lunes

21


Capítulo 21
Había llegado el momento. El grito ahogado de dolor que le
arrancó la segunda contracción llegó a los tres minutos de la
anterior y Liz alargó la mano hacia Casey, que se despertó de
inmediato.
—¿Ya? —exclamó Casey, echando un vistazo al reloj de la
mesilla de noche.
Si las miradas mataran, Casey habría caído fulminada al instante.
—No creo que al bebé le importe la hora que sea —siseó, con
los dientes apretados.
—¿Cada cuánto son? —quiso saber Casey, al tiempo que se
vestía a toda velocidad. Al ponerse los tejanos se tropezó y se fue
de bruces al suelo—. ¡Joder!
Liz puso los ojos en blanco.
—Casey, lo último que necesito ahora es tener que llevarte a
urgencias.
Dejó escapar un suspiro cuando el dolor de la contracción
disminuyó. Casey se levantó y se subió la cremallera de los tejanos
antes de encender la luz. Entonces cogió el teléfono y llamó a Niles.
—Niles... ya viene. Sí, ahora. Vale... llama a mi abuela. —Colgó
el teléfono sin más—. Niles y Brian estarán aquí en diez minutos.
Ayer estuvimos planeando la ruta que debían seguir.
Liz intentó burlarse de los preparativos de Casey, pero la
siguiente contracción transformó su sonrisa en una mueca de dolor.
Casey corrió a su lado y se arrodilló junto a ella.
—Vale, voy a llamar a la doctora Haines.
Marcó el número.
—Doctora Haines... Sí... Es la hora... Tres minutos... Sí, sí. De
acuerdo —dijo, y respiró hondo, como al parecer le había
recomendado.
Liz gritó.
—Salimos en cinco minutos —informó Casey a la doctora.
—¡Casey! —gimió Liz, estirando la mano.
Casey se agachó a su lado de nuevo y le cogió la mano.
—Muy bien, vamos a vestirte.
—Cariño, está bien. Solo pásame las zapatillas.
—¿Zapatillas? ¿Dónde?
Casey se puso muy nerviosa y empezó a buscarlas
frenéticamente por debajo de la cama. Mientras, Liz se incorporó
con mucho esfuerzo y, justo cuando lograba sentarse al borde de la
cama, Casey salió de mirar debajo y le dio un cabezazo en la
mejilla.
—Joder, cariño, ¡lo siento mucho! —gruñó Casey, frotándose la
cabeza.
Liz se llevó la mano a la mejilla.
—No pasa nada, Casey, cálmate antes de que te desmayes —le
recomendó Liz, pese al dolor de las contracciones—. Casey, ay
Dios. —¿Qué pasa? —preguntó Casey, histérica.
La súbita cascada de fluido que le resbaló entre las piernas a Liz
la dejó estupefacta.
—Por los clavos de Cristo, ¿qué...?
—Creo que he roto aguas, cielo.
—¿Tus aguas? —chilló Casey—. ¿Dónde cojones está Niles?
Liz alargó la mano y Casey se apresuró a agarrársela otra vez,
con los ojos desorbitados y cara de preocupación.
—Cariño, respira hondo.
Casey inspiró unas cuantas veces hasta rozar la hiperventilación y
se tambaleó un instante cuando la sangre volvió a subirle a la
cabeza.
—Ahora, cielo, me encanta tu cuerpo, pero quizá deberías
ponerte una camisa.
Casey se miró, semidesnuda, y torció el gesto antes de agarrar
un jersey, metérselo por la cabeza y, finalmente, calzarse los
zapatos. En ese momento llamaron a la puerta.
—No te muevas —le dijo a Liz.
Corrió a abrirles la puerta a Niles y a Brian.
—Muy bien, vosotros dos os quedáis con Skye —anunció
Casey, le quitó las llaves a Niles y volvió con Liz como alma que
lleva el diablo.
—¡Hola! —le gritó Niles a la atribulada mujer.
Brian se rio y se quitó el abrigo.
—Os llamaré cuando podáis traer a Skye —les dijo Casey por
encima del hombro mientras ayudaba a Liz a salir.
—¿Habéis llamado a Meredith? —preguntó Liz, mientras se
ponía el abrigo y apretaba la mandíbula contra el dolor.
—Sí, no te preocupes. Viene enseguida, y luego iremos todos al
hospital —la tranquilizó Niles, y le dio un beso en la mejilla—.
Buena suerte, Liz. No con el bebé, sino con esta —señaló a Casey,
que estaba de los nervios.
Liz se rio.
—Decidle a Skye que la queremos. Tráemela luego, Niles —
pidió Liz, mientras Casey la hacía salir, con ternura, pero con
firmeza.
—Casey, por favor, que no nos multen. Estoy bien, tenemos mucho
tiempo —pidió Liz, con el rostro desencajado.
La mujer que amaba condujo como una loca por las oscuras
calles de Chicago. Ante la entrada de urgencias, frenó derrapando,
y cuando fue a salir del coche, se olvidó de que llevaba puesto el
cinturón de seguridad. La marca del tirón que le dejó en el cuello le
duraría varios días. Por el momento se limitó a gruñir de dolor y a
manosear el enganche traidor para liberarse, pero sin éxito.
—¡Por amor de Dios! —rugió, furiosa.
A punto estuvo de arrancar el cinturón entero de la puerta del
coche.
—Casey, cariño, por favor —le suplicó Liz entre contracciones.
—Estoy bien —graznó Casey, estirando el cuello.
Corrió al interior del hospital y se hizo con una silla de ruedas,
con la que intentó estúpidamente pasar por las puertas giratorias y
se quedó encallada. Buscó a Liz con la mirada, oyó sus gritos
amortiguados desde el coche y retrocedió con la silla.
—¡Estúpidas puertas de mierda! —gritó, y se dirigió a la puerta
automática.
En cuanto se abrió, se plantó delante de Liz en un abrir y cerrar
de ojos para ayudarla a sentarse. Enseguida la metió en el hospital
en la silla de ruedas, a través de las puertas automáticas.
—Casey, cariño, frena —pidió Liz, aquejada de una nueva
contracción.
Casey llevó la silla y a su ocupante ante el puesto de enfermeras.
La más mayor sonrió a Liz.
—¿El bebé ya llega? —se interesó. Entonces se fijó en la marca
enrojecida que Casey tenía en el cuello—. ¿Qué ha pasado?
Liz agitó una mano para descartar la cuestión.
—Hemos tenido una experiencia cercana a la muerte al salir del
coche.
Casey puso los ojos en blanco mientras la enfermera se echaba a
reír y les pasaba los formularios que debían completar.
—¿Es que nadie va a preocuparse de lo que toca? —gimió
Casey.
—Es peor que un hombre —comentó la enfermera, con un guiño
hacia Liz.
Le dejó un bolígrafo a Casey y esta rellenó los papeles en menos
que canta un gallo.
—La doctora Haines ha llamado: está de camino. Vamos a
prepararla. Venga, mami —la animó la enfermera.
Casey se quedó quieta, hasta que Liz levantó la mirada y le cogió
la mano.
—Casey, cariño, te habla a ti.
—Oh —pestañeó Casey—. Oh —repitió, como si acabara de
entender la teoría de la relatividad.
Así que las siguió por el pasillo.
Dos horas después, Liz estaba en la camilla ginecológica con
estribos, sudando profusamente. Cada contracción le arrancaba un
chillido. Casey le sostenía la mano y le secaba el sudor de la frente.
—No pasa nada, mi vida.
—¿Y tú qué coño vas a saber? ¡El próximo lo tienes tú!
Horrorizada, Casey abrió desmesuradamente los ojos e hizo una
mueca cuando Liz le estrujó la mano. No tenía ni idea de que
aquella mujer tuviera tanta fuerza, pero lo cierto es que casi cayó de
rodillas. Justo en ese momento entró la doctora Haines, con una
sonrisa en los labios.
—Vaya, buenos días. ¿Cómo está la mamá?
—Estoy bien... —Casey calló cuando Liz la fulminó con la
mirada—. Ah.
La doctora se rio y procedió a examinar a Liz.
—Muy bien, estás dilatando perfectamente, Liz —le dijo, y le
tomó la presión.
Casey fue la que se dio cuenta de que fruncía el ceño, ya que Liz
estaba demasiado ocupada con las contracciones.
—Muy bien, Liz. Tienes la presión un poco baja, pequeña. La
iremos controlando, ¿vale? —le dijo con un guiño.
Impotente, Casey solo pudo ser testigo de los quejidos de Liz,
que intentaba no gritar con cada contracción.
—Lo estás haciendo muy bien, Liz. Ahora respiraciones cortas y
empuja...
Liz obedeció y dejó escapar un grito al empujar. Casey le apretó
la mano y le ofreció palabras de aliento.
—Empuja, cariño —la animó.
Liz asintió y volvió a empujar. La doctora Haines levantó la
mirada para vigilar la presión sanguínea, pero de repente Liz se
desplomó sobre la almohada, blanca como el papel.
—Muy bien, nos la llevamos a quirófano.
Casey se quedó donde estaba, sin saber cómo reaccionar.
—¿Cómo?
—Casey, le está bajando mucho la tensión. Solo es para
asegurarnos de que todo vaya bien. Espera fuera. Iré a buscarte
luego.
—¿Pero está...? —croó Casey.
Liz gemía y le agarraba la mano con todas sus fuerzas.
—Estará bien. Ahora dale un beso y sal de aquí —le ordenó la
doctora Haines.
Casey le dio un beso rápido, sin soltarle la mano.
—Liz, mi amor. Te quiero. Estaré fuera. Por favor... —Se
detuvo e inspiró hondo.
Liz alzó la mano y le acarició la mejilla.
—Va a ser niña —sonrió.
Casey le devolvió la sonrisa y le dio un largo beso.
—Te quiero. Díselo a Skye... —le dijo en un susurro.
Casey la vio desaparecer tras las puertas del quirófano, con el
corazón en un puño.
Meredith se reunió con Casey en la sala de espera, con Skye en
brazos. Niles y Brian les pisaban los talones. En cuanto dejó a la
niña en el suelo, Skye corrió a los brazos de Casey.
—¡Cafey! —la llamó.
La pianista la levantó en volandas, la abrazó con fuerza y se echó
a llorar. Niles le puso una mano en el hombro.
—Tienes mal aspecto.
—¿Mamá tene bebé? —preguntó Skye.
Casey negó con la cabeza.
