la pared con una expresión seria en su cara.
- ¿Pero
es qué tu lo sabías?, ¡¿tú sabías esto y no dijiste nada?!
- No
me correspondía a mi decirlo.
- Tú
no podías saber nada.
- ¿Te
sorprende, verdad?, te conozco mejor de lo que piensas y es obvio que pasaba
algo entre ustedes.
- ¡¿Cómo?!
- la madre no salía de su asombro y parecía que le fuera a dar un infarto.
- Mamá
tranquila, por favor, acuéstate vale, respira tranquila - Marta trataba en vano
de calmarla, algo que resultaba en estos momentos imposible para ninguno de los
hermanos.
- ¿Qué
has querido decir con eso? - miraba directamente a su hijo.
- Quiero
decir que es novia de su jefa.
Aquello fue suficiente para los
nervios de su madre que acabó desmayándose y cayendo sobre el sofá, dónde la
acostaron dándole aire, mientras Marta no dejaba de mirar a su hermano
extrañada, ¿cómo lo sabía?
- No
me mires así, ¿te crees que soy tonto?
- ¿Cómo
lo has sabido?, he intentado ocultarlo por todos los medios.
- ¿Ah
sí? - su hermano se rió - Olvidaste un pequeño detalle - sonrió mirando el
contestador que descansaba sobre la mesita del salón.
*****
El tiempo que había permanecido
en la bañera le había hecho recordar la primera vez que hiciera el amor con
Marta, volvió a revivir el cúmulo de sensaciones que se apoderó de ella aquel
día, el más feliz de su vida, aquella tarde se había sentido más viva que nunca
y lo que era más importante se había enamorado completamente, más de lo que ya
estaba. Se había entregado a ella en cuerpo, alma y corazón.
Sentada en la cama no pudo
aguantar más y abrió el sobre extrayendo de él la ansiada carta, la abrió y
sólo ver su letra hizo que su corazón palpitase antes de pararse con sólo leer
la primera línea.
Te quiero y te amo como nunca lo
había hecho, mi corazón se alimenta de tus latidos y no tengo vida si no estás
conmigo. No sabes cómo luché por poder decirte estas palabras, por deshacer el
nudo que una y otra vez se formaba en mi garganta, pero sólo te lo podía decir
a través de mi cuerpo con mis caricias y mis besos. ¿Qué siento cuando hago el
amor contigo?, en esto no te mentí, no sé explicarlo con palabras sólo sé que
con cada caricia tuya me enamoraba más y más de ti, porque eso es lo que siento
por ti amor, algo tan sencillo y que yo compliqué tanto.
No sé como pedirte perdón y ni
siquiera sé si tengo derecho, ojalá pudiera controlar el tiempo y volver a ese
momento devolverte el beso en vez de ensuciarlo, y lo haría, ahora sé que lo
haría. Me has hecho el mayor favor que podías hacerme y yo no supe darme
cuenta, o quizás sí pero tardé demasiado, he tardado demasiado y te he perdido.
Pero es aún peor haberte hecho daño, has sufrido tanto por mi y yo no he sabido
verlo.
No sé lo que sentirás por mi en
estos momentos pero yo sólo siento que te amo, te quiero tanto que me duele
todo el cuerpo por no sentirte cerca, te amo tanto que mi corazón ya no me
pertenece es todo tuyo, sólo tuyo. Dios mío, perdóname, Laura, sé que no lo
merezco, que te he fallado, pero he enmendado mi error, ya todos lo saben, he
hablado con tanta gente que hasta estoy pensando en poner un anuncio, y lo
haría, de verdad que lo haría si tu me lo pidieras, ya no tengo miedo Laura, el
único miedo es que ya no vuelvas a quererme. Si es así, entonces seré yo la que
ofrezca tiempo, la que te dará todo el tiempo que tenga en este mundo y te
esperaré, te esperaré siempre.
Te amo,
Marta
No sabía cuantas veces había
leído cada una de aquellas palabras sólo que cada vez sentía con más fuerza la
necesidad de volver a verla, todo lo que había pasado le había dolido pero peor
era el dolor de no tenerla cerca y más ahora cuando todo parecía haberse
solucionado, cuando ella le había abierto su corazón y su alma, sin engaños.
Sin darse tiempo a pensarlo ya se
había vestido y se ponía los zapatos mientras se dirigía dando saltos hacia la
puerta principal, sin embargo, el sonido del teléfono la hizo dudar un instante
hasta que finalmente pudo con ella y se dirigió hacia el sofá.
