El sol poniente enviaba rojos destellos desde el lugar
donde cielo y océano se fundían en uno solo cuando la
piloto redujo la velocidad de la enorme moto, abandonó la
estrecha y serpenteante autopista y se dirigió al mirador.
Estacionó la moto junto al arcén, lejos de los escasos
automóviles cuyos ocupantes se habían detenido para
contemplar cómo la noche eclipsaba al día. Apoyando sus
largas piernas a cada lado de la pesada máquina para
sostenerla, apagó el motor, se quitó el casco y se pasó la
mano con gesto ausente por el cabello oscuro y ondulado,
mientras contemplaba el agua a lo lejos. La rocosa línea
de costa que se divisaba mucho más abajo, batida por
penachos de airada espuma, yacía envuelta en penumbra
a medida que el moribundo sol se iba ocultando, dejando
una estela de sombras. El incesante ritmo de las olas que
rompían contra la base del acantilado era
inesperadamente tranquilizador, a su estilo salvaje e
indómito. «Es extraño cómo algo tan violento puede ser
tan reconfortante.»
Le encantaba recorrer ese tramo costero de la autopista,
a pesar de que solía estar lleno de turistas a la caza de
bellos paisajes, que ralentizaban la marcha de su Harley.
La carretera exigía sus cinco sentidos; podía dejarse llevar
kilómetros y kilómetros por el incesante ronroneo del motor
y la hipnótica cinta de asfalto que se deslizaba bajo sus
faros. Mientras su mente estaba aparentemente absorbida
por la conducción, sus pensamientos inconscientes
pasaban a un primer plano y, muy a menudo, surgía la
solución a algún problema del que ni siquiera sabía que la
había estado atormentando. Una vez le describió este
fenómeno a una amiga y ésta le dijo que se trataba de una
forma de meditación. Tal vez fuese así. No se planteaba el
proceso; muy pocas veces se cuestionaba el
funcionamiento de su mente, pues solía dejar que el
instinto la guiase.
Esa noche había sido diferente. No había conseguido
concentrarse en el reto de recorrer aquel tramo de más de
treinta kilómetros, lleno de curvas cerradas y tortuosas, ni
tampoco había descubierto el origen del constante
desasosiego que la había acosado durante semanas. Era
una persona de acción, y la presente introspección la hacía
sentirse frustrada e insatisfecha. Emitió un leve suspiro y
sacó los cigarrillos del bolsillo interior de su cazadora de
cuero. Extrajo uno del paquete y lo sujetó entre los labios
mientras buscaba el mechero negro y oro en el bolsillo de
sus ajustados pantalones negros de cuero. La diminuta
llama iluminó sus rasgos por un instante mientras la
acercaba al extremo del cigarrillo. El parpadeante brillo
anaranjado destacó un perfil anguloso de mandíbula
cuadrada y nariz recta y algo respingona. Cuando el
mechero se cerró de golpe la imagen desapareció, y su
figura se convirtió en una silueta larga y delgada recortada
contra un cielo cada vez más oscuro.
Kyle Kirk hundió ligeramente los hombros para
protegerse del frío viento marino y concentró su mirada en
la quebradiza línea de costa donde tierra y mar luchaban
perennemente por la supremacía, en una guerra sin fin. El
rugido de las olas era tan constante que llegaba a
convertirse en una especie de silencio en el que ella no
podía oír más que sus propios pensamientos, dominados
por la duda.
«¿Qué demonios estoy haciendo aquí esta noche?
¿Adónde me dirijo?»
Hacía ya muchas semanas de su última salida de
viernes por la noche a la ciudad, buscando compañía en
algún club nocturno. Necesitaba refugiarse en las mujeres,
en su irresistible aspecto y modo de hablar, en su misterio
y su fascinación. La mayoría de las veces volvía a casa
sola, en las tranquilas y oscuras horas que precedían el
amanecer, con el alma inexplicablemente serena gracias a
los recuerdos que la acompañaban durante el largo viaje
hasta su hogar. Algunas veces, cuando necesitaba algo
más que recuerdos, sacaba el segundo casco que
siempre llevaba a un costado de la Harley y se llevaba una
mujer a casa, para llenar el vacío de su cuerpo y de su
espíritu durante unas cuantas horas, hasta el amanecer o
bien hasta casi el mediodía.
Aquella noche no había pensado ir a ningún sitio, pero
tan pronto como llegó a casa desde el taller decidió
prepararse para salir de nuevo. Se duchó sin pensar en un
destino concreto y se puso una camisa blanca recién
planchada y unos pantalones de cuero negro que envolvían
sus musculosos muslos como una segunda piel, suave y
cálida. Embutió una delgada cartera de piel, adaptada a
sus formas por años de uso, en uno de los bolsillos
traseros, con su carné de conducir y dinero suficiente para
todo el fin de semana. Un paquete de cigarrillos sin abrir
acabó en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero
favorita, y guardó el mechero en los pantalones. Se puso la
cazadora y subió la cremallera hasta la mitad mientras
atravesaba la cocina. Al encender los focos discretamente
encastrados bajo el alero de la casa fue cuando
comprendió que se dirigía a la ciudad. Aun así, había
conducido durante más de treinta kilómetros antes de
permitirse a sí misma pensar en el motivo por el que lo
hacía.
Durante los días anteriores había estado inquieta y de
mal genio, y al pensarlo bien admitió que no había sido ella
misma durante semanas. No era la soledad de su vida lo
que la desasosegaba: se había ido acostumbrando a ella
poco a poco, en los cinco años transcurridos desde que
finalizó su última relación seria. Tenía unas cuantas buenas
amigas, lo cual era bastante más de lo que podía presumir
la mayoría de la gente, y un trabajo que le encantaba. Su
vida sexual era tan plena como ella necesitaba que fuese.
Tal vez no muy constante, pero podría tener más
relaciones con sólo tomarse la molestia, cosa que no
hacía. Y, sin embargo, recientemente había descubierto en
sí misma una incómoda sensación de insatisfacción,
psíquica y física a partes iguales, que amenazaba con
interrumpir la cómoda rutina de su vida. Y lo que la hacía
tan frustrante era que no conseguía siquiera definir qué era
lo que deseaba o necesitaba, de qué carecía.
Kyle inhaló una última bocanada de humo y tiró la colilla
cerca de la punta de una de sus botas. Excavó
cuidadosamente un pequeño agujero en la gravilla del
mirador y empujó el pequeño despojo hacia él, para
después cubrirlo meticulosamente con un montoncito de
piedras y allanar de nuevo el terreno con su pesada bota
negra. Satisfecha de no dejar ni la más mínima huella,
subió la pierna izquierda hasta el curvado depósito de su
moto y apoyó el mentón en la rodilla.
Mientras tanto, la oscuridad fue cubriendo con un velo el
espacio entre ella y los vehículos que pasaban sin cesar
por la autopista. Deslizó la mano en el bolsillo de la
cazadora y sacó un pequeño papel doblado. La luna
todavía no iluminaba lo suficiente para poder leer, pero no
se molestó siquiera en desdoblarlo. Sabía de memoria lo
que decía.
Leathers. Donde las mujeres detentan el poder Van Nye,
719 S.
La cadena de acontecimientos que la había llevado
hasta aquel lugar esa noche, tan anodina en apariencia,
había comenzado con una revista que compró en el último
momento en una librería de mujeres a la que había acudido
en busca de la última novela de su autora favorita.
Decepcionada al descubrir que el libro todavía no había
llegado, cogió unas cuantas revistas al azar, para no volver
con las manos vacías. Una vez en casa, tendida frente a la
chimenea con un coñac, echó un vistazo a sus compras.
La cubierta de la segunda revista atrajo inmediatamente
su atención.