—Todavía no, cariño. Pero pronto —logró decir sin sollozar.
Meredith acudió junto a su nieta.
—¿Qué pasa?
—Tenía la presión baja. Está en quirófano. La doctora Haines
no quiere correr riesgos —le explicó a su abuela, con los ojos
anegados en lágrimas.
Meredith abrió los brazos y Casey se refugió entre ellos y sollozó
en silencio contra su pecho.
—No puede morirse, abuela. Ahora no, no puede...
—No se va a morir, no digas eso —le susurró Meredith, y la
apartó un poco—. Liz tiene muchas razones para vivir, Casey.
Casey no pudo contener las lágrimas y se secó los ojos. Al otro
lado de la sala de espera, Brian y Niles jugaban con Skye.
—Vamos a dar un paseo —le dijo Meredith, cogiéndose del
brazo de su nieta.
Caminaron por el pasillo hasta las puertas de la capilla. Casey las
contempló, inexpresiva, y luego miró a su abuela.
—Hace siglos que no piso una iglesia.
Meredith le sonrió, con los azules ojos brillantes de lágrimas.
—A Él no le importa —le dijo, y le dio un suave empujón hacia
la puerta.
Casey entró, y el ensordecedor silencio la golpeó como un
martillo. Se sentó en el último banco, al fondo de la capilla, y
contempló el crucifijo sobre el pequeño altar. Entonces se arrodilló
y murmuró:
—Espero que mi abuela tenga razón y no Te importe. Por favor,
Dios, no me la quites. Tus ángeles me la enviaron y ni siquiera
hemos empezado a vivir... Te lo suplico —rogó Casey, con las
manos unidas en oración. Con un sollozo desgarrador, hundió el
rostro entre las manos—. Julie... —susurró—. Por favor, ayúdanos
si puedes. Tú nos uniste. Por favor...
Dejó escapar un nuevo sollozo y se irguió. Al cabo de unos
minutos, se sentía emocionalmente exhausta. Oyó el crujido de las
puertas al abrirse y Skye asomó la cabeza al interior.
—¿Cafey?
Casey se volvió y vio que su abuela le había traído a Skye.
Meredith le guiñó un ojo y la dejó a solas con la niña.
—Ven aquí, pitufa.
Skye corrió hacia ella y Casey la sentó a su lado en el banco.
—¿Qué haces, Cafey?
—Rezo.
Skye estudió el altar con el ceño fruncido.
—¿Como antes de dormir?
—Sí, cielo —asintió Casey, tratando desesperadamente de
contener el llanto.
Las dos permanecieron sentadas en silencio, la una al lado de la
otra. Aunque Casey tenía los ojos cerrados, notaba que Skye la
observaba. Al abrir los ojos, Skye estaba haciendo precisamente
eso. —¿Rezas por dentro, Cafey?
A Cafey le tembló la barbilla al contestar.
—Sí, cariño.
—Yo también —afirmó Skye, y cerró los ojos.
—Recemos por mamá y por el bebé.
—Vale, Cafey.
Al cabo de un rato, Skye le tiró de la manga.
—¿Ya estás? Tengo caca.
Casey escrutó el inocente rostro de Skye y se echó a reír.
Estrechó a la pequeña entre sus brazos con mucha fuerza, hasta que
Skye gimió.
—Cafey, caca.
Casey paseaba de un lado para otro de la sala de espera, mientras
Meredith veía la televisión con Skye. Brian y Niles habían ido a por
café y, cuando volvieron, Niles le pasó una taza humeante a Casey.
—¿Alguna novedad? —se interesó Brian.
Casey, que estaba perdiendo la paciencia, negó con la cabeza.
—Ya hace más de dos horas.
—Casey, si Liz estuviera teniendo un parto natural, es posible
que tardara todavía más.
—Lo sé, lo sé —dijo Casey, sin dejar de caminar.
Al final se sentó y dio un trago de café. Justo en ese momento
apareció la doctora Haines, y Casey se tiró el café encima al
ponerse de pie de golpe.
—¿Cómo está?
—Está bien. El bebé está bien. Felicidades, mami. Es una niña.
Casey se tapó la cara con las manos y se echó a llorar, con Brian
y Niles a lado y lado y Skye aferrada a su pierna. Meredith parecía
a punto de desmayarse.
—Está muy cansada. Va a tener que quedarse ingresada un día,
solo para controlarle la tensión. Es una mujer muy fuerte. No me ha
dejado hacerle cesárea, pero hemos estado cerca. La niña está
bien, tiene sus diez dedos en las manos y en los pies. La tenemos en
observación, pero las dos están perfectamente —les dijo con un
guiño—. Vosotras dos podéis subir.
Casey entró en la habitación con Skye de la mano y Liz les sonrió
de oreja a oreja.
—Pareces agotada, estás pálida y eres absolutamente preciosa
—la saludó Casey.
Skye estiró los bracitos hacia su madre y Casey la levantó en
brazos por encima de la baranda de la cama, para que le diera un
beso.
—Hola, mamá. ¿Pupa?
—No, pastelito. Mamá solo está un poco cansada. Tienes una
hermanita, Skye.
Casey la dejó en el suelo y Skye las miró a ambas.
—Hola, mami —le susurró Liz a Casey, cuya mirada seguía
siendo indefinida y estupefacta—. Estoy bien, Casey. Tenemos una
niña.
Casey no pudo evitarlo: apoyó la cabeza sobre el pecho de Liz y
lloró, mientras esta le acariciaba el pelo cariñosamente.
—Mamá, Cafey llora —se lamentó Skye.
Liz le sonrió a su hija.
—No pasa nada, pastelito, es que está contenta —le explicó,
mientras abrazaba a la otra mujer—. Acaba de darse cuenta de que
lo del embarazo ha ido en serio —le susurró con afecto, y la besó
en el oscuro cabello.
Cuando Casey dejó de berrear, Liz aventuró:
—¿Qué te parece Tara?
—¿Tara? Mmm, vale —se mostró de acuerdo Casey, sorbiendo
las lágrimas.
—Skye significa Cielo, ¿así que por qué no tener también la
Tierra?
Casey no pudo contener las lágrimas y volvió a echarse a llorar
en brazos de Liz. Justo en ese momento apareció la enfermera, que
anunció:
—Tenemos a una pequeña visitante y tiene hambre.
Skye se puso a dar saltos y Casey pestañeó, sin poder apartar
los ojos del pequeño bulto que llevaba la enfermera en brazos.
—Qué suerte tiene esta bebita, con sus dos mamás... —comentó
la enfermera.
Le entrego el bebé a Liz, que la acunó instintivamente.
—Es tu primera, así que te enseñaré a darle el pecho...
La enfermera calló y arqueó una ceja, porque la pequeña Tara
ya había encontrado el pecho de Liz y mamába plácidamente. Liz
esbozó una amplia sonrisa, mientras Casey las admiraba, llena de
asombro. Entonces la enfermera se rio.
—Supongo que no me necesitarás. Si la notas inquieta, cambia
de lado. A veces un lado le va mejor que otro.
Liz levantó la mirada hacia la atónita Casey y le sonrió.
—Está aquí —exclamó.
Las dos mujeres soltaron una risita y Casey alargó la mano y le
acarició la cabeza a la pequeña.
—Es tan diminuta... —musitó—. Y yo estoy... —hizo una pausa
y sonrió—... celosa.
Liz se puso muy colorada y disimuló una sonrisa. Entonces
Casey miró a su alrededor y vio que Skye observaba ceñuda a la
nueva incorporación, con los brazos cruzados en gesto desafiante.
Le dio un golpecito a Liz en el brazo, que también miró a Skye.
—Oh, oh... —murmuró—. Eh, pastelito, ven a decirle hola a
Tara, tu nueva hermanita.
—No —dijo Skye con un puchero.
Casey levantó una ceja.
«¿Y ahora qué?»
Miró a Liz, que se encogió de hombros, como queriendo decir:
«Te toca». Casey se sentó y trató de subir a Skye a su regazo, pero
la niña se zafó de ella y se quedó junto a la puerta.
—¿Qué pasa, pitufa? —le preguntó Casey—. Cuéntamelo,
tesoro.
A Skye le tembló la barbilla.
—Tada tene dos mamás. No justo —lloró.
Casey y Liz cruzaron una mirada de sorpresa, ya que no habían
previsto aquel tipo de reacción.
—Yo también quero dos mamás —declaró Skye.
Liz se sorprendió de lo mucho que había crecido en los últimos
cuatro meses. Enarcó una ceja y Casey parpadeó.
«¿Qué vas a hacer ahora, Bennett?»
—Pitufa, ven aquí, por favor —pidió Casey, abriendo los
brazos.
Skye se le acercó despacio, sin descruzar los brazos.
—Lo siento, cariño.
—No justo, Cafey —afirmó Skye, con vocecilla triste.
Liz fingió no prestarles atención mientras le daba el pecho a
Tara, ya que aquel era un problema que tenía que solucionar
Casey.
—Lo sé. ¿Me quieres a mí? Quiero decir, ya tienes a tu mamá.
—Si Tada tene dos mamás, ¿po qué yo no?
—No se me ocurre ninguna razón, es verdad. Si tu hermana
puede tener dos mamás, tú también. Me encantaría ser tu mami. Te
quiero mucho. Quiero a tu mamá y a la pequeña Tara. Somos una
familia, pitufa. Nunca os dejaré y siempre estaremos juntas. ¿Qué
te parece? —preguntó Casey, con un nudo en la garganta.
Skye saltó a su regazo y Casey la abrazó con un gemido.
—¿Todavía eres Cafey?
—Sí, pitufa. Siempre seré Casey y tu mami.
Después de que Meredith y los chicos pasaran a verla, Liz estaba
agotada, así que Meredith se llevó a Skye a casa y dejó a Casey y
a Liz solas al fin. Sentada al borde de la cama, Casey le sostuvo la
mano a Liz.
—Bueno, ha ido bien.
—Es un poco confuso para la pobre niña, pero sí, creo que lo he
gestionado muy bien —asintió Casey, satisfecha de su primera
aportación a la maternidad.
—Así es. Estoy orgullosa de ti, mami —le sonrió Liz.
La enfermera regresó con Tara.
—Hora de otra toma.
Liz cogió a Tara y la sostuvo contra su pecho. Casey seguía
maravillada ante la imagen.
—No tengo palabras. Te quiero y te admiro tantísimo por haber
tenido a este bebé... —le dijo, y le acarició el pequeño remolino de
pelo de la cabeza al bebé—. Me preocupaste, Liz.