- ¿Diga?
- ¿Laura?
Una voz familiar pero que no
conseguía identificar sonó al otro lado.
- Sí,
¿quién es?
- Soy
yo, Dácil.
- ¡Dácil!,
qué sorpresa.
- Sí,
escucha no tengo mucho tiempo.
- ¿Qué
pasa?
- Escucha,
¿te acuerdas que hoy me iba a Tenerife, verdad?
- Sí,
a lo de la boda y a ver a tu novia.
- Exacto,
pues Marta se viene conmigo.
- ¡¿Qué?!
- Sí,
ya lo sé, a mí también me ha cogido por sorpresa, bueno en realidad no tanto
porque al fin y al cabo la he invitado yo, pero vamos que me extrañó que
aceptase yo sólo se lo dije para animarla y ahora...
- ¿Quieres
ir al grano?
- ¡Pero
si la que tiene prisa soy yo!, vale, el caso es que está conmigo y se viene a
la boda de Dani, vamos a coger el avión, he aprovechado que se fue al baño para
llamarte.
- Pensaba
ir a hablar con ella.
- ¿De
verdad? - Dácil sonreía.
- Sí,
he leído su carta y...
- ¿La
quieres?
- Sí,
pero...
- Coge
papel y lápiz y apunta... y rápido que viene.
Apuntó lo más deprisa que pudo la
dirección que le indicaba Dácil.
- ¿La
tienes?
- Sí.
- Pues
allí se hace el banquete, son buenos amigos míos así que les explicaré la
situación por si te decides.
- ¿Pero
es qué quieres que me presente allí?
- ¿Yo?,
tú haz lo que... que sí mamá, que ya sale el vuelo.
- ¿Ya
está ahí?
- Sí,
tengo que dejarte yo le doy recuerdos a todos.
- No
sé que hacer.
- Bueno
nos vamos... sí, me dan un poquito de miedo ya lo sabes pero... hay que coger
el toro por los cuernos si no, uno no se mueve nunca.
- Vale...
iré.
- ¿Cómo
dices?
- Que
sí, que voy.
- Vale,
me alegro un montón... te quiero mamá, adiós.
- Adiós
mi hijita y no me bebas, llámame cuando llegues - se burló Laura.
Capítulo XXI: Un nuevo camino
Colgó el teléfono mientras la
cabeza le daba mil vueltas, las palabras de Dácil retumbaban en su cabeza,
subió corriendo escaleras y se dirigió a su cuarto, abrió el armario y sacó la
maleta que guardaba en la parte alta. La abrió y comenzó a sacar ropa de su
armario y a meterla directamente en la citada maleta.
- ¿Pero qué estoy haciendo? -
pensó en voz alta - Ni siquiera tengo pasaje y, además, para que llevo ropa,
tengo un motón en mi apartamento de Santa Cruz... a ver, tengo que calmarme y
pensar con claridad... ¿a qué hora era el banquete?, a las nueve y son... ¡Las
cuatro de la tarde!, que va no voy a llegar.
Se sentó sobre la cama y cogió
aire para tranquilizar los nervios que comenzaban a hacer de las suyas.
- Vale,
organización, lo primero son los pasajes, llamaré a la agencia y que sea lo que
dios quiera... o mejor, me voy directa al aeropuerto a ver que encuentro, llevo
el coche y lo dejo en el aparcamiento ya lo recogeré cuando vuelva, eso, me
visto y salgo para allá.
Se vistió todo lo deprisa que
pudo sin pensarlo demasiado, al fin y al cabo, ella no iba a la boda sólo en
busca de Marta. Bajó al garaje y sacó el coche no sin antes comprobar que todo
quedaba bien cerrado. Conducía por la larga carretera sin otro pensamiento en
la cabeza que no fuera Marta.
*****
Era imposible llegar a tiempo
para la ceremonia religiosa, había empezado hacía quince minutos y aún les
quedaba una hora de camino. Marta intentaba arreglarse un poco el maquillaje
mientras Dácil conducía atenta a las señales para no despistarse. Mientras se
miraba en el pequeño espejo su mente volvía una y otra vez a la noche anterior,
recordaba con exactitud los ojos de Laura y su expresión entre confusión,
sorpresa y vergüenza, tras aquel beso, no entendía cómo había podido hacerlo,
sólo había sido un beso y aún con rabia seguían siendo sus dulces labios.