Una mujer de espalda desnuda, con un elaborado tatuaje
celta entre los omóplatos, estaba arrodillada y con la frente
hundida contra el muslo de otra mujer, de pie por encima
de ella, con las piernas abiertas de par en par y los brazos
en jarras. Lo único que llevaba la mujer que estaba de pie,
además de sus ajustados pantalones de cuero, era un
chaleco de piel negra que apenas cubría sus pechos,
pequeños y firmes. La leve hinchazón de un falo refugiado
en la curva de su muslo, a sólo unos milímetros de la
mejilla de la suplicante, hizo que Kyle se detuviese de
golpe. Se quedó mirando la imagen mientras notaba cómo
le ardía la sangre y la excitación creaba un nudo en su
estómago. Se imaginó el tacto del suave cuero, ablandado
por el calor de la piel, deslizándose por su rostro; se vio a
sí misma besando la sutil protuberancia apresada contra el
robusto muslo y oyó el distante gemido de aprobación y de
ansia. Sorprendida por el inesperado latido de deseo que
surgió entre sus muslos y por la primera oleada de lujuria,
húmeda e intensa, abrió la revista con manos temblorosas
buscando el primer artículo. Pronto descubrió que los
relatos breves, ensayos y poemas contenían el erotismo
más explícito que había leído nunca. Todos ellos, de una
forma u otra, exploraban temas relacionados con el poder
sexual. Se sintió cautivada de inmediato. La fascinación
d e l amor entre mujeres no le era ajena, pero aquellos
atisbos a los límites más oscuros del deseo la habían
excitado, despertando una curiosidad casi insaciable,
como si hubiese conseguido ver el destello de un tesoro
perdido muchos años atrás, sólo para ver cómo
desaparecía al instante. Leyó la revista de principio a fin, y
pocos días después volvió a la librería para comprar los
dos números anteriores.
Y entonces encontró el relato que la absorbió por
completo, El filo de la confianza. Lo leyó tantas veces que
ya se lo sabía de memoria.
-No dejes de mirarme.
Tragó saliva sin decir nada y miró directamente a su
amante, sentada en el amplio sillón de cuero, a tres metros
de ella. Tenía que bajar ligeramente la vista, no sólo
debido a su altura, sino porque estaba de pie sobre una
plataforma elevada. Estaba también completamente
desnuda.
Su amante, sin embargo, parecía completamente a sus
anchas, vestida con una camisa de seda color turquesa
brillante, casi del mismo color que sus ojos. El hecho de
que estuviera completamente desabotonada y de que
fuese la única prenda de ropa que llevaba puesta no
parecía incomodarla. Se arrellanó ligeramente entre los
blandos cojines, con los brazos extendidos a lo largo de
los curvados brazos del sillón y las piernas abiertas sólo lo
justo para revelar un vislumbre de pelusa dorada.
Su amante esperó hasta que ella la miró a los ojos,
hasta tenerla en su poder, antes de hablar de nuevo.
-Sujétala.
Sin saber a qué atenerse, ella intentó seguir respirando,
concentrarse en el consuelo que para ella representaba
contemplar el rostro de su pareja, mientras otra mujer a la
que ni siquiera podía ver se movía ágilmente a su
alrededor, en la penumbra. En un instante se encontró
abierta de par en par, brazos y piernas extendidos y
separados todo lo posible mediante suaves sujeciones de
cuero unidas a unas cortas cadenas, que subían hasta un
punto más allá de su campo visual. A su espalda había un
poste acolchado. Lo único que podía ver era a su amante.
Cuando se movió ligeramente, las cadenas se tensaron.
Estaba expuesta, indefensa. Su compañera la
contemplaba con mirada ardiente. Tembló de forma casi
imperceptible, con una mezcla de miedo y un comienzo de
excitación.
-Tiene un cuerpo precioso, ¿verdad? -señaló su amante
con voz inexpresiva-. Tócala, compruébalo por ti misma.
Mientras la desconocida pasaba una mano por su torso
y vientre pudo ver cómo su amante se apartaba la camisa
y deslizaba suavemente los dedos por sus pechos. Al ver
que los pezones de su pareja se endurecían, los músculos
de su propio estómago se retorcieron, al principio debido
a la sorpresa, después con los rápidos espasmos de la
excitación.
No miró a la extraña que la tocaba: sólo le importaba su
amante. Ella sabía bien cómo era el tacto de aquel cuerpo
largo y tenso, de aquella piel suave y caliente, y su clítoris
se endureció al ver a su amada acariciándose
sensualmente los pechos para bajar después lentamente
hacia el ombligo, alzando ligeramente las caderas al sentir
el contacto. La mujer encadenada se inclinó hacia delante,
ofreciéndose inconscientemente, imaginando mientras
tanto que eran sus manos las que se adueñaban del
cuerpo de su amante.
Entonces ésta sonrió, con ojos soñadores pero en tono
autoritario.
-Ahora los pezones.
-¡Oh! -gimió ella suavemente, mientras aquellos dedos
los sujetaban para retorcerlos después, primero uno, luego
el otro. Sus caderas se agitaron ante las sensaciones que
surgían inmisericordes de entre sus piernas. La humedad
empezó a resbalarle entre los muslos.
-¿Cariño? -preguntó insegura, con la voz quebrada,
mientras su cuerpo reaccionaba a las manipulaciones de
la extraña. «No puedo evitarlo. Está haciendo que me moje
toda.»
-Apriétaselos más -ordenó su amante con voz ronca,
abarcándose los pechos con ambas manos hasta unirlos,
mientras sus dedos pellizcaban los enrojecidos botones.
La cautiva gimió, notando un creciente fuego en lo más
hondo del vientre, un fuego que subía por toda su espina
dorsal.
-Arrodíllate frente a ella -exigió su amante, dejando caer
una mano entre sus piernas para a continuación pasar los
dedos arriba y abajo, por la sensible piel de las ingles.
-Trabaja sus piernas, pero no te acerques al clítoris.
Con un gemido constante ahora que aquellas manos
amasaban los músculos de sus nalgas y muslos, la mujer
encadenada arqueó la espalda, incapaz de contener el
placer que sentía. Su clítoris latía dolorosamente,
demandando atención urgente. Estremecida, hipnotizada
por la visión de su amante, que se pasaba los dedos
perezosamente por entre los hinchados pliegues de su
piel, intentó liberarse de las cadenas que la mantenían
prisionera, sin pensar lo que hacía. Oyó cómo su amante
emitía un grito ahogado, vio sus temblorosos dedos
frotándose contra la base del expuesto clítoris y notó cómo
s u propio cuerpo se crispaba en lo más hondo.
«Acaríciate, amor mío. Hazlo; sabes que deseas hacerlo:
hazlo, hazlo...»
Gimió, desesperada por notar las caricias de su amante,
mientras sus caderas se agitaban en el aire. El tentador
murmullo del orgasmo inminente recorrió su vientre cuando
un dedo comenzó a explorar suavemente por entre sus
piernas, enviando oleadas de fuego desde el clítoris a toda
la pelvis. Si empujaba sólo un poco hacia delante, aquel
dedo la rozaría con la fuerza suficiente para hacerla llegar.
No oyó los quejidos que salían de su boca mientras
intentaba zafarse del cuero y el acero.
-¡Por favor! -rogó, mientras su clítoris latía sin cesar ante
aquella promesa de alivio que tenía tan próxima a sí.
Se retorció en sus ataduras, impotente, al tiempo que
sus ojos entornados contemplaban a su amante con las
piernas extendidas y las rodillas apoyadas en los amplios
reposabrazos de piel para exponer a las claras su deseo.
-¡Por favor!
-Acaríciala -ordenó roncamente su amante, haciendo ella
lo propio-. Ten mucho cuidado. Si lo haces durante
demasiado tiempo llegará al orgasmo. ¡Y no quiero que
llegue!
Sintiéndose completamente impotente luchó por
centrarse en su amada, pero estaba perdiendo el control a
toda velocidad. Ya no le importaba lo más mínimo quién la
estuviese tocando, siempre que el contacto no se
detuviera. Si no llegaba enseguida iba a explotar.
-No más -suplicó-. No puedo soportarlo... oh, sí... tócame
ahí... más fuerte...
No quiero que llegues sin mi permiso -jadeó su amante;
sus dedos recorrían arriba y abajo el clítoris, con tal
rapidez que apenas podían distinguirse.
«Demasiado tarde... Voy a llegar. Tengo que llegar.» La
cautiva se limitó a gruñir, frotándose desesperadamente
contra los dedos que la atormentaban.
-Frótala más rápido, pellízcala. Le encanta -consiguió
decir su amante, respirando dificultosamente entre los
dientes apretados, retorcida sobre el sillón con las piernas
rígidas y abiertas de par en par.
-Cariño... oh... está haciendo que me corra jadeó, con el
vientre rígido, a punto de explotar-. Oh, ¿puedo...?
-¡Lámela!
Gimió cuando la suave y cálida lengua la recorrió por
completo, finalizando con una larga y firme caricia por todo
su clítoris. Con la última brizna de fuerza que le quedaba
buscó el rostro de su amante, con ojos casi totalmente
ciegos de deseo.
-Por favor... oh, por favor... ¿puedo ya?