Esta levantó la mirada.
—Estamos bien.
—Lo sé. Sencillamente no sé qué haría sin ti.
—Casey —empezó Liz. Tara dejó escapar un gimoteo, y Liz se
la apartó del pecho y se la tumbó encima—. Tenemos una vida muy
larga por delante, cariño. Tú y yo, con Skye y con Tara.
Casey sonrió y asintió, al tiempo que Liz le dedicaba una mirada
retadora.
—¿Quieres cogerla?
Casey se envaró de golpe, abrió unos ojos como platos y se
puso blanca.
—Es muy pequeña.
—No pasa nada. Sencillamente, que no se te caiga —le dijo Liz,
levantando a Tara.
La niña estaba profundamente dormida. Casey se pasó las
manos por el pelo y luego se secó el sudor de las palmas en la
pernera del pantalón.
—Ay, Dios, me sudan las manos.
Agarró al bultito con mucho cuidado y la acunó en brazos.
—Cuidado con la cabeza.
Casey asintió y soltó una carcajada.
—No me puedo creer que tenga a tu bebé en brazos.
—Nuestro bebé —la corrigió Liz.
—Sí, nuestro bebé. —Casey besó a Tara en la frente—. A lo
mejor toca el piano.
Liz las observó juntas, sonriente.
—A lo mejor sí. Podrá ser lo que quiera ser.
Casey levantó la mirada y se le escapó una lágrima.
—Te quiero, Liz.
—Yo también te quiero, Casey.
Tara empezó a despertarse y se quejó otra vez.
—A lo mejor tiene hambre.
Le devolvió el bebé a su madre con cuidado y esta se la acercó
al pecho. Casey le dedicó una mirada curiosa y sensual.
—Esto de dar el pecho... —comentó, y se acercó unos
centímetros.
Liz se rio de buena gana.
Capítulo 22
Liz y Casey solían contemplar a Tara mientras dormía. Tenía ya
casi tres semanas y tanto ella como Liz se estaban acostumbrando a
la rutina. Habían trasladado la cuna a su habitación, porque una de
las tomas era en mitad de la noche. Cuando se despertaba, Casey
se levantaba a cogerla y se la llevaba a Liz.
—Esta es mi niña —le susurró Liz, y le besó la cabecita mientras
mamába ávidamente.
Casey se tumbó de lado para mirarlas.
—Eres una mujer muy buena, Liz. Te quiero muchísimo —
murmuró, y le dio un beso en la frente, aunque tardó un poco en
despegar los labios de su piel.
—Dios, Casey —gimió Liz—. Han sido tres semanas muy
largas.
—Lo sé —le dijo Casey.
Le acarició el hombro con cariño y luego le acarició la cabeza a
Tara, jugueteando con el remolino de pelo oscuro que tenía en la
coronilla.
—Me encanta jugar con su pelo.
Liz se rio y miró a Casey sin decir nada.
—¿Qué? —le preguntó Casey.
—Es que... me preguntaba... No hemos hablado mucho de
nosotras —dijo Liz.
—No, es verdad. ¿Qué te preocupa, cariño?
—Mi cuerpo se ha ido recuperando desde el parto y creo que
estoy volviendo a ser como... —calló, al notar que Tara se había
dormido.
Casey cogió a la niña con cuidado y la dejó en su cuna, en
donde la observó un momento antes de volver a la cama.
—Así que... lo que decías de tu cuerpo... —empezó Casey con
voz ronca.
Liz soltó una risilla nerviosa y se subió la manta hasta la barbilla.
Casey arqueó una ceja, pero no dijo nada.
—Necesito un poco de tiempo. Quiero que me encuentres
atractiva.
—Creo que eres preciosa.
A Liz le tembló la barbilla y ocultó el rostro entre las manos.
—Yo no me siento atractiva —farfulló—. Y me da miedo que
nuestra relación vaya a ser esto: dormir juntas y nada más.
Casey esbozó una sonrisa leve y le apartó las manos; los azules
ojos de Liz brillaban por las lágrimas y Casey le pasó el pulgar bajo
los ojos.
—Escúchame bien —le susurró—. Haremos el amor cuando
estés preparada. Yo sé de estas cosas.
Liz levantó una ceja.
—Sabes de estas cosas, ¿eh?
Casey se inclinó y la besó en el cuello, arrancándole un gemido.
—Sí. Hay un capítulo entero dedicado a la vida sexual después
del parto. No hay reglas ni plazos grabados en piedra —le
mordisqueó la tierna carne bajo los labios—. La autora instaba a
las parejas a darle a la madre todo el tiempo y el espacio del
mundo y hacer todo lo posible para que se sienta deseada —
susurró Casey contra su garganta—. Cumpliré mi palabra y
esperaré todo el tiempo que haga falta —le dijo, y levantó la mirada
—. ¿Cómo voy?
Liz se rio, azorada.
—Vas muy bien. Sigue leyendo.
A medida que se acercaba la Navidad, Skye estaba entusiasmada
con la llegada de Papá Noel. Meredith se reía al escuchar la lista de
Navidad de Skye. Cuando terminó de hacerla, la niña se metió en
su habitación a jugar y Meredith contempló a Liz recogiendo los
juguetes del comedor.
—Skye —la llamó Meredith—. Ven aquí, cariño, y recoge los
juguetes.
Skye salió corriendo y trató de llevarse todos los peluches a la
vez. —¿Tú qué quieres para Navidad, Liz? —se interesó Meredith,
mientras observaba a Skye de reojo hacer varios viajes al baúl de
sus juguetes.
Liz se encogió de hombros.
—No se me ocurre nada que necesite o que quiera. Mira mi
vida, Meredith. Tengo una familia y a una mujer que me quiere.
Liz se sentó en la merecedora, que ahora estaba más cerca de la
chimenea. A Meredith le gustaban los cambios que había hecho Liz
en la casa desde que se había mudado con Casey.
—Esto ya parece un verdadero hogar. Y eso es gracias a ti.
Liz se meció y echó un vistazo circular al apartamento.
—Gracias. Creo que a Casey también le gusta. Dice que le
recuerda a su cabaña.
—Tienes otra vez esa mirada. ¿Qué pasa?
—Dios, Meredith, nada. Soy muy feliz. Bueno, salvo por las
tomas de las dos de la madrugada.
Meredith se rio, pero no estaba dispuesta a dejar el tema.
—¿Y qué más?
Liz meneó la cabeza.
—No importa. Creo que tengo depresión posparto —rio—. Si
Casey estuviera aquí me diría en qué capítulo sale.
—¿Y dónde está esa cabeza hueca que tengo por nieta?
—Está en el estudio. Ha ido pasándose por allí durante estas dos
semanas, porque dice que tiene que arreglar algunas
composiciones. —Liz empezó a mecerse algo más deprisa, bajo la
atenta mirada de Meredith—. Aquí tiene un piano muy bueno, pero
ni lo ha tocado.
Meredith arrugó el ceño.
—¿Y lo que te preguntas es por qué tiene que ir al estudio? Te
preocupa que sea por Suzette.
Liz dejó de balancearse.
—Sí, y me odio por ello.
—¿Lo has hablado con Casey? Si no lo has hecho, ¿por qué
no? Ya sabes que con Casey hace falta una bomba para que hable
de cualquier cosa. La mitad de veces no se entera —sonrió—. Y lo
digo con todo el cariño.
Liz se echó a reír y se mostró de acuerdo.
—De verdad que no creo que Casey esté haciendo nada a mis
espaldas. Confío totalmente en ella. Es solo que ella y yo... Casey y
yo no...
—¿Tenéis sexo?
Liz se encogió sobre sí misma.
—¿Por qué suena tan horrible cuando lo dices tú?
—No lo sé. Mira, querida, ¿has hablado con Casey del tema?
—Sí, y está siendo fiel a su palabra.
—¿Que era...?
—Que esperaría a que yo estuviera preparada y no me
presionaría.
—¿Y qué hay de malo en eso?
—No lo sé —musitó Liz—. Supongo que nada.
Meredith entornó los ojos, sagaz.
—Ya veo, quieres que te coja en brazos y te tumbe de espaldas
en la cama.
Liz se encogió de hombros.
—¿Es malo eso?
—En absoluto. De hecho, es necesario. Pero, Liz... —le dijo
Meredith, echándose hacia delante—. ¿Ella cómo lo va a saber? Te
dijo que esperaría hasta que estuvieras preparada. Tienes que darle
alguna señal. Por amor del cielo, eres una mujer y eres muy
atractiva. Te has recuperado muy bien desde que has tenido a mi
segunda bisnieta. —Meredith hizo una pausa y sonrió—. Me
encanta decir eso.
Liz se levantó y se puso las manos en la barriga.
—Llevo tanto tiempo embarazada que no sé cómo actuar sin
estarlo. Mírame, Meredith. Aún estoy hinchadísima.
—Eso se pasará, lo sabes —le aseguró Meredith, con expresión
curiosa—. Aquí pasa algo más. Algo aparte del sexo.
Liz le dio la espalda y negó con la cabeza.
—Creerás que soy una puritana.
—Pruébame. Esto tengo que oírlo.
Liz se volvió hacia ella de nuevo y la sorprendió lo roja que se
estaba poniendo.
—No creo que Casey esté hecha para el matrimonio.
—Ah, ya veo. ¿Y necesitas que sea así?
Liz se encogió de hombros.
—No lo sé. Es que han pasado muchas cosas. Entre la muerte
de Julie, el nacimiento de Tara, Casey y yo enamorándonos contra
toda lógica... Y entonces va y me dice que solo sería madre si
estuviera casada, pero no ha vuelto a decirme una sola palabra del
tema. ¿Cómo crees que me hace sentir?
Meredith abrió la boca, pero Liz no le dio tiempo a intervenir.
—Pues te lo voy a decir. Me siento como una amante... ¡sin ni
siquiera tener sexo! —exclamó. Enseguida cerró los ojos para
calmarse—. Ya sé que estoy siendo irracional. Creía que, una vez
que tuviera a la niña, mis hormonas volverían a la normalidad. —Se
desplomó sobre la mecedora, abatida—. Supongo que no.
—Todavía hace muy poco del parto. No seas tan dura contigo
misma ni con Casey.
—Lo sé, tienes razón —rio Liz mirando a Meredith—. Diría que
te apetece beber algo.
—¡Ahora estás hablando! —le dijo Meredith—. ¿Qué planes
tenéis para Navidad?