Sintió que una lágrima amenazaba
con derramarse pero antes de que sucediera se giró para ver a Dácil centrada en
la carretera y comenzó a hablar con ella.
- ¿Estás
segura de conocer el camino? - preguntó Marta.
- Creo
que sí, de todas formas está bien señalizado.
- Es
la primera vez que estoy en esta parte de Tenerife. Es diferente pero el
paisaje sigue siendo una maravilla.
- Espera
a ver Masca y la zona de Teno.
- ¿Lo
vamos a ver hoy?
- Hoy
no pero ya te llevaré algún día - dijo Dácil sonriendo.
- Gracias
por invitarme, Dácil, me hacía falta salir de allí.
- Siento
lo que ha pasado con Laura.
- Ha
sido culpa mía.
- Y
tanto - la miró un instante - Perdona que te lo diga pero es la verdad, creo
que te ha hecho un favor y aún no lo sabes.
- Lo
sé, créeme. Por fin he podido hablar con mis padres, bueno sólo con mi madre y
con mi hermano. ¿Sabes que él lo sabía?
- ¿Cómo
podía saberlo?
- Al
parecer tuve un descuido con el contestador - se rió al pensarlo - Aunque eso
sólo se lo confirmó, supongo que me conoce mejor de lo que yo pensaba.
- Suele
pasar - sonrió Dácil.
- Sin
embargo, le hecho daño, Dácil.
- Tienes
que hablar con ella.
- Lo
sé.
- ¿Sabe
dónde estás? - disimuló.
- No
tiene ni idea. Le dejé una carta explicándoselo todo, incluso le pedí
disculpas.
- ¿Qué
le dices en esa carta?, si se puede saber, claro.
- Le
he abierto mi corazón y espero que aún esté a tiempo. Le digo cuanto la amo, no
podría vivir sin ella, ¿sabes?, la sola idea de pensarlo me vuelve loca.
- Creo
que sé como te sientes.
- ¿No
estás nerviosa?
- Yo,
no, ¿por qué? - apartó la vista de la carretera un segundo para mirarla de
reojo - Estoy histérica, me muero por volver a verla.
- ¿Sabes
qué le dirás?
- Lo
llevo pensando todo el viaje, pero es inútil. Sé que cuando la tenga frente a
mí, no voy a poder decir ni la cuarta parte de lo que he pensado.
- Tengo
ganas de conocerla.
- Y
yo de que la conozcas.
- ¿Crees
que he hecho bien viniendo? Debería haberme quedado con Laura, intentar hablar
con ella en vez de dejarle sólo una carta.
- No
le des más vueltas, sólo será un fin de semana, el lunes ya estarás allí otra
vez.
- Tienes
razón, supongo - de repente, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
- ¡Eh!,
¿qué te pasa? - Dácil la cogió de la mano.
- ¿Cómo
pude abofetearla?, soy una cobarde.
- Siento
decirte que en eso tienes razón.
- No
supe reaccionar, estaba allí en la fiesta de Jaime con todos los demás. La
llevé como a una amiga más y, de repente, me da un tremendo beso delante de
todos. Sentí el silencio a mi alrededor. Sólo pude fingir que a mí no me gustó,
que yo no era así. - sollozaba mientras hablaba - Fui una cobarde, una imbécil
cobarde.
- Pero
te diste cuenta de eso, al final lo confesaste. Todas pasamos por algo así,
tarde o temprano, ¿sabes?
- Ya,
pero ella no estaba allí para verme o para oírme, salió sin decir nada, sin
correr, caminando normal. Eso me demostró lo que le había dolido.
- Tranquila,
ya verás como todo saldrá bien.
- No
lo sé, Dácil - el llanto se hizo más fuerte.
- ¿Qué
pasó con tu familia?
- Aún
es pronto, tendrán que acostumbrarse poco a poco - sollozó - No sé si aún me
quiere.
- ¿Cómo
no te va a querer?, le costará un poco pero acabará perdonándote. Ella está
loca por ti y es una buena persona.
- Si
que lo es para aguantar todo lo que le hecho pasar, tiene un corazón de oro -
había admiración en la voz de Marta.
- Oye,
¿qué decía ese cartel?
- ¿Cuál?
- Marta abrió los ojos y empezó a mirar a un lado y al otro de la carretera.
- Espero
estar en el camino correcto.
- ¿Qué
hora es?. Ya está anocheciendo.
- Ya
habrá terminado la ceremonia, tendremos que ir directamente a la casa - dijo
Dácil con resignación.