-¡Sí, nena, sssí! -gritó su amante, frotándose el clítoris
con desenfreno-. ¡Oh, nena, me estoy corriendo!
Su mente se quedó en blanco mientras la desconocida
aferraba sus caderas con ambas manos y la succionaba
por entero. Las manos de la cautiva se cerraron hasta
convertirse en puños por encima de las muñequeras que la
sujetaban, y su cuerpo se aplastó contra el rostro de la
extraña. Con la cabeza echada hacia atrás y los tendones
del cuello destacados como cables tirantes, gritó mientras
los desgarradores espasmos la traspasaban.
Por un instante los únicos sonidos que resonaron en la
estancia fueron los de su simultánea liberación. Después
no se oyó más que el rumor de un suave sollozo.
-Bájala -jadeó débilmente su amante.
Cuando la cautiva se derrumbó sobre sus rodillas,
sacudida por algo más que el placer, su amante estaba allí
para acogerla en sus brazos.
Kyle exhaló honda y entrecortadamente y pensó si
encender otro cigarrillo. Rió por lo bajo, embutiendo las
manos en los bolsillos de su cazadora de motorista. «No
es siquiera mi propio orgasmo y ya necesito un cigarrillo.
Mala época para intentar dejarlo.»
La historia la había impactado. Todavía lo hacía. No era
sólo por el sexo, que había levantado ampollas en su
mente y todavía la excitaba con el mero recuerdo. Era la
inesperada fusión de amor y dominio, confianza y sumisión
que había puesto patas arriba y revolucionado su
perspectiva sobre la unión sentimental, que nunca antes
había cuestionado. La había confundido y excitado. No
sabía siquiera qué era lo que la había atraído más, si el
control o la renuncia a él. A veces alcanzaba el orgasmo
imaginándose que era la mujer cautiva. Otras veces
llegaba a él mientras se veía a sí misma en aquel sillón de
cuero, ordenando a una desconocida que diese placer a
su amante mientras ella se masturbaba.
«Dios; si sigo así no tendré ni fuerzas para conducir la
moto. Ya estoy de camino, de modo que no tengo por qué
seguir dándole vueltas al asunto.»
Cuidadosamente, con unas manos tan temblorosas
como cuando pasó la primera página de aquella primera
revista, Kyle desdobló el pequeño rectángulo de papel y se
quedó mirándolo. El cielo era una obsidiana tachonada de
estrellas, en la que destacaba el brillo de la luna. Alzó el
papel hacia la plateada luz, pero no pudo distinguir las
letras. Volvió a doblarlo con el mismo cuidado y lo guardó
de nuevo en su cazadora. Mientras encendía el poderoso
motor y giraba el manillar hacia la carretera, repitió una vez
más la dirección de memoria.
viernes
martes
11-12
En el aire flotaba un dulce aroma a jazmín, fluyendo por entre todos los allí presentes y encandilándonos con más intensidad ante tan relevante escena: tú, avanzando por el estrecho camino al perfecto compás de la dulce melodía que reinaba de fondo, colgada del brazo de José, acercándote risueña hacia el altar.
El viento, surcando la bruma de mi quebrado y truncado respirar, se deslizaba juguetón por entre mis dedos agitados y nerviosos, incapaces de inmovilizarse por la magnánima de los acontecimientos, entrelazándose en mil y una posturas verdaderamente contorsionistas.
La luz, esa con la que el radiante sol de aquella mañana nos bautizó bajo chorros de cálidos rayos, se coló intrépida por entre tus rubios mechones haciendo que relucieran con más esplendor, si cabe, deslumbrándonos y casi cegándonos.
Llevabas un traje de color pastel, dulzón, de un blanco acaramelado. De hombro a hombro empezaba el vestido de novia que escogiste, descubriendo tu preciosa clavícula y el fino nacimiento de tus brazos. Tenía un aire hippie, era holgado, tirado, vaporoso... Aunque en la cintura se te ceñía morosamente, al igual que alrededor de tus pechos. Verdaderamente, realzaba con creces tu ya de por sí despampanante belleza. Se me escapó una sonrisa al advertir que varias flores blancas adornaban tu peinado, que sólo consistía en tu corto cabello esparcido por tu cabecita.
Con discretas, aunque obligadas, inclinaciones saludabas a todos cuanto te saludaban o alababan en vítores bien merecidos lo hermosa que aquella mañana y con ese traje estabas. Te vi avanzar hacia mí lentamente, abriéndote paso en un camino de gente que se me antojó semejante al que Moisés debió de haber trazado entre las aguas del mar que su bastón separó. Tu andar era majestuoso, experimentado, como si lo hubieras ensayado toda tu vida, mientras atravesabas toda la muchedumbre que formaban mis y tus familiares, con tal sutileza y candor que hasta tuve que formar puños con las manos y tensar mi mandíbula para calmar mis ansias de arrodillarme y venerar todo tu bendito ser. Y no exagero, realmente así fue como en aquellos precisos instantes lo sentí. Te adoraba con toda mi errante... o quizás no tan errante, alma y ya no me daba pudor exteriorizarle al mundo entero lo que en mi corazón palpitaba por ti. Me entraron unas ganas horribles de exclamar con todo el orgullo que me engordaba “¡Miradla, ahí va mi niña! Un ángel caído del cielo...”. Lástima que mi voz hacía ya rato que me había abandonado, dejándome tan sólo con el amparo de aquel nerviosismo mal, pero que muy mal, disimulado.
Sacudiendo la cabeza por mis alocados pensamientos, alcé durante un instante la vista hacia el cielo, quizás intentando hallar inconscientemente un punto en la lejanía al que poder agradecer toda la dicha que en esos momentos se me agolpaba en el pecho y me colmaba el alma. Quizás creyendo, por primera vez, que realmente pudiera ser que Dios existiera, puesto que me vi incapaz de conceder que tanta felicidad fuera de mi derecho o merecimiento. Inspiré hondo por enésima vez aquel día y, por un segundo, me pareció que los árboles nos sonreían desde allí arriba, alargando, generosos ellos, sus brazos, sus ramas, ofreciéndonos sus hojas aterciopeladas y sus rosas perfumadas, decorando las escena con tal belleza silvestre que hasta lo creí un cuento de hadas.
Contuve el aire, sin ni siquiera darme cuenta cuando, al volver a mirarte. Decidiste mirar hacia el frente y ahogar mis pupilas en las tuyas en un enlace tan dulce como abrumador. Fue entonces cuando mis piernas decidieron vilmente traicionarme y casi tirarme por los suelos al volverse, repentinamente, una especie de masa tan inconsistente como la del pan aun sin cocer. Suerte del bueno del cura y de sus inmejorables reflejos que me sostuvo disimuladamente, que si no... Divertida, apartaste tu mirada al saber el devastador efecto que ésta le producía a mi compostura y equilibrio tanto físico como emocional. Sonreí de lejos contigo dejándome, igual que seguro lo hiciste tú interiormente, por imposible, mientras le agradecía silenciosamente al cura su ayuda. <Ay, Dios...>.
Creo que era imposible estar más nerviosa. Tu, en cambio, estabas mucho más tranquila que yo, y lo supe cuando al llegar a mi lado me sonreíste con lo que me pareció ternura y me cogiste suavemente de la mano, tratando de calmarme en silenciado consuelo. Nunca te lo dije, pero en aquel momento te agradecí casi eternamente ese gesto.
Es curioso cómo y cuando se olvidan las cosas, ¿verdad? Cómo nuestra mente, en claros e ineludibles imperativos, decide qué desea retener para la posteridad y qué no es digno ni de aguardar entre neurona y neurona más de un segundo o dos. No recuerdo en absoluto el sermón que el cura nos recitó con toda su fe y catolicismo. Ni una sola de sus palabras mi mente quiso retener. Tras balbucear a duras penas el mítico y casi apoteósico “sí, quiero” todo, literalmente, se desbocó. Si me pidieran ahora que intentara evocar temporalmente todo lo que sucedió aquel día sería incapaz de decir nada del derecho. Sólo lo que mi mente, caprichosa, quiso rememorar y llevarse hasta mi tumba.