—No lo hemos hablado, pero me encantaría pasar las fiestas
contigo y con los chicos.
—Díselo a Casey, a mí me parece bien —afirmó—. Y ahora,
¿qué decías de beber algo?
***
Casey estaba sentada al piano y tocaba con un lápiz detrás de la
oreja, cuando se le acercó Niles y le puso la mano en el hombro.
—Llevas dos horas, vete a casa.
Casey comprobó la hora en su reloj de pulsera.
—Ah, vaya por Dios. —Recogió las partituras y las metió en la
banqueta del piano—. No las toques.
Niles puso cara de ofendido.
—Vale, vale, mujer...
—Lo siento —se disculpó ella—. Pero lo digo en serio.
Niles puso los ojos en blanco y la echó del estudio.
En cuanto metió la llave en la cerradura de casa, Casey oyó a su
abuela reírse. Elevó los ojos al cielo y entró. Liz estaba en la cocina
y Meredith estaba con Tara en brazos, en la sala de estar, y levantó
la mirada cuando Casey entró por la puerta.
—Vaya, ¿dónde estabas?
—En el estudio. Estoy trabajando en una pieza. ¿Y Liz?
—Estoy en la cocina, Case.
Casey le dio un beso en la mejilla a su abuela y otro a Tara en la
frente.
—Y ahora ve a besar a tu esposa. Ah, espera. Que no es tu
esposa.
Casey la miró con incredulidad.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó por encima del
hombro, de camino a la cocina.
Liz le sonrió y la recibió con un beso.
—Ñam... Sabes a salsa de espaguetis. Y hablando de salsa, ¿mi
abuela ha estado bebiendo? Acaba de decirme una cosa rarísima
—comentó, antes de besar a Liz de nuevo—. Te quiero. ¿Qué tal
el día?
—Yo también te quiero y ha sido divertido. Meredith ha venido
a hacerme compañía.
Casey creyó detectar cierto deje de amargura en la voz de Liz.
Le robó una hoja de lechuga y se apoyó en el mármol para
observarla.
—¿Qué te pasa, cariño?
Liz suspiró y sacó las salchichas de la nevera.
—Nada, de verdad. Es que estoy cansada de seguir sintiéndome
embarazada.
Casey abrió la boca, pero Liz le metió un trozo de zanahoria y
sonrió.
—Lo sé, hay un capítulo entero sobre la depresión posparto. —
La besó en la mejilla—. Oh, y vamos a celebrar la Navidad. Es
dentro de una semana. Dios, han pasado tantas cosas que no me
creo que llegue Navidad. Bueno, he invitado a Meredith. Puedes
decírselo a Niles, ¿qué te parece?
—Claro, por mí bien. Tengo muchas ganas de que llegue
Navidad. Ah, y acuérdate de que dijiste que no nos hiciéramos
regalos caros.
—Sí. Anda, ve a cambiarte para la cena.
Cuando se dio la vuelta, Casey le dio una torta juguetona en el
trasero, pero cuando Liz se volvió con un chillido, la pianista ya se
había esfumado.
Por fin llegó la mañana de Navidad y Skye a duras penas contenía
los nervios mientras esperaba a que Casey se levantara de la cama.
—Cafey, pofiii —le suplicaba, y le tiraba del brazo.
Casey fingió que seguía durmiendo y hasta roncó y todo.
—Mami —insistió Skye, con la nariz pegada a la suya.
Casey soltó una carcajada ronca.
—Ahora soy «mami», ¿eh? Muy bien, pequeño hobbit...
—Casey... —la apremió Liz desde el umbral.
Estaba haciendo eructar a Tara. Casey se dio la vuelta y subió a
Skye a la cama.
—Mamá, Cafey está desnuda otavés —anunció la niña.
Casey se subió la colcha hasta cubrirse los pechos y Liz la
fulminó con la mirada justo cuando Tara eructó.
—Traidora —murmuró Casey, que empezó a hacerle cosquillas
a Skye hasta que la hizo chillar.
—Cafey, vene Papá Noel —suplicó.
Casey alargó la mano hacia la bata.
—Vale, dame un segundo.
Skye saltó de la cama y corrió junto a Liz.
—Venga, cariño. Vamos a cambiar a Tara —le dijo Liz—. Así,
mientras, Casey se viste.
Casey hizo una mueca ante el énfasis que la otra mujer puso en la
última palabra y se puso la bata.
—Necesito un pijama —se dijo.
Cuando fue a la habitación del bebé, Liz estaba en la mecedora
con Tara en brazos y Skye le acariciaba el bracito con delicadeza.
—Qué manitas más peques, mamá.
Liz sonrió y dejó a Tara dormida en la cuna.
Eran unas Navidades modestas, porque Liz le había pedido a
Casey que no se pasara con los regalos y esta había estado de
acuerdo... Sin embargo, no pudo menos que menear la cabeza al
descubrir a Skye sentada entre decenas de peluches nuevos, sobre
todo peces.
—Hay muchos, mamá. Papá Noel sabe que me gustas los peses.
Casey dio un sorbo de café, sin dejar de sonreír. Llevaba su
bufanda nueva al cuello.
—Me encanta mi regalo, mamá.
—Y a mí también el mío, cielo —contestó Liz, tocándose los
pendientes de zafiro.
—A lo mejor a Tara le gustaría tener alguno —opinó Casey,
refiriéndose a los peluches.
—¿Puedo? Le doy a Tada alguno para su camita —dijo Skye.
—Es una buena idea, pastelito. Eres una buena hermana mayor.
—Bueno, parece que esto es todo —comentó Casey, pero
entonces miró hacia el piano—. Oye, ¿qué es aquello de allá? —
preguntó, al tiempo que se sentaba en el brazo del sofá, al lado de
Liz. Esta frunció el ceño y miró a Casey con suspicacia.
—¿Qué has hecho?
—Nada —protestó Casey.
Entonces Skye vio que había algo debajo de una manta y miró a
sus dos madres.
—Adelante, pitufa. Ve y levántala.
Skye levantó la puntita de la manta y soltó un grito. Era un piano
de cola en miniatura y la pequeña no supo cómo reaccionar.
—¿Un piano para mí? —preguntó, casi temerosa.
Casey asintió.
—Para ti solita, pitufa —le dijo cariñosamente.
Liz se apoyó en ella.
—Eres maravillosa —le dijo, acariciándole la pierna.
Casey tragó saliva con cierta dificultad. Era la primera muestra
física de cariño fuera de besarse y acurrucarse juntas que salía de
Liz. «Frena, Bennett...», se dijo.
—Queda uno —anunció.
—Dijimos que no gastaríamos mucho... —susurró Liz.
Casey sonrió de oreja a oreja, la abrazó y la besó con lengua,
mientras le acariciaba el cuello y la cara. Se sorprendió gratamente
cuando Liz le devolvió el beso con la misma pasión, hasta el punto
de que casi perdió el equilibrio y se cayó del brazo del sillón.
—Guau —musitó.
Se apartó de Liz sin aliento y escrutó su rostro, esperanzada. Liz
asintió y meneó las cejas, con una sonrisa radiante.
—Feliz Navidad, mamá —le susurró en tono seductor.
Era la primera vez que Casey la oía hablar así, y la recorrió un
escalofrío de la cabeza a los pies. Cerró los ojos y sonrió.
—¡Gracias, Dios!
A regañadientes, se separó de Liz, fue al piano y abrió la
banqueta, sin que Skye se diera cuenta, ya que la niña estaba
sentada en el suelo, tocando el piano alegremente como Schroeder,
de Snoopy. Le llevó a Liz un paquete envuelto y esta sonrió cuando
Casey se sentó delante de ella; después abrió el paquete y sacó una
partitura. Puso los ojos como platos al leer el título.
—«Vientos celestiales.»
Las lágrimas se le agolparon en los ojos al mirar a Casey, que
sonreía algo avergonzada.
—Me dijiste que la habías dejado, pero la has acabado...
—Es en lo que he estado trabajando en el estudio estas últimas
dos semanas; no quería que lo supieras —explicó Casey, que se
sentó al piano—. Solo para ti —le dijo.
Y empezó a tocar.
—¿La has escrito para mí?
Casey esbozó una sonrisa torcida.
—Pues claro, boba.
Liz exhaló un suspiro de felicidad y escuchó los románticos
acordes que su amante tocaba para ella. La música le arrancó un
escalofrío y sintió una oleada de satisfacción. Al darle la vuelta a la
partitura se dio cuenta de que Casey le había escrito una breve nota
al final, que la hizo fruncir el ceño.
Mi único amor:
Los vientos celestiales te han traído hasta mí y no me imagino la
vida sin estar a tu lado. Este es mi regalo para ti: mi amor y mi vida.
Una vez dije que solo había una manera de que quisiera formar una
familia. Hablaba en serio y ahora todavía más. Vivamos como los
vientos celestiales, por siempre entrelazadas. Por favor, Liz Kennedy,
cásate conmigo, sé mi compañera y recorre conmigo esta vida. No
rechaces mi amor. No soportaría estar en este mundo sola, sin ti y sin
las niñas.
Ahora mismo te estoy haciendo el amor.
Liz miró a su amante, con los ojos llorosos. Casey tenía razón: en
aquel momento le estaba haciendo el amor con aquella canción. Liz
se acercó al piano para verla tocar mejor y Casey le sonrió. En ese
momento vio la cajita azul que había en una esquina del piano. La
sonrisa de Casey se ensanchó y le dedicó un guiño. Liz abrió la caja
y se llevó la mano a la boca: era un increíble anillo de zafiro con un
diamante a cada lado y le iba a juego con los pendientes. Su mirada
encontró la de Casey cuando esta acabó la canción con un acorde
lento y sensual.
Sin pronunciar palabra, Casey sacó el anillo de la caja y se lo
puso en el dedo. A Liz le temblaban las piernas al rodear el piano y
Casey la abrazó de la cintura mientras ella le echaba los brazos al
cuello.
—Te quiero, Casey Bennett —le susurró al oído.
—Cásate conmigo, Liz. Estoy perdida sin ti —le suplicó Casey,
besándole el cuello.
—Sí. Me casaré contigo... —lloró Liz.
Casey la levantó del suelo y le dio una vuelta entre sus brazos.
Skye se levantó enseguida, porque no quería quedarse al margen.
—Yo también. ¡Aúpa! —exclamó.
Casey la cogió en brazos y las tres se besaron y se abrazaron
mientras bailaban por la sala de estar.