*****
La chica del mostrador se
disculpaba pues no podía encontrar billete en los próximos vuelos, hasta el día
siguiente estaba todo completo. Laura estaba desesperada y ya no sabía dónde
acudir, le dio las gracias y se sentó en una de las sillas formaba parte de la
larga hilera dispuestas justo en frente de la gran pantalla dónde se marcaban
los vuelos que llegaban o salían.
- Hola.
Se sobresaltó al escuchar una voz
masculina a sus espaldas y más aún al reconocerla.
- ¡David!
- El
mismo, eres la última persona que esperaba encontrar aquí.
- ¿Yo?,
pues lo mismo te digo.
Se levantó con ánimo de saludarle
con un beso a su memoria volvió la última conversación que habían mantenido y
cómo había perdido su amistad.
- ¿Cómo
estás? - le preguntó David adelantándose.
- Bien,
bueno, en realidad, un poco desesperada.
- ¿Desesperada?
- Sí,
tengo que coger un vuelo para Tenerife lo antes posible pero no hay manera.
- Vaya,
yo me iba para allá.
- ¿En
serio?
- Sí...
¿y cómo está Marta?
- David,
no sabes lo que siento todo lo que pasó, he estado a punto de llamarte un par
de veces pero supuse que no querías saber de mi.
- Al
principio así era pero ahora las cosas han cambiado, en realidad, esperaba
poder hablar contigo pero aunque te he llamado nunca estabas.
- Lo
siento, he estado un poco liada... ¿de verdad me has llamado?
- Sí,
¿ha pasado algo?, te noto algo nerviosa.
- Ha
pasado de todo en realidad.
- Pues
ya somos dos.
- ¿En
serio?
- ¿Quieres
que tomemos algo?
- ¿A
qué hora sale tu vuelo?
- Dentro
de hora y media, tenemos tiempo de sobra, no te preocupes.
- Tú
quizás sí, pero yo no puedo, tengo que conseguir un vuelo.
- Eh,
si digo que hay tiempo, es que hay tiempo, anda vamos.
David le acababa de guiñar un ojo
y era como si volviese a ser el mismo amigo que siempre había sido, al tiempo
que se daba cuenta de lo mucho que le había echado de menos. Su corazón se
acababa de llenar con una nueva esperanza.
*****
- ¡Aja!.
Ya hemos llegado - dijo Dácil, feliz por haber localizado la casa.
- Y
sólo hemos tardado unas dos horas - dijo Marta con sarcasmo - Lo tuyo no es
tomar notas, ¿eh?
- ¿Hemos
llegado o no? - le contestó sonriendo - Venga, no perdamos más tiempo.
- ¿Tienes
prisa?
- ¿Tú
qué crees?, me muero por verla.
Salieron del coche y caminaron un
poco hasta llegar a la puerta principal. Toda la carretera estaba plagada de
coches aparcados a ambos lados, así que tuvieron que dejar el coche unos metros
más atrás.
- Dácil,
yo aquí no conozco a nadie, ¿qué hago cuándo estés con Tania? - le preguntó la
rubia algo nerviosa.
- Tranquila,
no estarás sola - "Espero habérselo explicado mejor a la jefa. Si no, no
encontrará nunca este lugar" - pensó Dácil sonriendo.
- ¿Por
qué sonríes así?
- Mujer,
voy a ver a Tania.
- ¡Ey!,
¡Las rubias! - la voz de Daniela sonó alta y radiante.
Ambas se giraron sorprendidas y
vieron a la pareja que les saludaba dentro de un flamante Mercedes negro que se
dirigía al garaje de la casa, Daniela era la mejor amiga de Dácil y acababa de
casarse con Javier quién a su vez era el mejor amigo de Tania.
Tras las debidas presentaciones y
felicitaciones se dirigieron a la puerta principal y entraron hallándose en un
amplio recibidor. A la izquierda habían unas escaleras de madera que
comunicaban con la segunda planta y un pequeño pasillo, en cuyo final, debía de
estar la cocina por los olores que de allí salían. Frente a ellas estaban
abiertas unas grandes puertas correderas de cristal que mostraban un gran
salón. Algunas personas se encontraban allí sentadas o de pie hablando. La
mayoría eran personas mayores para las que, seguramente, hacía demasiado frío
fuera. Un señor muy amable les indicó que pasaran por allí y les señaló las
mesas que estaban dispuestas en la parte de atrás.