Muchos besos, eso sí que nunca se me va a olvidar. Y creo que una de las razones por las que no lo podré lograr es por la pesadilla en la que se convirtió el tener que besar a todos nuestros invitados. Imaginad la más terrible de vuestras pesadillas. Bien, ahora imaginad que durante casi el espantoso transcurso de más de doce y lentas horas tuvierais que enfrentaros a ella. Y además, con una sonrisa de oreja a oreja y sin derecho a rechistar ni siquiera un poquito... ni un “ay”... ni un “jo!”. Nada. Chitón y a besar... Duro, eh? Pues sí, para mí, Melanie Phantom alias Xena (¿o es al revés?), fue durísimo tener que besuquear un millar de mejillas multiplicadas por dos y que me besuquearan tropecientos mil labios, de varios y asquerosos (algunos) tipos, durante lo que me pareció una insufrible eternidad. Creo que si ya tenía un trauma con eso de besar, ese día se convirtió en una muy, pero que muy, seria fobia. Soñaría durante varias noches y años... y quizás vidas, con el simple chasquido de esos sonoros y babosos besos atolondrando mis pobres y horrorizados tímpanos y empapando de asquerosas viscosidades mis mejillas.
Pero aguanté el tipo, enmascaré mi repulsión bajo un grueso velo de amabilidad y simpatía, y besé y sonreí tanto que hasta creí que se me adormecían los labios y se me agarrotaban las mejillas. Y lo hice por ti, porque querías que todo saliera perfecto, redondo, justo como lo habías planeado con detalle y, sobretodo, mucha ilusión durante la semana previa a nuestro enlace.
También me acuerdo perfectamente de después de la ceremonia que nos adentramos en el bosque, dejando a todos los invitados picoteando canapés en el campamento, para hacernos la típica sesión de fotos matrimoniales. En muchas ocasiones estuve a punto de estrangular al fotógrafo que Diana nos había escogido por lo ridículas y demasiado pretenciosas posturitas en las que nos hacía posar. Pero al mirar la felicidad que irradiaban tus ojos con todas aquellas escenitas, me contuve una vez más e hice las tripas hierro para aguantar, sonriente, hasta la última de las fotos que aquel panolis nos sacara. Así que tuve que verme, mal me pesara, abrazándote por la espalda y mirando con cara de boba a la cámara mientras tu besabas mi mejilla y entrelazabas nuestros dedos en tu vientre. O sentada en la tierna hierva, jugueteando con ella mientras tu fingías ponerme un mechón supuestamente rebelde en su sitio. Un inevitable resoplido de fastidio se me escapó cuando tuve que cogerte en brazos y tu tuviste que agitar tus piernas mientras te reías cogida a mi cuello. Realmente llovió mucho hasta que tuve el coraje suficiente como para ojear el álbum de fotos de nuestro casamiento, unas irrefrenables ganas de vomitar me removían el estomago cada vez que me veía en todas esas espantosas y culebreras posturitas de “enamorados”.
Vaya, creo que lo estoy pintando todo un poco fatalista. Pero, en realidad, tengo que reconocer que tampoco fue tanto tormento. Hubo muchos momentos en ese día que me descubrí encantada de vivirlo. Uno de ellos fue, indiscutiblemente, en el baile que se montó, casi improvisadamente, después del banquete nupcial. Bailé tanto y con tantísima gente que hasta me vuelven a doler los pies cuando lo recuerdo. Y no puedo evitar reírme igual que lo hice en su momento cuando, estupefacta, descubrí lo buen bailarían que era Sam, mi tímido y recién estrenado suegro. En el momento más álgido de su atrevimiento, se quitó el cinturón y se lo enrolló en la cabeza al más puro estilo Rambo. Todos aplaudimos, medio muertos de la risa, cuando lo rodeamos en una especie de corrillo y empezó a dar vueltas y más vueltas tirado en el suelo, imitando el hip hop callejero de los skaters. Los efectos del alcohol y la música, aquel día, supe que para Sam eran una combinación muy, pero que muy, traicionera.
Uno de los momentos que tampoco se me va a olvidar jamás es cuando cortamos el gigantesco pastel de tres bases que tu madre nos hizo. A petición de todos los allí presentes, te rodeé con mis brazos y cubrí con mis manos las tuyas que ya sostenían un reluciente cuchillo. Como en tantas ocasiones lo hizo aquel día, mi corazón empezó a martillear con fuerza bajo mi pecho y contra tu espalda. Y más exactamente cuando nuestros invitados empezaron, todos a coro, a cantarnos eso de “¡Ya s’han casao, ya s’han casao, mira que guapas, ya s’han coronao!” medio gritándolo medio chillándolo, mientras nosotras hundíamos aquel enorme cuchillo en una de las bases del pastel. Reíste divertida cuando, en mitad del griterío, te capturé entre mis labios un dedo que te untaste de nata.
-¡Y qué rico sabía!-exclamo, sonriente.
-Sí, ya, tanto que hasta me lo mordiste, bicho...! –me recriminas entre morritos nada sentidos.
-Jajaja!! Ñam, ñammm! – te saco la lengua, burlona.
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-¿Sigo yo? –te pregunto mientras me pasas el portátil.
-Sí, señoritap –me das un besito en la mejilla y te vas a la cocina – ¡Estoy canina!
-Yo también, tráeme leche –te pido al mirar la mesita de delante el sofá y ver que se me han acabado ya las patatas fritas y el chocolate en tabletas.
-¿Más? –te miro con reproche y enseguida alzas las manos a modo de tregua- Vale, vale, julin...!
-Así me gusta –alzo un dedo amenazándote- Y rápido.
-¿Algo más, su alteza? –preguntas con guasa.
-Sí, uhmm... Trae también dos manzanas y hazme un bocata de mortadela de esa que tiene trocitos de oliva. Y si aun queda ponme neskeec a la leche, vale? –me miras algo asombrada mientras sigo escuchando qué me pide mi desmesurado afán- ¡Ah! ¿Quedan palomitas?
-Ss.. sí, creo que..
-Bien, pues hazme dos sobrecillos de esos.
-¿¡Dos!? –exclamas algo alarmada.
-¿Algún problema? –te pregunto alzando una ceja.
-No, no... pero...
-Y trae también esos panecillos tan pequeñitos, están riquísimos... –sonrió al recordar su exquisito sabor.
-Gabrielle, te va a sentar mal todo es.. –atoras tus observaciones acerca de mi dieta cuando te sonrío con todo mi despliegue de artes persuasivas –Aaishh... –bufas, dejando caer los hombros y encaminarte algo frustrada hacia la cocina.
Te observo alejar y meneo la cabeza. <Tenemos hambre>. Acaricio sin darme ni siquiera cuenta mi tripa mientras releo un par de veces todo lo que ya has escrito. No puedo evitar sonreír de nuevo: al fin has reconocido que te pusiste nerviosa al verme. Siempre me lo has negado con la misma tozudez que una niña pequeña... Y yo siempre te he reconocido sin pudor que me maravillaste al verte con aquel vestido de novia. Un remolino amariposado me agitó el estómago cuando vi tu suave vientre al descubierto, adornado por la ricura de tu ombligo. Tuve que aferrarme concienzudamente a José y morder dolorosamente mi labio inferior para no caer rendida a tus pies, sinceramente. Antes incluso de llegar a tu lado, advertí lo nerviosa que estabas, así que no dudé un segundo en cogerte la mano y hacerte saber de algún modo que no pasaba nada, que estaba allí, contigo. La verdad es que yo también estaba algo agitada al principio, pero supe llevar mis nervios mucho mejor que tú.
Sin embargo, tu llevaste mucho, pero que muchísimo, mejor aquello de no llorar. Yo en cambio lloré tantísimo que se me corrió en no sé cuantas ocasiones el rimel y Diana tubo que arrastrarme a los servicios para volverme a pintar. Pero es que no lo podía evitar, la emoción me embargaba cada dos por tres, me hacía sensiblona y lagrimosa por cualquier nadería. La primera vez que se me anudó la garganta de emoción fue tras apenas articular mi “sí, quiero” y escuchar casi en un susurro murmurado el tuyo. Cuando me besaste tan delicadamente que tus labios no pudieron destilar más ternura y complicidad. Cuando nos rodearon nuestros familiares gritando tan alegre como escandalosamente mientras nosotras, en el centro, nos abrazamos casi desmayadamente. Cuando Kira se me enganchó a la cintura y me cogió del pelo una florecilla para luego regalártela a ti en un gesto que me pareció simplemente encantador. Cuando me descubrí no sé muy bien cómo estrujada y besuqueada por un sinfín de personas felicitándonos... Cuando... Cuando... Cuando... En fin, muchas veces.