Capítulo 23
Fue una Navidad fabulosa: Skye jugó con su piano y le regaló a su
hermana pequeña varios peluches; Liz hizo la cena y Casey pudo
elegir entre tocar el piano o ayudar en la cocina.
Así que Skye y ella se sentaron en sus pianos respectivos.
Niles y Brian fueron a cenar y Skye volvió a recibir regalos de
Papá Noel. También se pasaron el rato haciéndole monerías a
Tara, que sonrió, babeó y sonrió aún más. Fue Meredith la primera
en fijarse en el anillo y le cogió la mano a Liz al punto, para
estudiarlo.
—Vaya, vaya... —suspiró—. Es muy bonito, Liz. Qué
romántico.
Liz contuvo las lágrimas y asintió.
—Ha acabado la canción, Meredith.
—¿Qué? —se asombró Meredith, que no pudo ocultar la
sorpresa cuando Casey regresó a la sala de estar—. Casey,
después de todos estos años, has acabado tu canción.
—La canción de Liz, abuela. —Casey la rodeó con el brazo—.
Mamá decía que algún día encontraría a la persona adecuada y
sería capaz de terminarla. Tenía razón.
Liz le dio un beso en la mejilla y regresó a la cocina; Casey se
volvió hacia su abuela, que sonrió y la besó a su vez.
—Eleanor estaría muy orgullosa de ti. Está orgullosa de ti. Y yo
también.
—Gracias, abuela.
—¿La querrás para siempre? —le preguntó Meredith.
Casey asintió.
—Para siempre. Que Dios se apiade de ella.
El chillido de Niles desde la cocina interrumpió sus carcajadas y
salió corriendo, seguido de Liz, meneando la cabeza, para abrazar
a Casey con todas sus fuerzas.
—Es maravilloso —se alegró—. Es... ay, es muy romántico. ¿Y
has terminado tu canción para Liz? Ay, Dios mío, eso... oh, es tan...
—Romántico —completó Meredith.
Casey puso los ojos en blanco y fue a la cocina.
—Necesitamos champán.
Niles miró a Liz.
—No bromea, ¿verdad?
—No, me quiere —afirmó Liz, feliz como unas castañuelas, y la
siguió a la cocina.
Mientras Casey abría la botella, Liz fue por detrás, le rodeó la
cintura con los brazos y le besó el cuello. Casey cerró los ojos y se
estremeció. Entonces Liz fue subiendo la mano lentamente y le tocó
un pecho.
—Ah, Dios, Liz... no hagas eso ahora —gimió Casey,
temblorosa.
Liz se alegraba de ver que no había perdido la práctica, porque
había pasado mucho tiempo y las expectativas sobre cómo sería su
primera vez la estaban matando.
—Has tenido mucha paciencia. Ya no voy a hacerte esperar
más, cariño... —murmuró Liz, masajeándole el pecho muy
despacio.
Casey cerró los ojos de nuevo; tenía la respiración desbocada.
—Después de acostar a las niñas. Guarda una botella de
champán —le susurró al oído antes de soltarla.
Casey dejó escapar un gruñido de impotencia y se volvió hacia
Liz, que mordisqueaba una ramita de apio. Salió de la cocina y
Casey se quedó clavada donde estaba, paralizada y dominada por
el ansia.
Casey echó a Niles y a Brian temprano y Meredith se partía de risa
mientras se ponía el abrigo, hasta el punto de que Liz se moría de
vergüenza.
—Vale, vale, ya lo hemos pillado —les dijo Niles, al salir por la
puerta.
—Feliz Navidad —les deseó Liz.
Los dos se despidieron con un gesto de la mano. A Meredith le
dio un beso y la anciana meneó las cejas.
—Pasadlo bien —les deseó, y besó a Casey en la mejilla—.
Espero no saber nada de vosotras hasta dentro de unos días.
—Te quiero, abuela —le dijo Casey—. Pero ya te estás
largando.
Meredith soltó una carcajada, les lanzó un beso a ambas y cerró
la puerta.
—Casey Bennett... —la riñó Liz cuando se hubo marchado.
Casey la ignoró y cogió en brazos a Skye, que dormitaba en el
sofá. —Muy bien, pitufa, hora de irse a la camita —anunció, y llevó a
la adormilada pequeña a su habitación.
Liz cabeceó, pero se apresuró a apagar las luces, cerrar la
puerta con llave y coger el champán. Dentro del baño, se
contempló en el espejo que había detrás de la puerta.
—No está mal, con un poco de ejercicio... Bueno, con mucho
ejercicio —se dijo.
Se cepilló el pelo, se puso el camisón que le había regalado
Casey por Navidad y la bata de seda a juego, y respiró hondo.
Al llegar a la habitación, Casey vio el botellero casero dentro del
cual había metido el champán en hielo. Sonrió y abrió la botella con
un chasquido que lanzó el corcho a la otra punta de la habitación,
llenó dos copas y empezó a desabrocharse la camisa.
—Ah, no. Quieta —le ordenó Liz desde la puerta del baño.
Casey se dio la vuelta y se quedó con la boca abierta. Liz
estaba...
—Absolutamente preciosa —musitó, con la boca seca.
Dio un trago apresurado de champán cuando Liz se le acercó; al
llegar a su lado le quitó la copa y dio un sorbo. Casey sonrió y
cerró los ojos, sumergiéndose en el embriagador perfume de su
amante. Entonces Liz dejó la copa y empezó a desabrocharle la
camisa ella misma.
—Llevo tanto tiempo imaginándote así, Casey...
Esta exhaló un suspiro y le acarició la melena caoba a Liz, que le
apartó la camisa de los hombros y le besó la parte superior de los
senos. Casey inspiró bruscamente y se le escapó un gemido quedo.
Se quitó la camisa lo más rápido que pudo, al tiempo que Liz le
desabrochaba el sujetador y lo dejaba caer al suelo.
—Dios mío, Casey, tienes un cuerpo precioso —susurró Liz.
Le agarró los dos pechos a la vez y Casey se quedó sin habla.
Le temblaban los dedos al desatarle la bata de seda y Liz, más que
dispuesta a ayudarla, empezó a desabrocharse los botones, pero
Casey le apartó las manos.
—Yo solita.
—No, por favor, nada de hablar como una niña pequeña... a no
ser que la situación lo requiera —pidió Liz en voz baja.
La recorrió un escalofrío cuando la bata se deslizó de sus
hombros y le cayó alrededor de los tobillos. Dios, querían ir
despacio, de verdad que sí, pero las dos mujeres ansiaban tanto
sentirse la una a la otra que era casi doloroso y lo único que querían
era llegar al clímax. Se tumbaron en la cama, con la respiración
entrecortada, y Casey le devoró el cuello a Liz. Esta jadeó y le
acarició el espeso cabello.
—Casey, por favor, necesito tenerte dentro...
Casey le abrió las piernas a su amada y titubeó.
—¿Estás segura? Quiero decir, no...
Liz le selló los labios con la yema de los dedos.
—Estoy bien, no me harás daño.
Casey sonrió y le besó los dedos. Cuando deslizó sus largos
dedos de pianista entre sus húmedos pliegues, dejó escapar un
gruñido ronco.
—Por Dios, Liz... —gimió, cuando el primer contacto con la
mujer que amaba la hizo estremecer.
Liz arqueó las caderas, buscándola.
—Casey —le suplicó.
Casey la penetró una y otra vez, con tanta ternura que Liz estuvo
a punto de perder el control. Se sacudió descontroladamente y
chilló.
—Casey, sí, más hondo, por favor —gemía, incapaz de
contenerse.
Casey apenas respiraba y Liz notó la tensión en su rostro y
movió la pierna debajo de Casey. Al levantarla entre sus muslos, le
frotó la entrepierna y se maravilló de lo caliente y lo mojada que
estaba.
—Dios mío, Liz —gritó Casey.
Le metió los dedos con más fuerza y los gemidos de ambas
llenaron la quietud de la habitación. Casey se balanceaba sobre el
muslo de Liz, mientras la penetraba todo lo hondo que podía,
sumando un dedo y luego otro más.
—¡Sí, Casey! —exclamó Liz, sofocando un grito.
Agitó las caderas, hundiéndole el muslo a Casey entre las
piernas. Ella intentó contenerse hasta que Liz estuviera a punto.
—Estoy muy cerca —la advirtió entre jadeos, y le metió y agitó
los dedos en su interior.
Entonces notó que los músculos de Liz se tensaban alrededor de
sus dedos y se descubrió dando gracias estúpidamente por sus
ejercicios Kegels, por saber que Liz estaba al límite.
—Córrete conmigo, Liz... —le rogó en voz baja y sensual.
Aquello bastó. Liz puso todo el cuerpo en tensión y el orgasmo
la recorrió como una cascada, arrastrando a su amante al abismo.
El clímax fue rápido y poderoso, pero sorprendentemente
silencioso. Liz se abrazó a Casey, respingando y sacudiéndose
hasta que por fin dejó de temblar. Solo entonces Casey retiró la
mano y Liz arqueó la espalda y gimió al dejar de sentirla dentro.
—Casey —murmuró, cuando su amante se tumbó encima de ella
para recuperar el aliento.
La abrazó y repitió su nombre una y otra vez, hasta que Casey
fue capaz de moverse y se echó de espaldas. Enseguida, Liz se
acurrucó a su lado.
—Oh, Dios mío —susurró Liz al recuperar el habla.
Casey se limitó a asentir, alargar el brazo y servir dos copas de
champán.
—Guau —murmuró, y brindó con Liz.
Estuvieron un rato abrazadas en la cama, bebiendo champán, sin
decir nada, hasta que la oyeron:
—Mamá... —llamaba Skye.
—Esa no puede ser Tara —opinó Casey—. ¿Verdad?
—Mamá —insistió Skye.
—Te llama a ti —afirmó Casey, dándose aires de superioridad.
Liz se incorporó y la observó.
—¿Y por qué no puedes ser tú?
—Porque yo soy «mami». Tú eres mamá.
Liz la miró con los ojos entornados, pero tuvo que admitir que
tenía razón. Entonces volvió a oírse la vocecilla.
—Mami...
Casey arrugó la nariz, y esta vez fue Liz la que le regaló una
sonrisa burlona, antes de besarla en el cuello.
—Ya voy yo —susurró.
Casey gruñó y dejó la copa en la mesita de noche.
—No, voy yo. Si vas tú te pasarás una hora, arrullándola y
haciendo de madre cursi —opinó Casey.