Dácil le presentó al resto de los
invitados, era gente muy amable y alegre y ya algunos de ellos estaban cantando
uniéndose aun grupo de guitarras que se había adueñado de una de las mesas. Una
de sus amigas se acababa de llevar a Dácil de allí con algo que le sonó un poco
a excusa, al fin y al cabo, aún no había ni rastro de Tania, la novia de Dácil.
En un momento se encontró a solas con Carlos el hermano del novio quien
afortunadamente un chico simpático y hablador que le impedía pensar y
reflexionar el motivo de su asistencia a aquella ceremonia que poco o nada
tenía que ver con ella.
Pero ni siquiera él conseguía que
Laura se le fuera de la cabeza, tenía que haber ido hablar con ella en vez de
huir a esta boda, porque eso es lo que había echo, una vez más había huido en
vez de enfrentarse a la verdad. Sin embargo, necesitaba despejar su mente había
tenido demasiada dosis de realidad en menos de veinticuatro horas, se lo había
contado a sus amigos y a su madre, la cual aún no se había recuperado del susto
y probablemente no lo haría nunca.
*****
Nunca había abrazado a un hombre
con tanta fuerza como abrazó a David en el aeropuerto, le había devuelto su
amistad y ese hubiera sido el mayor de los regalos si no llega a ser superado
cuando le cedió su billete de avión. Él no se iría pues también tendría que
solucionar antes su propio lío de faldas, siempre igual aunque ahora parecía
que se había enamorado en serio, más aún que con Marta, y se alegró por él.
Volvió a sacar el manoseado papel
de su bolso releyendo cada una de las palabras que le hubiera escrito la rubia
y ganando fuerzas con cada una de ellas para ir a buscarla dónde estuviera. Le
dio la vuelta a la hoja y observó una vez más la dirección que Dácil le había
dictado tan apresuradamente, esperaba haberla anotado bien aunque algo le decía
que no iba a ser fácil.
Dos horas más tarde se encontraba
dando vueltas por el pueblo de El Palmar, no era grande pero algunas carreteras
no tenían ni nombre y se veían casas de manera salteada, cualquiera de ellas
podía ser. Finalmente decidió preguntarle a un hombre que permanecía sentado
por fuera de su casa, enseguida reconoció cuál era la casa que buscaba y se lo
indicó. En realidad, se encontraba ya bastante cerca.
Condujo un poco más hasta girar
por una pequeña carretera que quedaba a la izquierda, tal y como aquel hombre
le había indicado tan amablemente. En seguida pudo comprobar que no se había
equivocado al encontrar una multitud de coches aparcados a ambos lados del
camino al final del cual se encontraba la casa, justo en ese momento uno de los
coches salía y sólo pudo mirar al cielo y dar las gracias a quién fuera que se
hubiera apiadado de ella.
Según se acercaba a puerta los
nervios iban aumentando, ¿qué iba a decir?, si preguntaba directamente por
Marta nadie la iba a conocer. De repente, la puerta se abrió apareciendo una
chica joven tras ella.
- Buenas
noches, pasa, no te quedes ahí.
- Gracias,
en realidad, estaba buscando a...
- ¿Sí?
- A
Dácil.
- ¿A
Dácil?, yo soy Cristina una amiga de ella pero a ti no te... espera, tú debes
ser Laura.
La morena se sorprendió al oír su
nombre, era obvio que ya Dácil le había hablado.
- Ya
veo que te ha hablado de mi.
- Sí,
de ti y de Marta, ella está dentro, bueno o fuera según se mire - le sonrió
pero al notar lo tensa que Laura se encontraba en ese momento decidió no
hacerla pasar por ese mal trago - Si quieres puedes esperarla fuera, estarán
más tranquilas, sé que tienen que mucho de que hablar, bueno si no tienes frío.
- ¿Frío?,
no qué va, el tiempo está agradable... gracias Cristina.
-
De nada, ahora le aviso.
Realmente le agradecía a Cristina
aquel gesto, no era cuestión de hablar de aquel asunto en la boda de dos
completos desconocidos, delante de una multitud desconocida y en una casa
igualmente desconocida para ambas. Bajó los pequeños escalones y paseó dando
vueltas frente a la puerta principal, esperando. Recordó las últimas palabras
que Marta le escribiera en aquella carta, "te esperaré siempre".
- Marta,
¿puedes salir fuera un momentito?
La pregunta de Cristina la había
cogido por sorpresa y no entendía nada.