Me encantó, aunque sé que no debiera, notar tu enfado interior y tus seguro astrológicos esfuerzos para disimularlo cuando tuviste que besar a toda la gente, cuando los tuviste que aguantar abrazándote e invadiendo con descaro tu amado espacio personal. Se me escapaban las risillas inevitablemente cuando refunfuñabas por lo bajo en plena sesión de fotos y luchabas para no matar a nuestro fotógrafo. Y reí con ganas cuando éste te sacó a bailar medio borracho que iba ya y tú tuviste que mantener el equilibrio de ambos, más que bailar, por toda la pista de baile como dos patos mareados.
Y hablando de borrachos... ¡Santo Dios, mi padre! Nunca en la vida lo había visto tan desinhibido y dicharachero. A mí también me dejó patidifusa cuando se puso a hacer el payaso intentando bailar y mucho más cuando se subió a una mesa y empezó a cantar aquello de “Pajaritos por aquí, pajaritos por allá”. Pero fue adorable cuando sacó a mi madre a bailar y en un momento dado se arrodilló y, cogiéndole una mano, le confesó lo enamorado que aun estaba de ella. Ya me tienes a mí de nuevo llorando como una magdalena junto a mi hermana y, por supuesto, mi madre. Todos aplaudimos entre silbidos cuando se besaron y abrazaron después...
El pastel estaba buenísimo, lo había hecho mi madre con una se sus recetas secretas y la verdad es que si no me comí tres enormes trozos no me comí ni uno. Y además era precioso, tenía bengalas esparcidas por doquier que lo asemejaban verdaderamente a uno de esos castillos de fuegos y lo adornaba casi mágicamente. Todos nos quedamos un tanto asombrados cuando los camareros lo sacaron mientras sonaba una canción que no reconocí en aquel momento pero que he adorado hasta el día de hoy. Más tarde me dirías que era una versión de “I can’t help falling in loving with you” del mítico Elvis Presley que un grupo pop había hecho, los A Teens, o algo así. Fue espectacular, todos empezamos a palmear al compás del alegre ritmo de aquella canción y algunos hasta se pusieron a bailar. Mi padre uno de ellos, por supuesto...
Ya entrada la noche me desplomé agotada en una silla dispuesta a no moverme de allí hasta que mis pies dejaran de quejárseme adoloridos ellos. Tu en cambio te divertías bailando y fueron varias las ocasiones que quisiste arrancarme de mi cómoda silla para bailar, pero cada una de ellas fueron tajantemente rechazadas. La situación era una tanto cómica, quién iba a decirme a mí que te gustaba tanto bailar, a ti, a Xena...? Durante lo que me pareció una bendita eternidad me recreé mirándote mientras, sonriente, pasabas de mano en mano bailoteando con gracia. Y la verdad es que la tenías, te movías fantásticamente. Me encantó descubrir tu lado saleroso y desenfadado. “¡Graziosa bambina!” te decían y tú reías divertida sin dejar de mover tus caderas.
Y las moviste con especial encanto cuando empezó a sonar una canción salsera de Carlos Baute, “Mueve, mueve”. De repente me identifiqué con la canción, hipnotizada con el vaivén de tus caderas, emborrachándome con los movimientos de tu cuerpo. Hicieron un corrillo y, entre palmadas y ¡oles!, bailaste en medio encandilándonos a todos, dando vueltas y sensuales golpes de cadera. Estabas tan preciosa, tan magnánima, tan... tan... sexy. No sé si fue por casualidad o realmente sentiste mi ansiosa mirada clavada en tu cuerpo, el caso es que en uno de tus múltiples giros me miraste y me sonreíste con lo que me pareció picardía. Sólo atiné a inspirar con fuerza y retener en mis pulmones suficiente aire como para no ahogarme en tu mirada. Te abriste sutilmente camino hacia mí sin dejar de contornearte ni abandonar esa picarona sonrisa dibujada en tus labios.
Se me aceleró el pulso inevitablemente cuando decidiste bailar alrededor de mi silla, rozándome a veces casi imperceptiblemente con una pierna o con un dedo o, incluso, con tus sedosa cabellera, que hacía un par de horas te habías soltado. Te hacías la desentendida, provocándome con una inocencia que sabía perfectamente no tenías. En un golpe de tambor te plantaste en frente de mí y empezaste a bajar sin dejarme de mirar haciendo perfectos círculos con tus caderas. Una punzada en el centro de mi cuerpo me hizo tomar conciencia de que ya estaba perdida, que ya no había vuelta atrás, que había caído bajo tu embrujo imbuida por tu danza tan erótica como sensual.
-¿Te gusta lo que ves, Gabrielle? –recuerdo que murmuraste divertida en mi oído al volver a incorporarte.
Puede que hubiera podido responder si eso hubiera sido toda tu osadía, pero todo resquicio de voz se me fue cuando pasaste la lengua por la redondez del cartílago de mi oreja para acabar succionando deliciosamente mi lóbulo. Tu dulce perfume me envolvió, tu rotunda cercanía me aturdió y tu suave aliento realmente consiguió desconcertar hasta la última de mis hormonas, que ya me parecían burbujas efervescentes por mi caldeada sangre. Justo en ese momento, mientras te separabas de mí y te dabas la vuelta, culminó la canción y, como si todo lo hubiera soñado, parpadeé medio atontada. Te observé alejándote y fundiéndote en la muchedumbre mientras yo recuperaba el aliento perdido desde hacía ya demasiado tiempo. Qué mala fuiste...
-¿Mala? –me preguntas con inocencia mal fingida por encima de mi hombro, masticando un pedazo de galleta.
-Perversa –te contesto cerrando el portátil para que no leas más –Y ahora tira para allá que hace calor.
-Jo!... Vale –me dices con carita de perro apaleado- Pero tu no te quedaste corta... –murmuras suficientemente alto para que yo lo oiga.
-Eso es verdad, jeje! –reconozco al recordar mi venganza de aquel mismo día.
Fue muy simple, tanto que hasta me sorprendió que funcionara. Sencillamente no dejé que me tocaras, ni siquiera que me rozaras, durante todo lo que restaba de día... o más bien de noche, ya. Fueron tan condenadamente adorables tus morritos cuando te negué mi cercanía con el pretexto de despedir a todos los invitados, que estuve seriamente tentada a dejar correr mi venganza y abrazarte ahí mismo. Pero me contuve, te dejé en el que había sido mi camarote durante los dos años que había estado en la isla estudiando los orangutanes y con una sonrisa de oreja a oreja fui despidiendo a cada uno de nuestros invitados. Hablaba lo suficientemente alto como para que me oyeras soltar un río de agradecimientos e, incluso, procuraba besar sonoramente para que mis besos te atormentasen.
Nunca olvidaré nuestra noche de bodas. Más que nada porque con el cuento de juguetear con el deseo de la otra, lo habíamos avivado con tanta intensidad que fue cerrar la puerta con llave y no llegar ni a la cama. La primera vez fue encima de la alfombra, estallada ya la pasión que nos quemaba por dentro. Después nos subimos a la cama para estar más cómodas al comprobar la dureza del suelo moquetado. Pero, para mí, la vez más especial fue la tercera. Fue la más experimentada, la más sosegada y, sin duda, la más disfrutada. Tus caricias me supieron más tiernas que nunca, de tus besos los más dulces, todos tus murmullos y jadeos se me antojaron hasta música verdaderamente celestial.
Tumbada de lado, mi mano no dudó un segundo en volver a recorrer por enésima vez aquella noche el terciopelo de todo tu torso. Me recreé, maravillada por la casi imposible suavidad de tu piel, en la perfecta redondez de tus pechos después de haber recorrido una y mil veces la delicada llanura de tu vientre. Sonreí satisfecha y divertida cuando observé tus pezones endurecerse bajo mi mirada. Con un sólo dedo, presioné el de tu pecho izquierdo, el que más cerca tenía, y no pude evitar cerrar los ojos deleitándome con tus murmullos y casi apagados jadeos que provocaron mis caricias. Juguetones, mis dedos no abandonaron tus pezones hasta que el tacto me supo a poco y empecé a esparcir besos recorriendo la geometría de tu pectoral. Lentamente, mientras iba besando cada cm de piel que se me antojaba, me fui situando sobre tuyo al mismo tiempo que decidías apretarme más contra ti, envolviendo con tus brazos mi cintura y acariciando lentamente mis hombros con tus manos.