Se dirigía a la puerta cuando Liz la llamó.
—Cariño.
Casey se volvió.
—La bata —le recordó Liz en tono severo.
Casey se puso colorada.
—Siempre se me olvida —farfulló, y se puso la bata.
—Si fuera por ti, criaríamos dos niñas nudistas —comentó Liz,
dando un sorbo de champán—. ¿Cielo?
Casey miró a su amada: Liz estaba tumbada de lado y se pasaba
una mano por el pecho lentamente.
—Date prisa.
Casey se estremeció físicamente.
—Ay, Dios —gimió.
Y salió a toda prisa.
—Eh, pitufa. ¿Qué pasa, cariño? —la oyó preguntar Liz.
Skye farfulló algo que Liz no llegó a entender, así que se levantó
y salió al pasillo a tiempo de ver a Casey con Skye bajo el brazo,
de camino al baño. La niña se reía.
—Deprisa, nena... —le decía Casey.
Liz se tapó los ojos con la mano.
—Madre del año —suspiró, y dio otro sorbo de champán.
—Ya está, buena chica. Eres muy mayor —la felicitó Casey
apresuradamente. Liz oyó que, gracias a Dios, tiraban de la cadena
y se alegró muchísimo cuando Casey apuntó—: Espera, lávate las
manos antes de que mamá me grite.
A continuación asistió horrorizada a cómo Casey salía corriendo
del baño con su hija debajo del brazo como un saco de patatas,
con los brazos y las piernas colgando.
—¡Cafey! ¡Mami! —protestaba Skye.
Liz se tapó la cara otra vez.
—Qué niña más buena, ¿sí? Ya está, bonita. Felices sueños.
Skye murmuró algo más.
—Aquí tienes al pez. Te quiero. Buenas noches, pitufa.
En un abrir y cerrar de ojos, Casey estaba de vuelta en la
habitación.
—Una parada en tiempo récord, si me permites —se
enorgulleció.
Liz le lanzó una mirada severa.
—¿Qué? —se extrañó Casey, confundida.
Forzó una risita al quitarse la bata y deslizarse bajo las sábanas
con Liz.
—Nuestra hija no es un saco de patatas —insistió Liz.
Casey se apoyó sobre el codo cuando Liz le pasó la copa de
champán.
—Ya lo sé, mi amor. Es... bueno, es un hobbit, cariño.
Liz trató de contener la risa.
—¿Por qué la llamas así?
—Porque me encanta cómo se te marca la vena del cuello —
respondió Casey, pasándole la yema de los dedos por la vena en
cuestión.
El cálido roce le arrancó un suspiro a Liz.
—Si las teclas de tu piano pudieran hablar... —susurró.
Casey sonrió y le paseó los dedos por los senos. Luego la tumbó
de espaldas afectuosamente y admiró su cuerpo.
—Déjame mirarte —pidió Casey, recorriéndole con los dedos el
contorno de los generosos pechos.
A Liz le entró vergüenza, porque sus pechos no se habían
recuperado tan bien como el resto de su cuerpo. Casey adivinó lo
que le pasaba por la cabeza.
—Te adoro. Adoro saber que has dado tu cuerpo por nuestra
hija. Me parece increíblemente sexy —murmuró Casey en voz
ronca y sensual.
A Liz se le sacudieron las caderas instintivamente y Casey, que
lo notó, le regaló una sonrisa radiante. Le encantaba saber que era
capaz de excitar tanto a aquella mujer. Su caricia, ligera como una
pluma, se centró en el turgente pezón, que se puso duro como una
piedra bajo sus atenciones.
—Me encanta cómo responde tu cuerpo cuando te toco. Nadie
más sabrá cómo darte placer, solo yo.
—Es como si hubiera sido la primera vez que me hacían el amor.
Nadie me ha hecho sentir nunca como tú. Es como si me tocaras el
alma.
Casey le sonrió y le acarició la curva de la cadera y el estómago.
—Y pensar que solo hace tres semanas que Tarita estaba
creciendo aquí dentro... —suspiró Casey, y bajó la mano un poco,
enredando los dedos en los suaves rizos oscuros.
Liz sonrió y cerró los ojos.
—Por Dios, Bennett, se te da bien...
Casey se agachó y la besó en la mejilla, en la comisura de los
labios y finalmente en la boca, caliente y húmeda. Le lamió los
labios con la punta de la lengua, hasta que los separó, y entonces le
recorrió los dientes antes de buscar al fin la sedosa lengua de Liz.
Cuando sus lenguas se encontraron, las dos mujeres gimieron y las
entrelazaron en una suave danza. Casey se colocó sobre ella y le
separó las piernas con la rodilla. Liz se lo permitió con un suspiro
de satisfacción, y Casey se colocó entre sus muslos y empezó a
balancearse contra sus caderas. Mientras tanto, Liz le masajeó el
trasero y se frotó con ella. Casey gimió y se tumbó encima de su
amante, de manera que sus pechos se rozaran sensualmente y sus
pezones entraran en contacto.
—Dios —gimió Casey, arqueando la espalda bajo las caricias
de Liz.
Esta suspiró cuando sus labios se unieron de nuevo en un beso
celestial. Luego los labios de Casey viajaron más al sur y le
cubrieron de besos la barbilla y el cuello... Cuando alcanzó su
pecho y se metió el pezón en la boca, Liz se arqueó de golpe. Miró
hacia abajo para verla chupar y le enredó los dedos en el pelo para
mantenerle la cabeza en su sitio. Casey gimió contra su pecho y a
Liz le entraron los temblores; con la mano libre, Casey se concentró
en el otro pecho y le pellizcó el pezón con delicadeza, sin dejar de
chuparla. Liz estaba en el paraíso.
De repente, Casey se apartó de golpe y miró a Liz, helada.
Tragó saliva y se relamió. Liz levantó la vista.
—¿Qué, Casey? ¿Qué pasa?
—Yo... tu pecho... He tragado un poco... lo siento. Tu leche...
yo... —balbuceó, perpleja.
—Creo que no pasa nada —le aseguró Liz, aunque frunció el
ceño—. No pasa nada, ¿verdad? —preguntó, algo inquieta.
—Voy a averiguarlo.
Casey saltó de la cama, cogió su móvil y marcó. Mientras
esperaba que se lo cogieran, paseaba desnuda por la habitación.
—No estarás llamando a Meredith.
—Dios, no —contestó Casey.
—¿Estás llamando a la doctora?
Casey se detuvo en seco y se volvió, roja como un tomate.
—Oh. Supongo que eso habría sido mejor idea —musitó, con
una leve sonrisa.
Liz abrió unos ojos como platos.
—¿Y a quién demonios estás llamando? —inquirió, subiéndose
la sábana hasta la garganta.
Casey torció el gesto y habló al auricular.
—Hola... ¿Roger?
—¿Roger? —gimió Liz, desplomándose de espaldas y
tapándose la cabeza.
—Esto... hola, Roger... Sí, o... oye, ¿está Trish? —preguntó
Casey, tratando de aparentar naturalidad.
Estar desnuda en el medio de la habitación, por mucho que
apoyara una mano en la cadera, no ayudaba precisamente a
aparentar que no pasaba nada.
—Casey —la voz soñolienta de Trish sonó al otro lado del
auricular—. ¿Qué pasa?
—Perdona por despertarte, pero es que tengo una pregunta.
Esto... —Casey hizo una pausa cuando oyó reírse a Liz debajo de
la sábana, y también se rio—. Tengo una pregunta sobre dar el
pecho.
Liz estalló en carcajadas, bajó la sábana, y observó a Casey con
incredulidad.
—¿Dar el pecho? —preguntó Trish.
—Sí, yo... Bueno, es que resulta que yo... Verás, Liz y yo
estábamos... y yo...
—Ni una palabra más, ya me lo imagino. No pasa nada. La
leche de Liz está perfectamente. Sencillamente deja algo para el
bebé.
Casey suspiró, aliviada.
—Gracias, Trish.
—Pasadlo bien. Eso sí que es dar el pecho, y lo demás son
tonterías. Me muero de ganas de contárselo a Roger.
Casey colgó, satisfecha, y le sonrió seductoramente a Liz.
—¿Qué ha dicho? —le preguntó esta cuando su amante se metió
otra vez en la cama y gateó sobre ella como una pantera a punto de
atacar.
Casey se tumbó encima de Liz y la besó apasionadamente.
—Que recordáramos dejar algo para el bebé. Si con esto no
despertamos a las niñas, será un milagro —le dijo Casey en voz
baja.
La besó entre los pechos y le pasó la lengua por todo el torso y
por la zona del ombligo, sin dejar de estrujarle los pechos con las
manos.
—Liz, te deseo tanto... —murmuró Casey contra su estómago al
notar que los músculos de Liz se estremecían incontroladamente.
Liz abrió las piernas todo lo que pudo y empujó a Casey por los
hombros.
—¿Quieres algo, cariño? —preguntó Casey con voz ronca—.
Dímelo, Liz. Dime lo que quieres.
—Casey, por favor... Yo... —calló, porque nadie le había
preguntado nunca lo que quería—. Quiero sentir cómo me comes
entera, cariño. Por favor, ahora —le suplicó. Su deseo latía cada
vez con más urgencia.
Casey descendió sobre ella y Liz gimió en alto cuando la besó en
el pubis y en la cara interior del muslo. Casey la lamió y le besó la
pierna hasta la rodilla y luego volvió hacia arriba, ignorando el
palpitante clítoris de Liz con toda la intención. Liz gimoteó, pero si
la primera vez había sido demasiado rápido, esta vez Casey iba a
asegurarse de que su amante lo disfrutaba. Se merecía que la mujer
que la quería le hiciera el amor lenta y apasionadamente. Siempre.
Casey le besó la parte superior del muslo y luego le subió un
poco las piernas, para acariciarle la parte de atrás. Liz se
estremecía y se mordía el labio, aferrada a las sábanas, para no
gritar, así que Casey supuso que ya la había hecho esperar bastante
y se inclinó para besar sus tiernos pliegues.
—Sí... sí —suplicó Liz.
Casey siguió besándola amorosamente unos segundos y
finalmente sacó la lengua y saboreó su amor por primera vez.
—Casey, no pares cariño, por favor, no pares —repetía Liz,
enredándole los dedos en el pelo.
Casey suspiró bajo las caricias de Liz y a continuación le cubrió
el clítoris con la boca y chupó con delicadeza.