- Sólo
será un momento - le guiñó un ojo.
- Vale,
disculpa Carlos.
- Nada
tranquila mujer, me iré a cantar un rato a tengo ganas.
- Cómo
no - se burló su novia que no era otra más que la propia Cristina.
- ¿Ha
pasado algo?
- No,
mujer, tranquila.
Cristina abrió la puerta
principal y le sonrió.
- Hay
alguien que pregunta por ti.
- ¿Por
mi?
- ¿Tú
eres Marta, no?
- Sí,
pero por mí, aquí, ¿no será otra Marta?
- A
lo mejor, pero si no sales no lo sabremos.
La sonrisa que aquella bajita
mujer le ofrecía era de lo más enigmática así que decidió salir. Ni siquiera
escuchó cerrarse la puerta tras ella, sus ojos y todos sus sentidos se
centraban en un único punto, la figura que tenía en frente. Al principio no
lograba reconocerla pues su mente no asimilaba que pudiera estar allí, debía
ser algo así como un espejismo. Pero no, ella era real y sus dos grandes ojos
azules se clavaban en ella igual que su mirada lo hacía en Laura.
Laura caminó lentamente hacia
Marta que parecía no reaccionar, subió dos escalones quedándose por debajo de
ella, pero dada la diferencia de altura aquella era la posición ideal pues sus
ojos quedaban frente a frente. Ambas buscaban en sus respectivas mentes las
palabras pero no era su cabeza lo que ahora mismo funcionaba mejor sino sus
corazones.
- Perdóname
- logró decir Marta.
- Schssss...
no digas nada.
- Pe...
Los labios de Laura la impidieron
seguir hablando, todo su cuerpo temblaba ante aquel contacto y sólo podía
corresponder como no había podido hacer la noche anterior. Se obligó a
separarse para mirarla o los ojos.
- Te
amo, Laura.
- Y
yo a ti.
- Te
quiero tanto que si hace falta entro ahí dentro y lo grito para que todos lo
sepan.
- ¿En
serio?
Se giró para dirigirse a la
puerta pero la mano de Laura se lo impidió a tiempo.
- No
hace falta que hagas eso.
- De
verdad que lo haría.
- Te
quiero.
Volvieron a besarse y a
abrazarse.
- Salgamos
de aquí - dijo apartándole el pelo rubio de la cara.
- ¿Y
dónde vamos?, estamos en Tenerife y lejos de tu apartamento.
- Calla,
tengo muchas cosas que contarte.
- ¿Ah
sí?, ¿cómo has conseguido aparcar tan cerca?
- Fue
una señal del cielo.
- ¿Una
señal?
- Entra
ya.
- ¿Tienes
prisa?
- Pues
sí.
- ¿Pero
dónde vamos?
- ¿Te
importa? - Laura la miró fijamente antes de arrancar el coche.
- En
realidad no, siempre que sea contigo.
Laura se apoyó en el respaldo y
admiró como la luz de la luna llena se reflejaba en Marta aumentando aún más su
belleza.
- Dímelo
otra vez.
- ¿El
qué? - Marta la miraba su vez aunque sabía lo que quería oír - Te quiero.
- ¿Has
visto lo fácil que es?
- Ahora
sí, ahora se me hace muy fácil, ya se lo he dicho a todo el mundo.
- ¿El
qué?, ¿qué los quieres? - sonrió Laura.
- No,
idiota, le he contado a todo el mundo lo mucho que te quiero.
- ¿Y
aún sigues viva?
- Vale,
me lo merezco.
- ¿Qué
ha pasado con tu madre?
- Aún
no lo sé, no creo que nuestra relación vuela ser la misma, ella nunca lo
aceptará, siempre esperará que de repente aparezca príncipe azul o algo de eso.
- ¿No
le vale una princesa?
- Me
temo que no.
- ¿Y
a ti?
- A
mí lo mismo me da que sea una princesa o una mendiga mientras seas tú.
- ¿Y
tus amigos?
- Ellos
sí que lo aceptarán.
- Si
no hubieras sido tan cabezota.
- Ahora
eso es pasado, ya todo el mundo lo sabe.
- Sí,
ha dejado de ser algo sólo nuestro.
Abrazó dulcemente a Marta que
acababa de pegar su hermosa cabeza rubia contra su pecho. Marta alzó la vista y
la miró sonriendo.
- Ya
no es sólo algo entre nosotras - la besó una y otra vez - Te quiero.
FIN
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