Tenías los ojos cerrados, como siempre que hacíamos el amor, tus párpados eran incapaces de mantenerse alzados cuando el placer los abatía. Tu boca, entreabierta, curvaba sensualmente tus labios carnosos y humedecidos de vez en cuando por tu cálida y roseada lengua. Apretabas la cabeza contra la almohada, regalándome una espléndida y muy, pero que muy, tentadora panorámica de tu cuello. No me resistí y, débil, sucumbí a mis deseos de devorarlo. Me encantaba pasear mi lengua por tan delicada piel mientras la sentía vibrar en cuanto emitías lo que para mí eran sonidos totalmente ininteligibles. Fascinada, recuerdo haberme creído acariciando el cielo, esponjosas nubes de algodón... También como siempre.
<...algodón...>
Pronto tu cuerpo, agitado, clamó compasión y, en un ruego casi inaudible, me dijiste donde deseabas mis caricias. La calidez y suavidad de tu interior me paralizaron cuando mis dedos osaron usurpar en él. Bajo el mío, tu cuerpo se arqueó varias veces mientras tus caderas imponían un ritmo lento al principio, desenfrenado y ansioso al final. Emocionada por tu espléndida visión, me vinieron una vez más lágrimas a los ojos cuando susurraste una y otra vez mi nombre en la inmediatez de tu incipiente orgasmo. Y cuando éste te alcanzó, el éxtasis te volvió incandescente, realzando con asombroso poderío tu cuerpo hacia arriba para luego desplomarlo abatido encima de la cama, haciéndote resoplar entrecortadamente.
Abriste lentamente los ojos, aun sin permitirme salir de tu interior, y me regalaste la mejor de tus miradas mientras una sonrisa agradecida y cómplice se apoderaba de tus labios, secando amorosamente con tus pulgares mis lágrimas. El cansancio pesaba en tus ojos, pero no dudaste en abrazarme e intercambiar nuestras posiciones, liberando así mis dedos, mal me pesara. Rozaste tus labios por mi frente al acariciarme con un sólo dedo la redondez de mi cuello, descendiendo hasta llegar a mis pechos. Me besaste lentamente, succionando y lamiendo mi labio inferior cuando no lo hacías con el superior, mientras tus manos se llenaban con mis pechos. Mi respiración hacía rato que se me hacía dificultosa, pero fue cuando tu pelo cayó en cascada sobre mis pechos y tus labios entraron en contacto con mis pezones que creí que simplemente ya no sabía respirar. Hundí mis dedos en el pelo cerrando los ojos, pensando que la suavidad que destilaban tus labios besando mis ya endurecidos pezones me resultaba hasta casi dolorosa.
Suavemente, fuiste restregando nuestros cuerpos en una enorme caricia. Paseaste tus manos por mis costillas, por mi cintura, entreteniéndote con mi ombligo, hasta que silenciosamente me pediste que abriera las piernas y situaste tu cuerpo entre ellas. Murmuré, jadeé y sucumbí al placer que me dabas, cuando tu vientre se pegó a mi centro húmedo ya. Te envolví con las piernas, deseando hacer más intenso aquel contacto, mientras tu parecía que no querías abandonar por nada del mundo mis pechos. Sorprendiéndonos a las dos y como un desenfrenado huracán, un devastador tornado, el orgasmo arrasó en mi interior haciéndome gritar de placer a pesar de que sólo me habías acariciado con tu vientre. Mi cuerpo se sacudió con violencia contra el tuyo, intentando prolongar el éxtasis que entonces yo alcancé. Levanté las caderas, alzándote conmigo, y dejé escapar el aire que se había agolpado en mi pecho para tratar de sobrevivir a tan exquisito tormento en el centro de mi cuerpo.
-Madre mía... –articulé sin aliento, llevándome una mano a la frente mientras que la otra aun se aferraba fuertemente a las sábanas, y tratando de volver a respirar como Dios manda.
-Estás preciosa... –me susurraste dulcemente en el oído- Dios, estás preciosa ahora mismo, Gabrielle.
Abriendo los ojos, te vi observándome con tanta ternura que te abracé con desaplomó, muy conciente de tus pechos contra los míos. Había acabado de tener el mejor orgasmo hasta aquel entonces de toda mi vida y sólo había faltado entrar en contacto contigo en una caricia tan rápida que hasta me costó de percibir. Aunque mi sensibilizado cuerpo claro está que sí que la notó... ¡Vaya que si la notó! Pasaron varios minutos hasta que la calma volvió a reinar en mi agitado cuerpo.
-Jesús, Xena, ha sido maravilloso...-susurré- Y gracias por decirme que estaba preciosa después de eso –murmuré entonces divertida en tu oído.
-Lo estabas y lo sigues estando, cariño –me dijiste entre ligeros aunque exquisitos besos en mi cuello.
-Eres insaciable...
-¿Lo soy? –preguntaste sonriente antes de volver a besarme por enésima vez aquel día.
-Uhmm....
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Me despertó un suspiro. Abrí un ojo y te vi tumbada boca arriba, jugueteando con tu anillo de casada. Pensativa. Te lo ponías y sacabas una y otra vez, lo hacías girar por entre tus dedos y lo observabas curiosa a contraluz.
-¿En qué piensas? –pregunté en bajito.
Te sobresaltaste un poco, pero pronto los rasgos de tu hermosa carita se relajaron y me regalaron una dulce sonrisa. Volviste a mirar el anillo y suavemente me respondiste.
-Estaba pensando en que... bueno... –me miraste de nuevo algo contrariada- En que nunca me has hablado de tus padres...
Cerré los ojos y me froté la cara para despejarme un poco. <Mis padres...>
-No hay mucho que contar –me limité a responder, incorporándome y sentándome en la cama- Vaya, ¿has visto todo esto?
Me sorprendí al ver como habíamos dejado de mantas tiradas por el suelo y cojines esparcidos por doquier la cabaña.
-Estábamos... un tanto animadas –te miré sonriendo, pero no me devolviste el gesto, te limitaste a bajar la mirada hacia el anillo.
-Gabrielle –te llamé, dispuesta a sincerarme de una vez por todas.
-No, es igual, no hace falta que me digas nada, Xena. Yo... bueno, yo sé que hay cosas que no me quieres decir y... te respeto mucho, Xena.
-Ya lo sé, y te lo agradezco mucho. Pero escúchame, no quiero tener secretos contigo, mi niña –me tumbé boca abajo, junto a ella- Sólo que... hay cosas que... me cuestan y... –sacudí la cabeza, intentando diluir el nudo que se me hacía en la garganta a cada palabra que quería decir, como intentando retenerlas en mi interior- Mis padres murieron hace muchos años, cuando Tom y yo éramos casi unos críos.
-Oh, Xena... –me acariciaste un brazo supongo que sorprendida por mis palabras.
-Lo sé, no pasa nada... –te sonreí algo tímidamente- Hace mucho de eso, gracias a Dios, ya no es doloroso recordarlos. Además, tampoco me acuerdo mucho de ellos, yo debería tener unos 6 años cuando aquella noche lluviosa cogieron el coche para ir a una cena de negocios de mi padre y nunca más volver.
En aquel instante decidí abrazarme a ti, no muy segura de si sería capaz de soportar aquella especie de confesión que estaba dispuesta a hacerte sin el consuelo de tu cercanía y el amparo de tus brazos. Sin dudarlo, me devolviste el abrazo y me sobrevinieron más fuerzas para seguir con mi relato.
-Nos fuimos a vivir con unos tíos, hermanos de mi difunta madre, hasta que nos independizamos. Ellos han sido mis verdaderos padres, en realidad... Y así es como Tom y yo los llamamos –jugueteé con los dedos de tu mano, pensando en mis tíos- Yo me centré en lo que más me gustaba: el deporte. Al principio me limitaba a disfrutar con el gimnasio que nos daban en la escuela, hasta que mi profesor les recomendó a mis tíos inscribirme en el polideportivo de la ciudad por “mis más que notables cualidades”. Y lo hicieron... –reí por lo bajo- Supongo que tengo mucho que agradecerles.
Tras quedarme unos instantes en silencio y con los ojos cerrados cuando me besaste varias veces la frente, cogí nuevamente aire para continuar.
-Me hice profesional y pronto empecé a participar en campeonatos, al principio sólo de mi ciudad, luego de mi comarca, hasta que poco a poco fui subiendo peldaños hasta lograr inscribirme como atleta de elite en las olimpiadas mundiales del 84 representando a mi país. A partir de entonces, mi nombre adquirió bastante “renombre” y bueno... supongo que por internet habrás sabido qué ha sido mi vida después de eso.
-Sí, lo sé... –me aseguraste acariciando mi mano e instándome a seguir.
-Hace siete años que murieron –me apretaste la mano, algo sorprendida- Mis tíos... –sonreí con toda mi amargura, desviando la mirada de la tuya- Fue un golpe muy duro, y llegó justo en el peor de los momentos como ya te habrás dado cuenta por las fechas.