—Oh —Liz dejó escapar un gruñido gutural.
Era como si volara. Había olvidado aquella sensación, y saber
que era Casey la que le hacía el amor y que nunca sería nadie más
que ella era la emoción más exquisita que había experimentado
jamás. Arqueó la espalda cuando Casey la lamió con la lengua
plana, de arriba abajo, sin parar, y todo su cuerpo se puso en
tensión.
—Ahora, Liz. Córrete para mí ahora. Solo para mí —murmuró
Casey.
La erótica orden desató una pasión arrolladora que la recorrió en
oleadas de gloria hasta entregarle a aquella mujer todo lo que tenía
dentro.
—Sí, Casey —gritó, cuando un nuevo orgasmo volvió a partirla
en dos.
Y aun así, notaba un tercero cerca y agarró a Casey del pelo con
todas sus fuerzas para que no se moviera. Para que no parase.
Finalmente, el placer se convirtió en un dolor sordo y ya no pudo
soportarlo más. Tiró de Casey y esta remontó sobre su cuerpo,
cubriéndola de besos por todas partes. Entonces Liz rodó e
inmovilizó a Casey bajo su cuerpo. La pianista gimió, y Liz la besó
apasionadamente y le estrujó los senos firmes y suaves.
—Casey, yo también te deseo. Necesito estar dentro de ti. Muy
dentro —dijo.
El sonido de su voz le puso a Casey el corazón a cien. Entre
tanto, su amante agachaba la cabeza y se metía su duro pezón en la
boca. La maravillaba lo mucho que le gustaba el sabor del cuerpo
de Casey y le comió el pezón con avidez.
—Liz, Liz... por favor —gruñía Casey.
Liz estaba completamente concentrada en dar placer a Casey: le
pasó la mano por el vientre y luego bajó un poco más. Casey
enseguida abrió las piernas, increíblemente excitada. Sus oscuros
rizos brillaban de humedad y latían, hambrientos de sus caricias.
—¡Liz! —gritó Casey, sacudiendo las caderas con anticipación.
Liz le acarició el pubis empapado, enganchada a su olor, y gimió
contra el pecho de Casey mientras le introducía los dedos entre los
pliegues y alcanzaba el clítoris palpitante con la yema de los dedos.
La estudió con insistencia, ansiosa por conocer cada centímetro
inexplorado de Casey. Esta estaba completamente entregada, con
los ojos cerrados y perdida en sus caricias.
—Casey, mi amor, mírame —le susurró apasionadamente—.
Puede que hayas conocido a muchas mujeres, pero la única que
conocerá tu cuerpo de ahora en adelante seré yo. Eres mía, Casey
Bennett, y yo soy tuya. Ahora y para siempre.
—Sí, Liz. Soy tuya. Nunca había sentido algo tan fuerte por
nadie... nunca —gimió Casey, asombrada.
Era la verdad, Liz tenía razón: era como si fuera su primera vez.
Liz estaba acariciándole el alma.
—Ahora, Casey. Córrete para mí —repitió la erótica orden de
Casey.
Esta chilló cuando Liz le metió un dedo y luego otro. Arqueó las
caderas para darle mejor acceso.
—Más, Liz, dámelo todo, cariño, por favor... —suplicó Casey,
aferrada a su amada con los dedos enredados en su espesa melena
caoba.
Nunca había pedido ni necesitado tanto de nadie como de Liz en
aquel instante.
—¡Liz, ahora!
Liz la penetró con caricias largas y rítmicas hasta que el interior
de Casey se contrajo en torno a sus dedos.
—¡Dios! —gritó Casey cuando la recorrió una nueva oleada.
Liz notó el amor de Casey resbalarle por la mano, hasta que su
cuerpo se sacudió una última vez y Liz aminoró el ritmo y recibió a
Casey con ternura en su lento regreso del cielo.
—Estoy completamente muerta —croó Casey con la voz rota.
Liz le acarició los pechos.
—Para ya o me desmayaré —le dijo Casey.
Liz se rio, pero dejó la mano quieta.
—Ha sido maravilloso —afirmó, y la besó en el hombro.
—Sí, lo ha sido —asintió Casey—. Y pensar que no hemos
despertado a las niñas...
—Creo que hemos estado muy cerca un par de veces.
Liz se echó a su lado y apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Ahora mismo soy muy feliz.
—Yo también, Liz. Es verdaderamente increíble.
Yacieron abrazadas, sin hablar. Casey no dejaba de acariciarle
el pelo, en gesto ausente pero reverente. La notaba parpadear
contra su pecho y sabía que no estaba dormida.
—¿En qué piensas? —susurró.
—Me acordaba del día que viniste a recogernos a la estación de
autobuses —respondió Liz afectuosamente, y le acarició el
estómago.
Casey soltó una carcajada y un bostezo al mismo tiempo.
—Jolín, no estaba preparada para tener a nadie en mi vida. La
primera vez que te vi, yo...
Liz levantó la mirada.
—¿Tú qué? —inquirió, apoyando la cabeza sobre la mano.
Casey se encogió de hombros y se rio, nerviosa.
—No entré enseguida. Os vi a Skye y a ti y os observé un par
de minutos. Te vi con el conductor e imaginé que no tenías dinero
para darle. Vi la cara que ponías.
Liz asintió.
—Sí, estaba sin blanca, Bennett.
Se quedaron calladas un par de minutos, hasta que Casey volvió
a hablar.
—Era completamente irracional, pero estaba cabreada con Julie
por ponernos en aquella situación —confesó Casey.
Liz asintió de nuevo.
—Lo entiendo, yo también estaba un poco enfadada con ella. —
Respiró hondo y exhaló lentamente—. ¿Te importa que hablemos
de Julie? Sé que acabamos de hacer el amor como nunca y
deberíamos de hablar sobre el futuro...
—A veces el pasado forma parte del futuro. Claro que no me
importa. Nunca hemos llegado a hablar de ella.
Aunque hablaba en serio, Casey no pudo evitar notar una
punzada de inseguridad, que relegó al fondo de su mente para
escuchar a Liz.
—Cuando Julie me dijo que tenía cáncer de huesos, como te
conté, me quedé destrozada. Lo sentía muchísimo por ella. Quería
consolarla de alguna manera, pero ella se alejó de mí. Se volvió
huraña y distante, pero no podía culparla. No tengo ni idea de
cómo habría reaccionado yo en su situación. —Hizo una pausa y
volvió a inspirar profundamente. Casey guardó silencio—. Entonces
pensé en Skye y en mi embarazo. Fue surrealista descubrir que
estaba embarazada pocas semanas antes de que a Julie le
diagnosticaran el cáncer. Era como...
—El mejor momento de tu vida y el peor.
Liz asintió y siguió mirando al frente.
—Pasó todo muy deprisa —susurró, y se secó una lágrima—.
Casi no tuvimos tiempo de hacernos a la idea antes de que
empeorara. Enseguida se debilitó y se puso muy enferma. A los seis
meses se había ido. Pasó la mayor parte de su tiempo lejos de
nosotras.
—Lo sé. Cuando me lo dijiste no me lo podía creer. ¿Por qué
crees que fue?
—Decía que no quería que Skye la viera así. La verdad es que
Julie era una mujer muy solitaria y celosa de su intimidad. Me había
dicho que quería morir sola, sin que nadie la llorara. Así que en los
últimos meses permaneció alejada hasta que no le quedó más
opción que ir al hospital. Como te dije, vivía con Joanne.
—¿Y no te parece raro?
Liz estuvo de acuerdo.
—Yo no podía hacer nada. Intenté entenderla y creo que en
parte sí la entiendo. Era su vida y era decisión suya cómo quería
pasar sus últimos meses. Yo iba a verla cada día. Bueno, siempre
que Julie me lo permitía, porque había días que no quería verme.
Hubo un tiempo en que pensé que Joanne y ella tenían una
aventura.
—¿Todavía lo piensas?
—No, y a estas alturas, tampoco importa. Cuando Julie perdió
el conocimiento y la ingresaron en el hospital, Joanne me llamó y
tuvo la amabilidad de cuidar de Skye mientras yo pasaba
prácticamente todo mi tiempo en el hospital. Fue cuestión de días.
Julie estaba hasta arriba de morfina y apenas se daba cuenta de que
estaba con ella. Era muy triste, Casey.
Casey tragó saliva alrededor del nudo que se le había puesto en
la garganta y asintió; Liz alargó la mano y le acarició la mejilla.
—Siento hablar de esto.
—No lo sientas. Julie ha sido parte de nuestras vidas.
—¿Dónde la conociste? —quiso saber Liz.
—En Chicago. Compartimos taxi desde el aeropuerto. Llovía.
Esa noche se quedaba en la ciudad, así que cenamos juntas —
explicó Casey—. Creo que fue el uniforme.
Liz sonrió cariñosamente.
—A mí también me conquistó.
Las dos se rieron. Luego Casey siguió hablando.
—Nuestra relación empezó muy deprisa. Con Julie las cosas
eran rápidas y apasionadas. Nunca estábamos quietas demasiado
tiempo, y a mí ya me convenía, porque en aquella época yo también
me movía constantemente. Entre Chicago y Los Ángeles intentaba
coger el vuelo que pilotaba ella... —confesó, y dejó caer la voz,
con una sonrisa.
—Lo pasaste bien con ella —dijo Liz, más a modo de
afirmación que de pregunta.
Casey asintió.
—Sí, lo pasamos bien, Liz. Llevábamos una vida muy... —hizo
una pausa y se rio al dar con la palabra adecuada—... muy
bohemia. Nunca nos asentábamos en ninguna parte, así que cuando
empezó a hablar de tener hijos...
—Te entró el pánico —completó Liz, con una sonrisa burlona.
—No estoy segura de que «pánico» sea la palabra adecuada,
pero me quedé de piedra. Tener hijos era lo último que se me había
pasado por la cabeza, aunque hubiéramos hablado de ello. Sabía
que ella no pensaba en el futuro. Creo que más bien quería un
compañero de juegos. Y no pretendo sonar reduccionista: a Julie le
encantaba la idea de tener un hijo, pero no era responsable. Joder,
no es que yo lo fuera. Así que el tema abrió una brecha entre
nosotras.
—Y eso fue lo que terminó con lo vuestro.
—Sí. Ella me presionaba demasiado y yo estaba harta de
discutir, de darle explicaciones y de tratar de entenderla. Hace
cinco años hizo escala en Denver y yo volé allá para encontrarme
con ella.