-Xena, cariño... – levantaste delicadamente mi cara para empezar a esparcir besos por toda ella- Ojalá hubiera estado a tu lado, Dios mío... Has estado muy sola, y no soporto pensar en el horror que habrás pasado.
-No pasa nada, Gabrielle. No te preocupes, lo peor ya pasó... –tragué un poco conmocionada por los recuerdos que me venían a la mente- Pero hay momentos de nostalgia que son espantosos de sobrellevar, yo... jo Gabrielle... los quería tanto que... –se me truncó la voz sin consultarme y un sollozo involuntario abandonó mi garganta.
-Ya, ya... –me estrechaste con fuerza entre tus brazos, de nuevo besando mi frente- Ya, mi vida, ya pasó...
Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando lloré todo el dolor que me carcomía por dentro, cuando te abrí en todos los sentidos mi corazón y te hice sabedora de la angustia y desazón que me lo habían achicado. También te confesé que en ocasiones el desamparo se apoderaba de mí y una agonizante pena me hacía temerosa y desconfiada. No soportaba pensar que todos aquellos a los que yo amaba, en un momento u otro, todos y cada uno de ellos acababan abandonándome. Así que no me permitía sentir más allá de lo natural por nadie en especial, puesto que la congoja de que me dejara acababa siendo mucho más fuerte y poderosa que el afecto.. o posible afecto que acabara cogiéndole. Entre gimoteos y jadeos también te confesé lo arrepentida que estaba de haberte hecho vivir momentos en los que precisamente mis temores me hacían pensar que sería insoportable tu perdida, la cual ya conocía con demasiada intensidad.
Tú, junto con mis padres biológicos y mis tíos, me habías abandonado, aunque supiera que no fue así, que si alguien se marchó, fui yo. Cuando volviste a entrar en mi vida me alegré tantísimo como asusté porque no controlaba mi amor por ti, no podía, como tantas veces hice con millones de personas, acallar mis sentimientos y decirles que no fueran más allá, puesto que bien podías irte como lo hicieron los demás.
-Nunca, ¿me oyes? –llorosa igual que yo, me miraste desde lo más profundo de tu corazón- Nunca voy a dejarte. Nunca.
Estuvimos abrazadas un pequeña eternidad, simplemente tratando de tranquilizarnos y asimilar todo lo hablado. Y al fin, entre tus brazos y con tu aliento calentando dulcemente mi oreja, sentí que estaba en paz conmigo misma, que me invadió toda esa paz que sólo tu amor por mí me presentó y el mío por ti me dejó conocer.
-¿Sabes? –empecé a decir casi ausente- Ha sido la peor de las olimpiadas...
-¿El qué?
-Mi vida... –respondí volviendo a mirarte- Han habido tantas pruebas que superar, tantos obstáculos, tantas zancadillas, tantos momentos de desaliento creyendo que no tenía más fuerzas para continuar que... –resoplé algo abatida- Ha sido duro, pero gracias a Dios,... o bueno, a Afrodita...- sonreí-... ayer llegué a la meta, ahora toca disfrutar mi premio, je...! –te miré, estoy segura, con los ojos brillantes de alegría y sin dudarlo dos veces me dispuse a corroborar mis palabras al besarte.
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Afrodita:
Aquella noche, en la majestuosa (como debe ser y se merece una diosa como yo) mansión que me hice hacer en las afueras de New York, me estaba dando yo uno de esos esplendorosos y relajantes baños de espuma. Una copa de champagne me acompañaba junto con un poco de música céltica. No sé muy bien porqué pero esa clase de música me llegó a realmente encantar a fuerza de escuchársela a Mary.
Recuerdo que, disfrutando de la sedosidad de mi exquisita piel, me estaba yo enjabonando las piernas, estirándolas todo lo largo que eran y sin poder evitar admirarlas. Y así me hubiera pasado casi toda la noche si no me hubieran sobrevenido tan fuertes vibraciones de Gabrielle y unas muy agitadas y confusas por parte de Xena.
Me levanté y traté de secarme lo más rápido posible, pero enseguida atoré cualquier actividad y chasqueé mis dedos. Al instante siguiente ya estaba igual de radiante que siempre y dispuesta ha hacerles una visitilla a mis amigas preferidas.
Mary:
Eran sobre las doce y media de la noche cuando el teléfono sonó y, para mi propio pasmo, fue mi hija Helen quien me lo aproximó. Había empezado a torcerse el día por la tarde y había acabado siendo uno de esos tormentosos que tanto la asustaban. Así que vino a dormir con Jack y conmigo.
Al responder, reconocí de inmediato la voz de Xena. Estaba muy nerviosa y alterada, me costó muchísimo entender lo que trataba casi de gritarme a la desesperada. Pero en cuanto lo hice pegué un salto y me vestí como un rayo dando voces a mi marido para que se despertara y fuera al garaje a coger el coche mientras yo me ocupaba de Helen y de Dan, mi hijo pequeño de apenas 2 añitos, que dormía plácidamente en la cuna que situamos a los pies de nuestra cama.
Tom:
Yo estaba de juerga, con los amigos. Bueno, en realidad, estaba en una especie despedida de solteros. Un amigo de toda la vida se casaba con... eerr... en fin, con otro amigo. Así que ya me tenéis a mí en un club nocturno gay, viendo como un policía, un bombero, un indio y un fontanero hacían un estriptis única y exclusivamente para mi amigo.
La fiesta estaba resultando divertidísima, la verdad, para qué engañarnos... Hasta me atreví a ponerle un dólar en el cinturón del policía, fíjate tú. Y justo al volver a sentarme, sentí mi móvil vibrar en el bolsillo de mi camisa. Era un mensaje de Tom, diciéndome que fuera volando a recogerle a su casa porque el coche se le calaba cada dos por tres y no podía avanzar más de un par de metros seguidos.
Me extrañé, pero acaté ordenes sin mediar mayor palabra. El mensaje resultaba cortante, seco, un imperativo que llevar a cabo sin derecho a rechistar. Lo comprendería todo cuando al llegar a la casa de los Owel, Helen me abrió la puerta y me anunció lo que en ningún momento esperaba. Patidifuso, sólo atiné a cogerla en brazos y colocarla en los asientos posteriores de mi coche y a volver corriendo hacia la casa para gritarles a los Owel que se dieran prisa.
Afrodita:
Me extrañó no encontrarlas en casa a esas horas de la noche. Me resistí a creer que habían salido en el avanzado estado que se encontraba Gabrielle, y menos por como estaba la casa. El dormitorio estaba hecho una jungla de ropa, parecía como si lo hubiera arrullado un huracán, o qué sé yo. En el comedor había leche derramada por el suelo, y mucha comida roída, a medio comer.
Cogí la mitad de un bocata de mortadela a medio terminar y me dispuse a devorarlo, era otra de mis debilidades... Me encogí de hombros mirándolo todo un tanto contrariada y chasqueé los dedos para que me llevasen en el lugar exacto donde estaban Xena y Gabrielle.
Mary:
Llegamos al hospital media hora más tarde de la llamada de Xena, y como el pelotón que habíamos formado, avasallamos a la recepcionista para que nos informara de si una tal Emma Vincent había sido recientemente ingresada.
Hablo en mano de todos cuando nos respondió, sonriente, que estaba ingresada y siendo “tratada” que a todos nos dio un vuelco el corazón. Helen fue la que reaccionó antes y dio un gritillo de alegría, despertándonos a los demás del trance que las sosegadas pero impactantes palabras de aquella recepcionista nos habían sometido.
Tom volvió a coger a mi hija mayor en brazos y, a la carrera hacia el ascensor, nos chilló que nos diéramos prisa.
Tom:
En la sala de espera nos encontramos con una alegre aunque soñolienta Eva y con Afrodita, que miraba, ausente, un punto indefinido de la pared. La saludamos y casi tenemos que sacudirla para que volviera en sí. Nos explicó que había querido ir junto a Xena y Gabrielle y que de golpe y porrazo se había encontrado delante de las piernas abiertas de Gabrielle ensangrentadas.
Le pregunté si estaba bien, si sabía algo más, no sé, cualquier cosa. Pero estaba demasiado ida como para llegar a entender ni lo que le estaba diciendo. Rodé los ojos y todos la dejamos por imposible mientras empezábamos a charlar y a compartir cómo nos habíamos enterado de la noticia cada uno de nosotros.
El corazón me iba a mil y más cuando pensaba que, en parte, también iba a venir al mundo sangre de mi sangre.
Afrodita:
Nunca, nunca se me va a olvidar lo que esa noche, a la una menos cuarto de la madrugada, mis ojos tuvieron que ver y mi mente asimilar. Paralizada por lo inesperado, tragué dolorosamente saliva y enfoqué la visión hacia mi derecha. Xena sujetaba la mano de Gabrielle diciéndole no sé muy bien el qué, mientras que con la otra secaba el sudor de su frente.
Había hombres con bata azul por todas partes, incluso Xena iba igual. Gabrielle, en cambio, sólo llevaba puesta una especie de camisa blanca. Respiraba con dificultad y parecía como si le costara horrores eso de sacar aire para luego volver a inspirarlo. Xena, extrañamente, también hacía lo mismo, sólo que ella no estaba tumbada en una camilla, con las piernas dobladas y separadas y sangrando lo que me pareció verdaderamente alarmante.
Tambaleante y medio atontada, empecé a caminar hacia el lado izquierdo de la camilla para poder ver mejor a Gabrielle. Ninguna de las dos me vio. En realidad, nadie pareció advertir mi presencia. Hacía mucho esfuerzo, contraía su enorme vientre mientras agarraba con más fuerza la mano de Xena, quien, también inexplicablemente, parecía hacer esfuerzos junto a Gabrielle.
-¡Ya viene! –chilló de repente uno de esos hombres azulados, el cual no se separaba de entre las piernas de Gabrielle -¡Vamos, empuja un poco más, bonita, que ya está aquí!
No lo entendí muy bien, pero Gabrielle acató ordenes y apretó tantísimo que se le marcaron todas las venas del cuello y se le puso la cara tan roja que hasta pareció hervirle. Lloraba, parecía estar sufriendo una barbaridad y, en medio del caos que de pronto formaron todos esos pitufos en bata, escuché un llanto quebrado que me llegó hasta el alma.
Creo que desde ese día, aun estoy más sorda de lo normal...
Mary:
Hasta las tres de la madrugada nos tuvieron esperando. Pero en cuanto nos anunciaron que ya podíamos entrar y visitar a las pacientes no tardamos ni medio segundo en aporrear sin miramientos la puerta 306 de la planta de maternidad. Un aroma familiar me hizo inspirar con deleite al abrir la puerta. Y una estampa que me pareció simplemente entrañable me hizo empezar a llorar como una magdalena.
Lo habían conseguido...
Doceava
parte
Autora: Lane
Autora: Lane
Hay vidas redondas, perfectas. Cerradas y concluyentes en un ciclo, un círculo, perfecto y redondo. Cada vivencia, cada sufrimiento, cada alegría, cada penar, cada lágrima y cada carcajada forman parte de esa mágica aureola que envuelve esas vidas casi mágicas, destinadas a marcar, a dejar huella, a convertirse en mitos a los que admirar y en modelos a los que seguir.
Si Dios existiera estoy segura que las habría escrito, rodeado de sus más confidentes musas, con su mejor pluma, acariciando con ella un fino lienzo de papel blanco radiante mientras dejaba fluir por entre sus habilidoso dedos de bardo esas vidas en perfiladas y estilizadas palabras doradas, gravándose en oro en la nada y en el todo. Luego, muy lentamente y con sumo cuidado, enrollaría el frágil pergamino, lo ataría con un lazo rojo pasión, tan sedoso como resbaladizo, y lo guardaría en el baúl de las ensoñaciones, tan increíbles y fantásticas a veces como angostas y sentenciosas en otras. Y después de suspirar con satisfacción por su creación, cerraría el baúl con la llave de la esperanza e ilusión, deseando que guardara para la posteridad su pequeño gran tesoro hecho vida.
Yo tuve la gran dicha de conocer no a una si no a dos de esas casi imposibles y magnánimas vidas. Conocí primero a sus almas mellizas quienes, poco a poco y con voz sosegada, me irían contando como forjaron los hilos de la red de sus vidas y tejieron los firmes lazos que unirían sus corazones. De inmediato me confesé fascinada por lo admirables y loables que fueron sus actos, y maravillada y emocionada cuando me hicieron sabedora del amor que las unió en su día. No usaron muchas palabras, bastó con cerrar los ojos y escuchar atentamente. Un suave y casi inaudible sonido, que me pareció una dulce nana murmurada, precedía el susurro de sus voces relatantes. Ese sonido, aunque al principio no me di cuenta, era el lento pero firme palpitar de su amor, impregnando cualquiera de sus actos, palabras, sonrisas y miradas. Me conmovió de tal manera la primera vez que mi corazón latió con arrebato por haberse percatado de aquel ronco aunque incesable palpitar que tuve que llevarme una mano al pecho y otra a la boca, incapaz de no sollozar.
Si dijera que las he admirado mentiría, puesto que en realidad las he adorado y hasta venerado. Y me di cuenta una noche, tumbada en mi cama mirando el cielo estrellado por mi ventana, cuando las oí discutir por vez primera. Lo hacían por mí, porqué había obrado mal y fueron incapaces de ponerme un castigo que redimiera con suficiencia mis mal obrados actos. Una decía que no merecía una riña de adulto, puesto que no lo era y no pensaba como tal. La otra replicaba que no se me podía permitir lo que había hecho y que tenía que empezar a asumir y ser conciente de las consecuencias de mis actos.
Salí de mi habitación a su encuentro en camisola, despeinada y con la cara empapada de llanto ardiente y desgarrado. Me acerqué muy lentamente al salón y me senté tras el gran sillón donde ellas estaban sentadas. Fui incapaz de, aunque me lo impuse, ahogar un gemido de desaliento oyéndolas discrepar. Cuando alcé la cabeza ya me estaban mirando desde arriba las dos con igual sentimiento. Una me levantó hasta sentarme en su regazo y la otra secó con sus cálidos dedos mis lágrimas. Abrumada y atormentada como estaba por mi gran sentimiento de culpa, no pude más que aferrarme a la que me había cogido y suplicarles a las dos que no se pelearan, que no lo volvería a hacer nunca más, pero que no discutieran. Mientras una me frotaba la espalda con sosiego y amor, la otra me devolvía el abrazo mientras me hablaba muy suavemente. Me explicó que no estaban discutiendo y mucho menos peleando, sino tratando de ponerse de acuerdo para darme una lección, para labrarme una buena educación y así no cometer el mismo error dos veces. Entonces habló la otra, tan dulcemente como lo hizo la primera, y me dijo que, en cierto modo, era normal hacer cosas malas a mi temprana edad, porque si no conocía el mal no podría saber qué era el bien. Que ellas sólo trataban de guiarme en ese aprendizaje señalándome con ahínco lo que estaba mal y felicitándome cuando yo misma reconocía el bien.
Ese día, en ese preciso instante, comprendí que nunca discutirían o se pelearían. Supe que simplemente nunca lo podrían hacer ni conseguir, ni aunque se lo propusieran. Que por muchas adversidades y obstáculos que las hicieran enfrentar, ellas siempre seguirían juntas y cogidas de la mano. Su sabiduría, su templanza, ese vínculo inquebrantable y poderoso que unía los hilos de sus vidas, su capacidad de comprensión casi infinita y su brillante e incandescente amor, aquella noche, en ese salón, abrazada a una de ellas y consolada en una dulce caricia en mi espalda de la otra, me traspasaron como un rallo el pecho y me mostraron como una aparición divina lo bellos y fantásticos que eran sus seres, sus almas y sus corazones.
Mis madres, las dos, son imprescindibles en mi corta, temprana aunque ya muy exprimida vida. Junto a mi hermana mayor y mis allegados tíos y parientes, he vivido todas mis experiencias, malos tragos, diversiones e incluso chascos infantiles. Me he sentido arropada y tremendamente protegida al mismo tiempo que, sin exagerar, el bebé, la niña y la adolescente más querida de la faz de la Tierra. Pero junto a mis madres, hoy ya ancianas venerables e inevitablemente entrañables, he vivido el resplandor de un amor que, sin dudarlo, se me ha antojado eterno y, para mí, inabarcable. Junto a mis dos progenitoras, en mi inocencia y mas adelante en mi madurez, he vivido los mejores y mas tiernos y memorables años, vivencias y momentos de mi existir. Junto a ellas, yo, Esperanza Phantom Vincent (o a la inversa) he sido y, estoy segura, siempre seré, me hallaré, descubriré y confesaré completa y absolutamente feliz...
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