Liz se incorporó en la cama.
—¿A Denver?
Casey enarcó una ceja.
—Sí, ¿por?
—¿Eso cuándo fue?
—He dicho hace cinco años. En invierno, justo antes de...
—San Valentín —completó Liz.
Casey arrugó el ceño y entonces cayó en la cuenta.
—No me digas.
—Sí, yo vivía en Denver. Conocí a Julie y empezamos a salir
unos días antes de San Valentín, hace cinco años.
Las dos se quedaron en silencio unos momentos. A Casey le
daba vueltas la cabeza, intentando recordar aquella última vez que
había visto a Julie.
—Habíamos tenido una pelea terrible. Yo estaba harta de la
situación y fui a Denver con la esperanza de arreglarlo de una vez
por todas. Las dos nos tranquilizamos y estuvimos hablando casi
todo el día y toda la noche hasta que ambas nos dimos cuenta de
que se había acabado. El último año nos habíamos distanciado y el
amor, sencillamente, se había desvanecido —relató Casey, y
suspiró profundamente—. Me besó y me dijo: «Nos vemos, Case»,
y salió de la habitación de hotel. Fue la última vez que la vi.
—No me lo puedo creer —se sorprendió Liz—. Mira que es
casualidad.
—Pues sí. Supe de ella al cabo de un año. Me llamó de repente
y me contó que había conocido a una mujer y que estaba loca por
ella. —Julie me habló de ti. No paraba, la verdad. Estaba harta de oír
«Casey Bennett esto, Casey Bennett lo otro» —rio Liz—. Cuando
el abogado de Julie dijo tu nombre me entraron ganas de agarrar la
grapadora y graparle la lengua a la frente.
Casey enarcó las cejas con asombro.
—Eso es un poquitín extremo, nena.
Liz soltó una sonora carcajada, aunque enseguida hizo una
mueca y echó un vistazo a la cuna donde dormía Tara.
—En ese momento estaba embarazada y tenía antojo de helado.
Casey se rio e hizo que Liz se acostara de nuevo a su lado.
—No me cabe duda.
De nuevo se quedaron en silencio un rato, tumbadas
cómodamente la una junto a la otra.
—¿Liz?
—¿Mmm? —contestó Liz, adormilada.
—¿Crees que Julie sabía que nos enamoraríamos?
Liz miró a Casey a los ojos.
—No lo sé. Nunca lo sabremos, Casey. Pero una cosa es
segura.
—¿El qué?
—Nunca he querido a nadie tanto como te quiero a ti. Me haces
sentir amada, Casey Bennett. Eres una buena persona y una buena
amiga —le dijo, y apoyó la cabeza en su pecho una vez más.
—Yo siento lo mismo, Liz. Y también quiero a Skye y a Tara.
Somos una familia, para siempre.
—Para siempre jamás —susurró Liz, casi dormida.
Casey siguió abrazando con fuerza a Liz hasta que las dos
mujeres se sumieron en un plácido sueño.
Epílogo
Casey estaba en pie ante la chimenea de la cabaña, muy nerviosa.
El fuego hacía lo posible por caldear la fría noche de febrero y
tenían invitados, de manera que habían cambiado de sitio los
muebles de la sala de estar para que estuvieran cómodos. Niles
alargó el brazo y le arregló el cuello de la blusa.
—Estás preciosa —le susurró.
Casey llevaba una blusa de seda color marfil, con unos
pantalones de lana marrones que acentuaban su estatura. Encima
llevaba una chaqueta de tweed abierta, con una rosa roja en la
solapa.
—¿Tienes el anillo? —le preguntó a Niles por enésima vez.
Él asintió, paciente, y en ese momento llegó el anciano sacerdote
y ocupó su lugar.
—Estás más tensa que una gata a punto de saltar, Casey —le
dijo.
Ella le sonrió, al borde del desmayo. Algo más atrás, su abuela
tenía a Tara en brazos y por suerte la niña estaba dormida. Cuando
sus miradas se cruzaron, Meredith le guiñó un ojo.
—Te quiero —le susurró.
—Yo también te quiero, abuela.
—Bueno, no es San Patricio —comentó Meredith—. Pero,
como te dije hace muchos años, pobre de ti si intentabas que me
perdiera tu boda.
Casey sonrió y le dio un beso.
—Gracias.
La anciana se sentó en la primera fila de sillas. Había pocos
invitados, pero eran los amigos más cercanos de Casey y Liz. Los
hijos de Marge aguardaban sentados pacientemente; Jeffrey levantó
el pulgar en su dirección, sentado junto a su esposa. Roger y Trish
sonreían alegremente y la mirada de su amigo era de pura
admiración. Todas las personas importantes para Liz y ella estaban
allí.
Entonces Casey oyó que abrían la puerta del dormitorio y sonrió
cuando Skye fue la primera en salir. Llevaba un jersey de tweed
con una camisa debajo porque les había asegurado que iba a
«vestirse como Cafey». Para Liz fue un alivio.
—Al menos no quiere ir desnuda —había comentado.
La niña llevaba los rubios rizos peinados hacia atrás y le relucían
los ojos azules de pura alegría. Saludó a Casey con la manita
mientras se acercaba poco a poco por el pasillo formado entre las
sillas. Casey le devolvió el saludo y le guiñó un ojo. Lo que vio a
continuación la transformó por completo, su corazón ya nunca
volvería a latir igual: del brazo de Brian caminaba la mujer más
hermosa que Casey había visto nunca.
Liz llevaba una falda de tweed con chaqueta a juego y la melena
caoba, suelta sobre los hombros, le hacía juego con la vestimenta
de Casey. En la mano llevaba un pequeño ramo de rosas rojas.
Casey contuvo la respiración a medida que Brian acercaba a Liz a
la que iba a ser su nueva vida y se le saltaron las lágrimas al ver que
llevaba puesto el collar de oro con el colgante del atrapasueños. Liz
sonrió y acarició el colgante con cariño.
Brian y Niles se quedaron junto a ellas, en su papel de testigos, y
Casey y Liz se volvieron hacia el sacerdote.
—Bueno, estas son las bodas que más me gustan. Esta unión
entre estas dos mujeres es especial. Especial, porque vivimos en un
mundo muy precario donde por desgracia el amor no se mide por
el corazón de las personas, sino por su género.
»Casey Bennett y Liz Kennedy han demostrado que el amor va
más allá del género. El amor es sencillamente... Amor. Nada más y
nada menos. Cuando dos corazones se encuentran, nada más
importa en realidad. Es en verdad lo que Jesús nos enseñó: a amar
a los demás como él nos amó a todos y a cada uno de nosotros.
Por eso aplaudo y celebro su unión.
»En un mundo lleno de racismo, odio y falta de voluntad para
aceptar al prójimo, estas mujeres son un ejemplo de lo que hay de
bueno en este mundo. De lo que anhelamos y esperamos alcanzar
algún día. Por tanto, es un honor para mí unirlas en matrimonio.
Daos la mano.
El sacerdote les sonrió. Casey le cogió la mano a Liz y se la
apretó muy fuerte.
—Casey Eleanor Bennett, ¿quieres a Liz Kennedy como esposa,
para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la
riqueza y en la pobreza, y prometes serle fiel hasta que la muerte os
separe?
—Sí, quiero —contestó Casey en tono seguro.
Liz le dio un apretón en la mano.
—Y tú, Elizabeth Therese Kennedy, ¿quieres a Casey Bennett
como esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la
enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y prometes serle fiel
hasta que la muerte os separe?
Liz asintió, luchando por no llorar.
—Sí, quiero —croó por fin, deshecha en llanto.
Casey puso los ojos en blanco y mantuvo el cariñoso apretón.
—¿Los anillos? —pidió el sacerdote.
Niles le dio el anillo a Casey.
—Pónselo en el dedo y demuéstrale a esta mujer tu amor y
compromiso.
Casey le puso el anillo y esbozó una sonrisa radiante.
—Me he pasado la vida corriendo. Y todo ese tiempo, corría
hacia ti. Gracias por salvarme, Liz Kennedy.
Liz pestañeó para ver a través de las lágrimas y aceptó la alianza
de boda que le tendía Brian.
—Pónselo en el dedo y demuéstrale a esta mujer tu amor y
compromiso.
Casey tenía la mano caliente cuando Liz la sostuvo entre las
suyas, y le colocó el anillo en el esbelto dedo.
—Me he encontrado a mí misma en ti, Casey Bennett. Estás en
mi corazón y en lo más profundo de mi alma. Doy gracias a Dios
por tu bondad y generosidad. Te querré siempre y para siempre.
Casey sonrió y fue a darle el beso, pero el sacerdote carraspeó y
Casey se puso como la grana.
—Impulsiva —le susurró Liz entre dientes.
—Por el poder que me ha sido conferido, y ante estos testigos y
amigos, yo os declaro compañeras en la vida. Para vivir y amaros a
los ojos de Dios —dijo, y sonrió—. Ahora, Casey, puedes besar a
la novia...
Casey sonrió, estrechó a Liz entre sus brazos, la miró a sus
azules ojos y la besó apasionadamente. Liz le devolvió el beso y,
para cuando Casey la soltó, se había quedado sin aliento. Entonces
Skye le tiró de la chaqueta a Casey y esta la levantó en brazos y le
dio un buen beso. Meredith le dio el bebé a Liz; Tara se despertó y
empezó a llorar, así que Liz la acunó amorosamente.
—Tara llora otra vez —se lamentó Skye.
Casey se echó a reír.
—Eso es porque es un bebé, no una niña mayor como tú, pitufa
—le dijo, y le hizo cosquillas en la barriga.
Las cuatro se abrazaron y dio comienzo la fiesta. Entre besos y
abrazos, sus miradas llenas de amor se cruzaron y en sus
profundidades hallaron la felicidad del paraíso. Casey le guiñó un
ojo y levantó el dedo anular. Liz sonrió y también le mostró el suyo.
—Para siempre —dijeron las dos a la vez.
Los vientos celestiales las unieron y Casey y Liz volaron a lomos de
aquellos vientos el resto de sus vidas, tanto en la bonanza como en
la tormenta. Envejecieron juntas, vieron a sus hijas formar sus
propias familias y malcriaron a sus nietos. Al final, les bastaba
abrazarse ante la chimenea de la cabaña que tanto amaban. Ni
siquiera la muerte fue capaz de separarlas, pues los vientos
celestiales recogieron sus almas y las entrelazaron para siempre con
dulce emoción. Para siempre jamás.